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Nazareno Cruz y el lobo: la naturaleza que vuelve

Por Antolín Magallanes
28 septiembre, 2026
Nazareno Cruz y el lobo: la naturaleza que vuelve

La retrospectiva dedicada a Leonardo Favio por el Cine Cacodelphia, en la Ciudad de Buenos Aires, no solo nos permité reencontrar excelentes copias de las películas de uno de nuestros grandes maestros; también nos devolvió una forma singular de mirar. Volver a Favio es volver a hacerlo y recordar que toda mirada necesita tiempo para descubrir aquello que la imagen todavía no revela.

Se apaga la luz de la sala y aparece el campo. No como paisaje de fondo, sino como una presencia. La imagen podría pertenecer a una pintura rural del siglo XIX: una extensión inmensa de tierra, el cielo ocupándolo casi todo y, sobre la línea del horizonte, apenas unos bultos oscuros que se desplazan lentamente. Al principio cuesta reconocerlos. Después entendemos que son vacas avanzando, arriadas a la distancia.

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Favio podría haber acercado la cámara, pero elige dejarnos allí, frente a esa inmensidad, obligándonos a esperar. El hombre todavía es pequeño frente al campo, los animales apenas puntos en el horizonte y la naturaleza conserva una dimensión que ninguna palabra podría abarcar. Hay algo profundamente pictórico en esa primera imagen, como si antes de los personajes estuvieran la tierra, el cielo, los animales y el viento, y recién después comenzara la historia humana.

Porque Nazareno Cruz y el lobo no es solamente una leyenda ni una tragedia amorosa atravesada por el mito. Es también la historia de una relación antigua entre los hombres y aquello que los rodea: la tierra, la noche, los animales, las piedras, el agua, los sonidos. Una naturaleza que no está detrás de los personajes como decoración, sino dentro de ellos, modelándolos.

En ese mundo todavía no parece existir una frontera precisa entre unas vidas y otras. Los animales entran y salen de las casas, rondan las camas, se mezclan con los cuerpos y con las tareas cotidianas. Hay pájaros, palomas, perros, vacas; una niña juega con una culebra con la naturalidad con que podría jugar con una muñeca. No hay espectáculo. Hay convivencia. Las casas todavía no se han cerrado sobre sí mismas: el afuera entra, circula, respira adentro.

Por eso, la aparición del lobo adquiere otra fuerza. No irrumpe simplemente porque sea un animal: los animales ya estaban allí. El lobo rompe algo porque llega cargado por la leyenda, el miedo y la condena. Es la irrupción de lo temido en medio de un universo donde hasta entonces las vidas parecían mezclarse sin preguntarse demasiado a qué reino pertenecen.

Y en medio de todo está la pareja. Nazareno y Griselda tienen una belleza casi desmesurada, pero no ajena al mundo que habitan. Son jóvenes, luminosos, sensuales, y en ellos parece condensarse también una belleza propia de la época en que la película fue filmada: los años setenta, sus rostros, sus cuerpos, su manera de amar, cierta libertad todavía silvestre. Favio toma esa belleza de su tiempo y la desplaza hacia el mito, como si aquellos dos jóvenes pudieran pertenecer al campo, a una leyenda antigua y, al mismo tiempo, a la sensibilidad de una generación.

Por eso también los colores importan tanto. En Favio el color no adorna: respira. Los rojos, los verdes, los azules profundos, la oscuridad del monte y la luz sobre los cuerpos construyen un territorio donde lo real y lo fantástico dejan de ser contrarios. El hombre, el animal, el deseo, el miedo, la luna y la tierra participan de una misma materia.

En esa manera de sumergir a los personajes en el mundo natural hay algo que, visto hoy, puede hacernos pensar en el cine de Terrence Malick. También allí el pasto, el viento, los árboles, los animales o el cielo no funcionan como decorado: parecen observar la historia humana y recordarle qué ocurre dentro de algo mucho más vasto. Favio llegó a esa comunión desde otro lugar, profundamente popular, latinoamericano y mítico, pero ambos parecen saber que el paisaje también puede contar.

Nazareno nace marcado por una creencia popular: ser el séptimo hijo varón lo condenaría a convertirse en lobizón. Pero Favio no se coloca por encima del pueblo para explicarle que aquello es superstición. Entra en ese mundo. Allí la leyenda no es una mentira opuesta a la verdad, sino una forma de nombrar aquello que desborda la razón.

Aparece el Diablo. Vive abajo, en la Salamanca, entre piedras, fuego, sombras y socavones. La naturaleza no es solamente la que florece o se mueve con el viento; también es la profundidad, la cueva, la grieta, el mineral, aquello que permanece oculto bajo nuestros pies.

