El conflicto sociopolítico instalado desde su origen por el peronismo es entre el capital concentrado y la distribución popular de la riqueza dentro del marco institucional vigente, con constitución del 49 o sin ella. Una de las condiciones que en toda su historia mantuvo en forma constante el peronismo es el respeto irrestricto hacia el sufragio popular. Se puede perder, se puede ganar, se pueden presentar frentes o votar en blanco, pero nunca elevarse por encima de la voluntad popular legítima. En ello reside una de las razones de su persistencia en el tiempo histórico, contra viento y marea. En ello encuentra también la posibilidad de su derrota, cuando “armen un partido político y preséntense a elecciones”, resulta dicho en tiempos en que el voto deviene un acto cada vez más erosionado por las fuerzas antipopulares para tornarlo un hecho publicitario y de consumo, un evento más similar a comprar un producto en el supermercado que a asumir una responsabilidad ciudadana. Hubo que decir aquello por guardar coherencia con la naturaleza sufragista del peronismo. El movimientismo, las pasiones populares y sus gestos conocidos y celebrados solo se ratifican en las urnas, sin ellas no hay gobierno factible.
“Se puede perder, se puede ganar, se pueden presentar frentes o votar en blanco, pero nunca elevarse por encima de la voluntad popular legítima”.
La otra condición constitutiva del peronismo es la función del liderazgo, analizable en algunos aspectos bajo marcos teóricos universales y en otros solo comprensible como una singularidad argentina. Ambos puntos de vista deben converger, lo cual es raro de conseguir en las conversaciones públicas. El liderazgo peronista, el de Perón, Evita, Néstor y Cristina no tiene nada que ver con ningún autoritarismo ni con el uso de recursos de control social coactivo, sin perjuicio de contraejemplos que el antiperonismo sostenedor de golpes de estado, genocidio y masacres encuentra en el fondo de la olla y magnifica para ver en Perón a un Stalin o a un Hitler sin crematorios, como alguna vez ha sido declarado sobre Néstor.
El liderazgo peronista es ungido por la movilización popular y sostenido por el carácter movimientista del peronismo. No es una representación ni participa en forma plena de la problemática llamada crisis de representación política porque es una forma de acción directa. Quien lidera dialoga de manera directa con el pueblo peronista. Usemos para el caso eventualmente la palabra pueblo, tan discutida y de necesaria revisión, pero coyunturalmente vigente. Que dialoga en forma directa supone una forma de reciprocidad, de simetría asimétrica, porque es una sola persona frente a una multitud. Pero la simetría se verifica en la lealtad del liderazgo hacia el pueblo, en no hacer nunca algo abierta y definitivamente nocivo contra el pueblo, más allá de errores e interpretaciones.
El liderazgo no es una forma de santidad, aunque en las memorias de quienes ya pasaron por el tránsito vital reciban una devoción mimética. En vida hay política, debate, divergencias, traiciones, regresos y conversiones. Sucede en forma consumada todo lo concerniente a la política en su sentido más moderno, urbano y hasta “liberal” en cuanto continuidades institucionalmente democráticas y emancipadoras. Las mayorías invocadas en el peronismo son cúmulos de diversas minorías, no conforman ninguna identidad homogénea, compacta ni igual consigo misma. El liderazgo es el que establece mediante su relación directa y de reciprocidad con el pueblo una convivencia virtuosa. Esto no es teoría, son cosas que han ocurrido varias veces, sin perjuicio de que otras veces se las haya malversado casi hasta su extinción, como sucedió en el menemismo.
“La otra condición constitutiva del peronismo es la función del liderazgo, analizable en algunos aspectos bajo marcos teóricos universales y en otros solo comprensible como una singularidad argentina”.
Esta fuerza popular masiva, capaz de coordinarse como para lograr una mayoría electoral que permita gobernar y volver a realizar lo que antaño se logró, se ha mostrado resistente a toda clase de calamidades. Contra ella se tienen que usar recursos colosales. Antes fueron los que sabemos, desde 1983 fueron reemplazados por métodos judiciales, publicitarios y mediáticos, armonizados entre sí para someter al peronismo a la irrisión, para criminalizarlo, para exponerlo como abyecto, como una parodia de un “nunca más”, un no vuelven más antipopular.
El peronismo a la larga ha conservado su carácter de hecho maldito del país burgués. Líder es quien sostiene ese pacto en herencia de la historia que comenzó en una Secretaría de Trabajo y Previsión, pero que a su vez desde ahí recibió el legado emancipador de múltiples afluencias políticas y culturales.
El liderazgo cabe a la figura que encarna esta historia y la sabe sostener, la figura que sabe decirlo y hacerlo, la figura que entregó su vida entera a ese designio, la figura de la que depende el destino del carácter movimientista del peronismo. De ello depende que tal historia virtuosa no devenga un partido político minoritario, de oposición testimonial.
Eso es lo que está en juego hacia el interior del peronismo, y su desenlace no depende de cuánto se comprenda, o cuánto se lo pretenda ignorar, o cuánta sensibilidad se tenga hacia esta historia, o cuánta habilidad o sabiduría para militarla en su favor. Todo eso tiene una relevancia limitada, porque el liderazgo se pone a prueba, se arriesga, se fortalece o debilita, se confirma o se refuta en su relación directa con el pueblo. La militancia para contribuir a ello es asimismo necesaria porque la “organización vence al tiempo”.
“Líder es quien sostiene ese pacto en herencia de la historia que comenzó en una Secretaría de Trabajo y Previsión, pero que a su vez desde ahí recibió el legado emancipador de múltiples afluencias políticas y culturales”.
Mientras tanto, frente a la realidad aberrante y distópica que el sufragio popular democrático nos ha autoinfligido como sociedad y como país, vemos cómo las multitudes heterogéneas, cada una eventualmente parcial o minoritaria, van aportando a la acumulación movimientista que alcance la fuerza social para recuperar el país perdido, ya no solo la república perdida: el país, el territorio, la población, la soberanía, todo puesto a disposición del capital absolutista totalitario global para que se apropie libremente de lo que le plazca.
En esa acumulación movimientista, telúrica, emergente y resurrecta se les sale a las multitudes de las bocas, de los corazones, de las emociones, de las razones, de las pancartas una declaración radicalmente política susceptible de salvarnos: Cristina libre.






