Dos peces jóvenes van nadando y se cruzan con un pez mayor que nada en dirección contraria. El pez más viejo los saluda con la cabeza y les dice: Buenos días, muchachos, ¿cómo está el agua? Los peces jóvenes siguen nadando durante un rato y, finalmente, uno de ellos se vuelve hacia el otro y le pregunta desconcertado: ¿Qué demonios es el agua?
La cortísima historia es una parábola moderna tomada de un discurso del escritor David Foster Wallace. Y es un disparador. También parece un chiste; una forma sutil y narrativa de reírse del otro o de intentar que piense; en el ambiente adecuado también puede ser una irónica y violenta observación. Una crítica. En la Argentina de hoy es todo eso junto, y más.
La pregunta tardía entre los jóvenes delata algo maravilloso: la curiosidad casi nunca alcanza y, en general, si no es bien dirigida, nos lleva a lugares insalvables, peligrosos y oscuros: hoy. Pero entonces, ¿a quiénes representan los peces jóvenes? ¿A quién el viejo? Las interpretaciones son infinitas, y ése sea probablemente el primer logro de la parábola: decidir dónde ubicamos a tal o cual, y dónde nos ubicamos nosotros mismos. En otras palabras: nuestra consideración respecto de quiénes somos y entre qué y quiénes vivimos.
Hay quien pregunta y quien ignora, quien prefiere no abrir la boca con tal de no sonar idiota y quien prefiere no saber con tal de no parecer un idiota, quien vive en una ignorancia supina y quien no quiere aprender, quien no valora ni conoce ni se preocupa por hacerlo y quien cree que hay cosas que deberían saberse, pero que tampoco se ocupa de aclararlas sino que las da por sentado. Los errores son múltiples, aunque no todos los mismos ni con las mismas consecuencias. También son respuestas.
Lo evidente es el agua. Ese contexto en el que viven, que necesitan para vivir, y que puede variar y estar más fría o más caliente, puede tener más o menos oxígeno, más cristalina o insoportablemente turbia. Las condiciones del agua afectan directamente a los peces. Y sin embargo, los peces jóvenes ignoran siquiera que exista. Algo parecido sucede con la democracia Argentina: es algo que está, que parece intocable, y que, igual que un monumento de mármol al que nada parece corroerlo, no exige hacer demasiado por ella. Pero es falso.
¿Qué carajo es la democracia? ¿Qué demonios es el agua?, no lo saben ni les importa porque viven, están. Si las condiciones mutaran, probablemente morirían en su ignorancia y sin poder (saber) cómo salvarse; los peces, las personas. No preguntan, ignoran. No cuestionan lo suficiente, no existe acción: los verbos están muriendo de ignorancia. Avanzan creyendo que ese movimiento es lo único necesario. Que es la causa y la consecuencia. Que la democracia es intocable, que las seguridades son eso, aunque no, y que lo que existe es producto de magia divina que no exigió el más mínimo esfuerzo, la más mínima lucha. Anoxia (falta de oxígeno).
¿Cómo está el agua? Las preguntan esconden, siempre, más de una intención. Son un termómetro que nos dice cuánto y qué. El pez mayor pregunta y en la falta de respuesta encuentra apenas una parte de la respuesta (el silencio es, también, una respuesta). Pero qué más. ¿Cómo está la democracia, la institucionalidad, el país hoy? El agua se enturbia. El oxígeno escasea. La cosa no marcha, la corriente es contraria. Y sin embargo no hay demanda.
¿Qué es peor: no contestar una pregunta o no exigir una respuesta; ignorar la decadencia o no hacer nada para combatirla? ¿Qué? Es cierto que la acción no es algo que pueda exigirse sino que es algo que debería, o no, brotar desde las entrañas. Que ahí donde la mecha no enciende, no vale la pena siquiera seguir malgastando la piedra. Pero ¿no es, en cualquier caso, la ignorancia, un fin pretendido y ambicionado para poder radicar las más malévolas intenciones? ¿La culpa es del pez mayor o de los jóvenes? Solo una cosa es evidente: no intentar descubrirlo es el primer paso para la extinción.






