El progreso de Capitán Sarmiento también podía medirse en el playón de estacionamiento de la avícola Granja Tres Arroyos. Durante los años de esplendor, bastaba pasar por la planta Cahuané para comprobar cómo cambiaba el paisaje: primero, bicicletas; después, motos; más tarde, autos usados. Finalmente, llegaban las motos y los autos cero kilómetro. Para muchos sarmientenses ese paisaje era la prueba tangible de la movilidad social ascendente de los trabajadores.
En una tarde nublada de finales de septiembre, sentado sobre unas bolsas de alimento balanceado, Miguel le ceba un mate a un vecino y dice:
—Hacé de cuenta que en Sarmiento cayó una bomba o pasó un tsunami o, como quien dice, se cayó el sistema.
El 31 de agosto de 2026, Granja Tres Arroyos, la empresa avícola más grande del país, cerró su planta más importante y despidió a 700 de sus 1.200 trabajadores. Desde ese día, la vida cotidiana de Sarmiento entró en una etapa sombría. Los comercios vacíos, la amargura de la Avenida Alem, los carteles de liquidación por cierre y los cortes de servicios básicos por falta de pago. El buffet del Club Independiente pasó de repartir 30 pedidos de comida por noche a 3 o 4. Se habla de Granja en la panadería, en las escuelas, mientras se espera el turno en la farmacia. Cada familia tiene una historia laboral que la une a Tres Arroyos: la vecina, un hermano, el padre, la madre, un abuelo, un primo. Ellos mismos.
Y ahora, todo eso quedó en suspenso. Hasta el sueño de Abril. Ella, empleada de comercio, abrió una verdulería con su hermana con la idea de irse a vivir juntas. Pero desde que Granja entró en crisis y dejó de pagar los sueldos, las ventas cayeron en picada. La crisis también llegó a su casa: su padre, que llevaba 20 años trabajando en la fábrica, fue despedido.
La historia reciente de Sarmiento es inescindible de Granja Tres Arroyos, una empresa que abrió a principios de los 2000 sobre las ruinas de dos firmas anteriores que habían quebrado. En pocos años, se convirtió en un polo productivo avasallante y de crecimiento exponencial. De ser una típica pequeña ciudad bonaerense que perdía población, la tendencia se revirtió y empezó a crecer: muchos dejaron de irse, otros regresaron. Llegaron trabajadores de otras provincias, se abrieron comercios, heladerías, casas de decoración, supermercados.
¿Qué pasa cuando en una ciudad de 16 mil habitantes se cierra la principal fuente de trabajo?

El 19 de octubre de 2010, Sergio Muñoz tuvo un golpe de suerte: entró a trabajar en Granja, un sueño cumplido. No le importaba viajar todos los días desde Arrecifes hasta Capitán Sarmiento, 90 kilómetros ida y vuelta.
Sergio tenía 46 años. Con su hijo compartía la pesca y la pasión por los autos. Una vida sencilla, dice Natalia, su esposa.
Hasta que a principios de 2025 empezaron los retrasos en los pagos. Primero fueron cinco días. A veces les pagaban media quincena y la otra mitad llegaba una semana más tarde. Después llegaron los rumores de que la planta podía cerrar. “Cuando empezaron los problemas en Granja, estaba muy estresado y con angustia. Granja ya estaba en su cabeza. Granja. Granja. Granja. Solo repetía Granja”, cuenta Natalia.
En la última reunión en la que participó, un viernes a la noche, Sergio fue con la esperanza de escuchar una buena noticia. Volvió a su casa derrotado. Hubo insultos, piedras. Un compañero se descompensó. Una mujer gritaba, otra lloraba. “Sergio hacía changas en una casa de sepelios. Esa noche, cuando volvió de la reunión, tuvo un servicio. Pero me llamaron de urgencia que se había descompuesto. Tuvo un preinfarto. El domingo que murió se despertó temprano, lavó el auto y a la noche, cuando fue a bañarse, se descompuso y se quedó ahí. El 3 de septiembre recibió el telegrama, el 6 falleció. La angustia del despido lo mató”, dice Natalia.
Granja tenía los salarios más altos de la zona y generó una clase media que dinamizaba el consumo interno. Leo es comisionista y mide el desastre en algo concreto: la caída en los viajes que hace. Durante los años de mayor actividad de Tres Arroyos, las esposas de algunos trabajadores también habían encontrado una forma de generar ingresos. Algunas vendían ropa interior femenina y Leo se encargaba de traerles la mercadería desde Buenos Aires. “Eso se terminó con Granja”, dice.
Cuando Miguel Benítez, de 50 años, casado y padre de dos hijos, recibió el telegrama de despido, sintió que el mundo se le venía abajo. Piensa que ya no podrá pagarle la fiesta de 15 de su hija y llora.