Pero el Diablo de Favio tampoco parece haber elegido serlo. Está condenado a su reino como Nazareno parece condenado a transformarse en lobo. Y allí ocurre algo extraordinario: Nazareno elige el amor, aun sabiendo que esa elección puede conducirlo a la muerte. El Diablo comprende entonces que ese muchacho llegará antes que él hasta el Creador y le ruega que no lo olvide, que hable de él. Está cansado. Cansado de su oscuridad, de su función, acaso de una eternidad que tampoco escogió.

Si el Creador hizo a Nazareno, también hizo al Diablo. Y puede pensarse que el muchacho se convierte, misteriosamente, en la posibilidad de su redención: como si aquel condenado a ser lobo fuera también la hendija por la cual el Diablo pudiera escapar algún día de aquello que le fue asignado. La Salamanca deja de ser solamente el infierno bajo la tierra. Es también el lugar donde alguien espera salir de su destino.

Favio vuelve así a desordenar las categorías. Ni Nazareno es solamente el lobizón, ni el Diablo es solamente el mal. Ambos cargan con una condena y ambos buscan, de distinta manera, atravesarla. El amor aparece como aquello capaz de alterar incluso el orden que parecía escrito desde el comienzo.

Cuando finalmente lo buscan, Nazareno ya está herido, ensangrentado, cercado por aquello que sabía que alguna vez llegaría. Pero no huye. Se planta. Hay en ese gesto algo que recuerda inevitablemente a otro hombre de Favio: Juan Moreira. Aquel “Aquí está Juan Moreira, mierda” vuelve, de algún modo, en Nazareno. No porque sean el mismo personaje, sino porque comparten una dignidad frente a lo inevitable. Son hombres perseguidos que comprenden que el final está cerca y, sin embargo, eligen hacerse presentes. Como si en Favio la derrota pudiera ser también una última forma de libertad: pararse frente al destino y decir “aquí estoy”.

Los hombres y mujeres de Favio parecen hechos por el lugar donde viven. El viento les ha pasado por la cara, la piedra les ha endurecido los pies, el canto de los pájaros ha entrado en sus silencios. No son personajes colocados dentro de un paisaje; emergen de él.

Tal vez por eso mirar hoy Nazareno Cruz y el lobo produce una conmoción particular. Hemos aprendido a mirar la naturaleza como algo exterior, pero esa separación es una ilusión. La naturaleza sigue allí: a veces visible y otras escondida, alrededor de nosotros y también dentro de nuestros cuerpos.

Cada tanto se manifiesta. En una tormenta, en un río que crece, en una sequía, en un viento que cambia de golpe, en un calor que parece no terminar. Hoy también lo hace en aquello que llamamos “cambio climático”. No hace falta convertir por eso a Favio en profeta de nuestro tiempo. Su película conmueve porque, desde otro mundo y otra época, nos recuerda algo elemental: nunca estuvimos fuera de la naturaleza y de los tejes y manejes de esa creación, que solo maneja la Lechiguana, su madrina, una especie de sabia, pitonisa y bruja que trata de conjurar la vida.

Ese universo está arriba, bajo el cielo abierto, pero también bajo tierra, en la Salamanca. Está en el viento y en la piedra, en la luz y en el socavón, en el canto y en el miedo. La película no necesita separar aquello que nosotros hemos separado. El amor puede convivir con el temor; la ternura con la violencia; la luz con la oscuridad; el hombre con el animal.

Cuando termina, queda la sensación de que esa historia no ocurrió solamente en un tiempo remoto. Algo de ella sigue dando vueltas cerca de nosotros. Los ríos continúan buscando el mar. El viento sigue recorriendo las llanuras. Los pájaros trazan caminos sobre nuestras cabezas. La piedra permanece debajo de nuestros pies.

En algún lugar, aunque ya casi no podamos verlo, el lobo todavía merodea. No necesariamente como amenaza, tal vez como recuerdo.

El recuerdo de que la naturaleza nunca se fue.

A los doce años vi está película por primera vez. Solo recordaba a una primeriza actriz muy bella femenina, Marina Magalí y al galán de telenovelas, Juan José Camero, junto al niño televisivo, Marcelo Marcote. Parafraseando al diablo de Alfredo  Alcón, esas apariciones son un truco de Favio, para hacernos entrar por la puerta de lo que creímos veríamos en pantalla. Hoy me di cuenta de la trampa. Favio es alguien a quien su profundo amor al pueblo, le impidió darle mierda, algo a lo que nos quieren convidar permanentemente.

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Tags: cine argentinoLeonardo FavioNazareno Cruz y el Lobo
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