Hay algo extraño en discutir quién será dueño del futuro cuando ese futuro todavía no existe. O quizás ése sea precisamente el problema: mientras la mayoría seguimos tratando de sobrevivir al presente, hay quienes ya comenzaron a escriturarlo.
La conversación apareció en De lo humano, por AM530 Somos Radio, mientras hablábamos con Julián Axat sobre Notas para una restitución futura, su último libro. Axat es abogado y poeta y, en su caso, las dos condiciones parecen empeñadas en hacerse las mismas preguntas por caminos diferentes. La justicia busca pruebas, establece responsabilidades, intenta reparar; la poesía dispone de otras herramientas para internarse allí donde un expediente no alcanza. Su libro se mueve precisamente en ese territorio, cruzando ciencia ficción, memoria, revolución, tecnología y utopía para formular una pregunta que pertenece enteramente a nuestro presente: quién tendrá derecho al futuro que estamos construyendo.
Pero la conversación había comenzado antes de que Julián entrara al estudio.
A pocos días de un nuevo aniversario de la muerte de José de San Martín, el editorial del programa había intentado rescatarlo del bronce, del feriado y de la repetición escolar para volver al hombre que, en 1819, mientras el territorio que todavía buscaba convertirse en nación se desangraba en enfrentamientos internos, reclamaba dejar de derramar sangre entre compatriotas y reunir fuerzas frente a quienes amenazaban la independencia. “Divididos seremos esclavos. Unidos, estoy seguro que los batiremos”, le escribió entonces a Estanislao López.
Más de dos siglos después, la frase conserva una incomodidad que las estatuas suelen disimular. No alcanza con saber contra qué poder se lucha; importa preguntarse qué fuerza construimos para enfrentarlo y, sobre todo, cómo hacerlo sin reproducir la violencia que cuestionamos.
El mismo 17 de agosto, una veintena de militantes se había vestido de Gandalf para llegar hasta la casa que el multimillonario Peter Thiel compró en Buenos Aires. Antes pasaron por el Instituto Sanmartiniano y dejaron allí una fotografía que terminaría agregando otro significado a la acción. Después desplegaron frente a la residencia una enorme bandera: “You shall not pass”. No pasarás.
La elección tenía una precisión casi quirúrgica. Thiel, uno de los hombres más poderosos del universo tecnológico, es un devoto de Tolkien. Palantir, una de las empresas que cofundó, tomó su nombre de aquellas piedras videntes de El Señor de los Anillos capaces de observar personas y acontecimientos a enormes distancias. La Palantir de nuestro mundo trabaja con procesamiento masivo de información y desarrolla tecnologías utilizadas por organismos de inteligencia y seguridad.
Los Gandalf hicieron algo más interesante que denunciarlo: le expropiaron el símbolo. Porque el poder puede apropiarse de signos, nombres y lenguajes, pero no siempre consigue conservar la propiedad de su significado. Una veintena de personas tomó el universo imaginario con el que Thiel había revestido a su imperio tecnológico, invirtió su sentido y se lo devolvió en la puerta de su casa. La piedra que todo lo ve encontró enfrente al personaje que le marca un límite. La alegoría privada del millonario quedó, por unas horas, apropiada por quienes reclaman el derecho de una sociedad a ser artífice de su propio futuro y no objeto del futuro que otros diseñen para ella.
Ahí hay algo más profundo que una performance ingeniosa. Hay una forma de comprender la no violencia que me interesa especialmente: no como retirada del conflicto, ni como resignación, ni solamente como una conducta moral frente a la violencia ajena, sino como metodología de acción, producción de sentido y construcción de fuerza social. Una metodología capaz de enfrentar aquello que cuestiona sin reproducir sus procedimientos y de alterar, mediante la acción colectiva, la relación simbólica entre quien ejerce el poder y quien parece condenado a padecerlo.
Los Gandalf no dañaron materialmente el poder de Thiel. Hicieron otra cosa: durante un instante consiguieron quitarle el control del relato. Una acción protagonizada por apenas unas decenas de personas se convirtió en acontecimiento porque otros la hicieron propia, la reprodujeron y la multiplicaron. Su potencia no estuvo en la capacidad de daño sino en la capacidad de irradiación.
Silo condensó alguna vez una cuestión mucho más vasta en una frase extraordinariamente sencilla: “Con un enfoque violento de la violencia no resultará la paz”. No se trata de evitar el conflicto; se trata de construir una fuerza transformadora que no termine pareciéndose a aquello que pretende transformar.
Por eso aquel homenaje a San Martín podía materializarse de una manera inesperada en esa pequeña procesión de Gandalf que, antes de plantarse frente a uno de los hombres más ricos del planeta, pasó por el Instituto Sanmartiniano para dejar testimonio de su gesto. Dos siglos después, otras formas de poder y otras herramientas volvían a colocar sobre la mesa la misma pregunta por la construcción de una fuerza común.