Vive en Solís, un paraje rural ubicado a 43 kilómetros de Capitán Sarmiento. Durante 18 años trabajó en Granja: “Estoy muy deprimido, sin saber qué hacer. No puedo dormir. Me desvela no poder comprarle ni un par de zapatillas a mis hijos. Dejé el gimnasio, me cortaron la obra social, comemos de donaciones. Cuando no doy más lloro”, dice.
Con los telegramas de despido también llegan las cartas de intimación de pago: alquiler, luz, celular, gas. Familias enteras que dejaron sus casas, incluso con los muebles, se van con lo puesto, como huyendo del desastre. Sarmiento se convirtió en un pueblo desmembrado.
Lucrecia Brid trabajó 16 años en Granja y crió sola a sus cinco hijos. Desde que la echaron le cuesta dormir y conseguir trabajo es casi imposible: la crisis económica arrasó el consumo.

“Teníamos posibilidad de irnos de vacaciones, comprarnos el primer auto. Como mamá tengo prioridades, los servicios básicos los tengo al día. Pero mi celular lo cortaron”, dice.
Las cifras dan una idea de la dimensión que alcanzó Granja Tres Arroyos: por día se faenaban unos 700.000 pollos, llegó a emplear a más de 7.000 personas directas, operar ocho plantas en Argentina y Uruguay, concentrar más del 20% de la producción avícola nacional y destinar el 35% al mercado externo.

Durante los 22 años que trabajó en Tres Arroyos, Fabián Griguelo pasó por todos los sectores de la planta. Ahora, sin trabajo, le cuesta dormir. Está endeudado: “Para viajar al velorio de mi compañero Sergio Muñoz tuve que pedir ayuda, ni para el pasaje tengo. No fue la despedida que hubiera querido para un amigo, no le pude comprar ni una flor”, dice.
En Facebook se multiplican las cadenas de oración. Se piden remedios, se organizan rifas y se juntan alimentos. Algunos venden lo que tienen. Todo para cubrir lo más básico: comer.
Desde que lo despidieron, a Maximiliano Gutiérrez le da vergüenza salir a la calle. Sin trabajo se siente marginado. Ya vendió una tele, una cama, una estufa, bicicletas, lo que fue comprando en sus veintidós años como empleado de Tres Arroyos. Ahora le cuesta pagar el alquiler, tiene meses atrasados, le cortaron la obra social y pasó algunos días sin comer: “Me despierto y no sé qué hacer, a veces no tengo ni para comprarme una fruta, estoy comiendo los últimos nuggets de pollo que me quedan de la fábrica. Estaba pagando un terreno y mi sueño era construir mi casa, pero no llegué”, dice.

Como parte de pago, la empresa les ofreció a los trabajadores cajones de pollo. Eran tan pequeños que, al verlos, Macarena recordó su infancia, cuando ella y sus hermanos cazaban palomas para comer. “Antes tenía una economía estable, ahora paso días sin comer para que a mis hijos no les falte. En el pueblo somos muchas personas que nos chocamos por un puesto de trabajo”, dice.

Cuando empezaron los problemas, en Sarmiento se repetía una frase como mantra: “Granja no va a cerrar”. Quizá era una negación colectiva. Ahora de la chimenea ya no sale humo blanco y en la playa de estacionamiento quedan apenas dos bicicletas oxidadas.






