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El hombre que encendió la luz

Por Alejandro Dolina
31 octubre, 2020
El hombre que encendió la luz

Un viejo arsenal de pensamientos burgueses garantiza la conveniencia de buscar acuerdos. Se ha llegado a decir que, en realidad, todos deseamos lo mismo y solo discrepamos en torno a las metodologías. Acompaña a esta pintura esperanzadora un continuo elogio de las buenas maneras en las discusiones políticas y aun en los conflictos sociales. El paradigma de esta etiqueta es el príncipe sonriente ante el disenso, o los antagonistas que se dispensan elogios durante las negociaciones. Sin embargo, la idea de que el mundo está en guerra permanente por el mero capricho de personas malhumoradas es difícil de saludar. 

Pido entonces permiso para no ovacionar de pie los dictámenes precedentes y para exponer un tímido elogio del desacuerdo, de la bifurcación, de la heterodoxia, de la herejía. Después de todo, las revoluciones son hijas de la discrepancia. El hombre es un mono disidente. Es un hecho que las fotografías de los muertos se modifican en secreto mientras duermen en los cajones. Siempre son pequeños detalles: una corbata distinta, una alteración en el orden de las personas, una tendencia de los rostros a relacionarse con su propia historia. 

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Ahora lo vemos, por fin, como un venturoso gestor de discrepancias. Él recorrió caminos que nadie se atrevía a transitar…

Las fotos de Kirchner nos dicen hoy cosas que tal vez no percibíamos antes, y él mismo, ahora con facciones de indudable exilio, parece reprocharnos la tardanza de nuestras epifanías. Ahora lo vemos, por fin, como un venturoso gestor de discrepancias. Él recorrió caminos que nadie se atrevía a transitar y que parecían alejarse de las avenidas centrales que recomendaban los poderosos del mundo global. 

Y se metió por calles ya olvidadas cuyos nombres solo se conocían en los foros estudiantiles, en las reuniones de soñadores y en rincones siempre alejados del poder. Esos caminos de insurrección, que estuvieron durante décadas invadidos por yuyos de olvido, pueden ahora reconocerse. Poetas de mistonga inspiración proselitista podrían explicar que uno de esos senderos conduce al crecimiento del mercado interno, el otro al control del comercio exterior, el de más allá a la intervención del Estado. 

Mencionarían luego el bulevar de la justicia y los derechos humanos, la esquina de la ley de medios, la plaza de la Asignación por Hijo y a la peatonal del desendeudamiento. Podrían decir también que algunas de estas callecitas ya han sido recorridas por otro señor en 1946.

Cuando un gobernante se atreve a caminar estos senderos termina por llegar a un distrito donde el poder político no está en el mismo lugar que el poder económico. Esa es la verdadera geografía que Kirchner descifró. La bifurcación inevitable para quien quiera oponerse al neoliberalismo global.

Ningún otro presidente, salvo aquel otro señor de 1946, les había parecido tan desagradable a las corporaciones.

Las corporaciones no ven nada nuevo en estos retratos. Describen a Kirchner como un hombre confrontativo y áspero. En verdad, ningún otro presidente, salvo aquel otro señor de 1946, les había parecido tan desagradable. Pero la verdad es que no se trataba de una cuestión de carácter: el tipo había tocado sus intereses. Todo eso nos dicen estas fotos. A veces no hay más remedio que disentir, que persistir en el desacuerdo aun cuando parezca que son pocos los que opinan como nosotros. 

Pero aquí viene el último acto de insujeción de este hombre que ahora se ha ido. Al morir, encendió la luz. Y como en un refucilo, vimos algo que la cerrazón de los medios había ocultado en la oscuridad: las calles laterales, los senderos humildes, los caminos que nunca habían recorrido los poderosos estaban llenos, llenos, llenos de gente. 

*Extraído de Néstor, el hombre que cambió todo, de Jorge “Topo” Devoto

Néstor, te estábamos esperando

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Tags: Alejandro DolinaNéstor KirchnerTopo Devoto
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