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Suspensión de la incredulidad, parte mil

Por Alejo Álvarez Tolosa
26 septiembre, 2026
Suspensión de la incredulidad, parte mil

Es necesario un pacto implícito para que el espectador, o lector, acepte temporalmente las reglas de una obra de ficción sin cuestionar su lógica o verosimilitud. Sin la suspensión no sería posible disfrutar de la cortina musical en tal o cual escena, ni de la profundidad y perspectiva de un lienzo de Velázquez, ni de una novela realista o mágica, no importa. La suspensión necesita y exige, sin lugar a dudas, que el artista haga verosímil lo irreal: cuanta más consistencia tenga el relato, más creíble resultará. Aunque vaya de dragones o magos voladores. La expresión fue acuñada hace dos siglos por Samuel Taylor Coleridge, y define algo tan preciado que sin ello no hubiera sido posible ni Shakespeare, Cervantes, el cine, ni los videojuegos. Ni el presidente argentino.

Pero existe una característica primordial y esencial en la suspensión de la incredulidad, y es que debería ser naturalmente involuntaria e imperceptible. El ejercicio no consta de abrir un libro en el señalador que dejamos en la página noventa y nueve, y decir un mantra al estilo: esto que voy a leer es cierto, es real, existe, no hay dudas; sino que el acuerdo es tácito y responde, primero a una necesidad, y en segunda instancia a un gozo. Sin esa suspensión no sería posible disfrutar o siquiera consumir una novela o una película. Pero, ¿qué sucede cuando ese pacto deja de ser involuntario e imperceptible, y necesita ser exactamente lo contrario: un mecanismo de defensa que augura la supervivencia pero no la vida, y al que es necesario recurrir como un salvavidas? 

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Necesitar suspender la incredulidad para sobrellevar la realidad nacional, o sea utilizar métodos necesarios para apreciar el arte para conciliar la vida, no transforma la realidad en arte, sino en un cachivache.

El problema, uno de ellos, se presenta cuando la repetición de falacias incesantes intenta por fuerza de insistencia correr el velo de lo real, por imposición o suspensión, hasta el punto de convencer a buena parte de la ciudadanía de que sacaron a catorce millones de personas de la pobreza, cuando los datos del INDEC advierten que no solo no disminuyeron la cantidad de pobres en la Argentina sino que aumentaron en un cuatro por ciento, algo así como dos millones de nuevos pobres. El juego es macabro: creeme, que te conviene hacerlo, porque sino no podemos seguir adelante y te vas a defraudar y a chocar contra la realidad. Creeme, casi como una súplica que tranquiliza al que la pide y sodomiza al que la da, así como sonreímos cuando al final de una escena la chica besa al chico y caminan de la mano por la ciudad.

Si en la ficción aceptamos algo improbable porque queremos entrar en ella, en el discurso político se nos pide aceptar algo improbable para no salir de él, para seguir con la falacia. Es lo suficientemente peligroso como para ser más incrédulos que nunca. Porque además, lo contrario de la ficción es la fijación, y así estamos: menos libertad y más imposición.

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Tags: incredulidadINDECJavier Mileipobrezarelato libertario
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