Y fue precisamente Peter Thiel quien volvió a aparecer, pocos minutos después, cuando comenzamos a conversar con Julián Axat.
Cuando las utopías cambian de dueño
Notas para una restitución futura recupera una vanguardia rusa de comienzos del siglo XX casi borrada de nuestra memoria: los biocosmistas. Poetas, anarquistas, místicos y revolucionarios; personajes de largas barbas y cabelleras que Axat describe como una especie de “cristos andantes”, cargados de utopías y de locuras. Querían conquistar el cosmos, prolongar la vida, imaginaron la criogenización y llegaron incluso a concebir la posibilidad de vencer a la muerte.
Leídas desde 2026, algunas de aquellas fantasías podrían confundirse con los programas de investigación de Silicon Valley. La diferencia fundamental no está en lo que soñaban sino en para quiénes lo soñaban.
Para aquellos biocosmistas, la conquista del espacio no podía convertirse en patrimonio de una corporación, como tampoco la prolongación de la vida debía quedar reservada a quienes pudieran pagarla. La ciencia tenía un sentido ecuménico: aquello que la inteligencia humana consiguiera conquistar debía ampliar las posibilidades de toda la especie. Incluso la inmortalidad —esa pretensión desmesurada que vuelve una y otra vez en sus manifiestos— debía alcanzar a los proletarios.
Axat encuentra allí el puente con nuestro presente y lo cruza en dirección contraria. Muchas de aquellas utopías sobrevivieron, pero cambiaron de dueño.
Elon Musk proyecta la colonización de Marte. Peter Thiel se interesa por tecnologías destinadas a prolongar la vida. La inteligencia artificial avanza sobre territorios que hasta hace pocos años pertenecían a la ciencia ficción. Los sueños desmesurados de aquellos poetas revolucionarios reaparecen un siglo después convertidos en programas de inversión de algunos de los hombres más ricos del planeta.
La utopía colectiva fue privatizada
Axat no anda con demasiadas vueltas. Durante nuestra conversación afirmó que el manifiesto de Palantir “roba a mano armada principios biocosmistas”. Pero el saqueo más profundo no consiste en apropiarse de una idea sino en cambiarle el destinatario. “Estos señores nuevos vienen a plantear que estas invenciones son para ellos, o para sus hijos, o para el grupo de élite”, sostuvo durante la entrevista.
Para describir esa apropiación encontró una expresión feroz: “racismo cósmico”. Y enseguida ubicó la discusión en un territorio que atraviesa desde hace tiempo mi propia mirada: “el humanismo y el antihumanismo”.
No podría estar más de acuerdo. Porque el problema no es Marte, ni la inteligencia artificial, ni la posibilidad de prolongar la vida, ni siquiera los descubrimientos que todavía somos incapaces de imaginar. El problema comienza cuando aparece una palabra mucho más pequeña: quién. Quién llegará a esos mundos, quién podrá vivir más, quién controlará los algoritmos y dispondrá de nuestros datos, quién podrá pagar los tratamientos, quién decidirá qué conocimiento circula y cuál queda encerrado detrás de una patente. En definitiva, quiénes tendrán acceso a aquello que la humanidad sea capaz de descubrir y quiénes quedarán condenados a contemplarlo desde afuera.
La lucha de clases puede haber llegado a lugares que Marx jamás imaginó. Tal vez algún día atraviese la atmósfera.
Mientras escuchaba a Axat recordé una conversación de los años 80 en la que Silo planteaba una inquietud que entonces podía parecer desmesurada. Imaginaba que la ciencia consiguiera detener el envejecimiento celular y prolongar considerablemente la vida humana. Su preocupación comenzaba después del descubrimiento: quién tendría el poder y el dinero necesarios para acceder a él. Cuarenta años más tarde, aquella conversación ya no me parece fantástica.
Axat conoce bien esos cruces. Durante la entrevista recordó la relación intelectual entre el pensamiento de Silo y ciertas vertientes del cosmismo ruso, y contó que para escribir su libro puso algunos de sus textos en diálogo con aquellas antiguas corrientes. No necesito forzar más esa relación. Me alcanza con reconocer una preocupación que atraviesa épocas, geografías y lenguajes: aquello que amplía las posibilidades humanas no puede terminar convertido en un privilegio contra los seres humanos.
La discusión sobre la tecnología termina siendo, inevitablemente, una discusión sobre lo humano.
Restituir el futuro
Y es allí donde el libro de Axat se vuelve todavía más inquietante.
Los biocosmistas no se conformaban con prolongar la vida: llegaron a imaginar la restitución de los muertos. Trasladada a la Argentina, esa idea pierde rápidamente cualquier inocencia futurista. Axat es hijo de desaparecidos y esa condición introduce una densidad inevitable cuando la imaginación tecnológica empieza a rozar la ausencia.
