En las últimas horas, los grupos de tareas que responden a Gerardo Morales ordenaron llevar esposada a Milagro Sala a una fiscalía para conseguir la imagen que el medroso gobernador jujeño dice estar necesitando para triunfar en las elecciones de fin de mes.
Está claro que en privado le teme. Por eso pretende humillarla en público.
Como sucedió con la prisión de Lula que le abrió el camino a la presidencia de Jair Bolsonaro, la prisión de Milagro es el atajo que tomó su infeliz carcelero para sentirse un implacable emperador de provincias, gracias a los mecanismos odiosos provistos por el “lawfare”.
La nueva detención de Milagro parece ser la imagen que Gerardo Morales necesita para su campaña electoral.
Ordena el gobernador de la UCR y el PJ jujeños acusar a la demonizada líder de la Tupac Amaru como ideóloga de una manifestación popular de vecinos de Campo Verde, que reclamaban por un terreno de esparcimiento, protesta que acabó en represión salvaje.
Pero Milagro no estaba allí, donde ocurrió el hecho, ni siquiera cerca: sino presa en su casa, convertida en cárcel de máxima seguridad. Si es que algún profesor de Derecho la quiere revisar, la acusación es antijurídica, por donde se le mire.
Se la imputa a Milagro con criterios que son los que hicieron posible Guantánamo, un campo de detención levantado desde la más pura ilegalidad, donde se violan los derechos humanos de sospechosos de terrorismo sin condena en nombre de la seguridad global.

Pero Milagro no hizo volar las Torres Gemelas. Milagro llevó el primer tomógrafo a la provincia de Morales e hizo piletas, viviendas y escuelas para los pobres de Jujuy.
A Nelson Mandela se lo acusaba con idénticas patrañas. Cada protesta en Soweto era una nueva restricción en su contra en el penal, un nuevo intento de quebrar -a la vez- su resistencia física y la rebelión negra contra la opresión racial.
Se ve que hay personas que tienen un Código Penal propio. Como Mandela, como Milagro.
Que alguna vez también fue condenada por arrojarle huevos a Morales -causa que acaba de moverse después de cuatro años-, cuando ambos estaban separados por cientos de kilómetros de distancia.
Milagro llevó el primer tomógrafo a la provincia de Morales e hizo piletas, viviendas y escuelas para los pobres de Jujuy.
Hace falta recordar que Milagro, pese a su condición de presa por razones políticas evidentes, estaría recluida en un cárcel común, como lo estuvo, de no haber mediado una resolución de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), que morigeró su situación y resolvió que siguiera el proceso en su domicilio, hasta que la Corte Suprema de Justicia se expidiera finalmente en su beneficio, cosa que el máximo tribunal presidido por el macrista Rosenkrantz no hizo todavía.
Milagro lleva presa de manera preventiva cinco años. En julio, se van a cumplir dos mil días.
Unos 550 bajo el gobierno del Frente de Todos, que integra el kirchnerismo, donde Milagro milita.
Dos mil carpas se van a montar en la Plaza de Mayo dentro de un mes pidiendo por su inmediata libertad.
La prisión de Milagro es el atajo que tomó su infeliz carcelero para sentirse un implacable emperador de provincias.
La imagen de Milagro esposada quizá le haga ganar una elección a Morales.
Pero la de la histórica plaza desbordada pidiendo por la libertad de una mujer originaria violada en sus derechos y garantías, víctima del “lawfare”, va a recorrer el mundo varias veces; y probablemente haga crujir los equilibrios de gobierno como no ocurrió hasta el momento.
Las refriegas por el aumento de las tarifas energéticos y el techo paritario de los salarios que se vino dando hasta ahora al interior del Frente de Todos no son comparables a ese big bang político y emocional entre su militancia más leal. A tres meses de las PASO, nada menos.
Salvo que ocurra un milagro para Milagro. Entonces, el mundo seguirá girando, como si nada.