Durante nuestra conversación contó que existen experiencias en las que la inteligencia artificial reconstruye rasgos de personas muertas a partir de las huellas digitales que dejaron, y que esa posibilidad ha atravesado incluso la imaginación de familiares de desaparecidos. Pero inmediatamente se apartó de cualquier interpretación puramente tecnológica: “Yo hablo en el plano espiritual”, aclaró.
Me interesa detenerme allí porque la tecnología puede recomponer una voz, ordenar fotografías, imitar una manera de escribir o reconstruir estadísticamente una respuesta probable. Puede acumular rastros. Lo que no puede resolver es qué hacemos los seres humanos con la ausencia.
Prefiero ubicar allí la restitución de la que habla Axat: en el territorio de la trascendencia y de la búsqueda de sentido. La desaparición forzada no buscó solamente producir la muerte; quiso producir un vacío, arrancar un cuerpo de la historia, borrar las circunstancias de su muerte, negar una tumba e interrumpir la continuidad entre una vida y quienes vendrían después.
En un poema perteneciente a este mismo ciclo, Axat escribe que la desaparición “buscó impedir / toda restitución futura”. Unos versos más adelante deja una afirmación que cambia la dirección de la mirada: “La Memoria es un acto del futuro”.
Del futuro, no solamente del pasado.
La memoria deja así de ser un ejercicio destinado a conservar aquello que ocurrió y se convierte en una acción capaz de impedir que el crimen determine para siempre el significado de una vida. Recordar no devuelve físicamente a quien falta, pero disputa contra la pretensión del victimario de haberlo convertido definitivamente en nada.
Hay otro poema de Julián Axat, Detectives por la memoria, en el que esa búsqueda atraviesa huesos, fémures y mandíbulas hasta que la poesía encuentra una forma distinta de restitución:
“dejamos los huesos a un lado
y escribimos un poema que/
nos devuelve
la piel viva de la voz.”
Tal vez sea difícil encontrar una imagen más precisa para comprender la convivencia entre el abogado y el poeta. Uno sabe que los huesos importan, que deben encontrarse, identificarse y convertirse en prueba. El otro sabe que ni siquiera todos los huesos encontrados alcanzarían para devolver la piel viva de una voz.
La restitución de la que habla Axat puede comprenderse entonces sin necesidad de prometer ninguna resurrección tecnológica. No se trata de negar la muerte sino de negarle a la violencia su pretensión de producir la nada. La memoria, la justicia, la poesía pueden restituir porque vuelven a inscribir en el tiempo aquello que alguien quiso arrancar de él.
Y entonces la palabra futuro del título del libro adquiere otro peso. Restituir no es solamente recuperar lo perdido; es impedir que aquello que fue destruido determine los límites de lo que todavía podemos construir.
Al terminar la conversación volví mentalmente a aquellos Gandalf frente a la casa de Thiel. Ya no parecían una anécdota lateral del programa sino otra escena de la misma disputa.
Durante siglos discutimos la propiedad de la tierra; después, la de las fábricas, los recursos naturales, la energía y el conocimiento. Ahora comenzamos a disputar la propiedad de nuestros datos, de los algoritmos, de la inteligencia artificial y de descubrimientos capaces de modificar incluso la duración y las condiciones de la vida. Mientras buena parte de la humanidad sigue ocupada en sobrevivir al presente, otros están intentando establecer las reglas del futuro.
Por eso aquella acción del 17 de agosto adquiere otro espesor. Frente a un hombre que convirtió una piedra vidente de Tolkien en emblema de una corporación capaz de procesar cantidades gigantescas de información, veinte personas recuperaron al personaje que podía detenerla y pronunciaron dos palabras que invirtieron el significado de toda la escena: no pasarás.
San Martín había reclamado dos siglos antes reunir una fuerza común frente a una independencia amenazada. Desde entonces los territorios de la soberanía se volvieron más extraños. Siguen estando bajo nuestros pies, en nuestros recursos y nuestra tierra, pero circulan además por servidores que no vemos, algoritmos que desconocemos, laboratorios privados y proyectos que algún día podrían decidir cuánto y cómo vive un ser humano.
La discusión que propone Axat ocurre en ese territorio. No consiste en detener el conocimiento ni en temerle al futuro. Todo lo contrario: exige recuperar la audacia de imaginarlo antes de que otros lo imaginen por nosotros.
Los viejos biocosmistas se atrevieron a pensar que la humanidad llegaría a las estrellas y vencería algunos de sus límites. El problema comienza cuando unos pocos confunden haber acumulado una fortuna con haber adquirido el derecho a decidir el destino de la especie.
Humanismo o antihumanismo, dijo Axat.
Quizás la frontera sea exactamente ésa: no entre quienes quieren el futuro y quienes le temen, sino entre quienes pretenden convertirlo en propiedad privada y quienes seguimos pensando que todo aquello que amplíe verdaderamente las posibilidades humanas deberá pertenecer a todos los seres humanos.






