Hay algo inquietante en un presidente que les dice a los argentinos: “yo ya estoy hecho”. No importa solamente la literalidad de la frase, sino el lugar desde donde se pronuncia. Hay allí una manera de tomar distancia, de escindirse de nosotros, casi de salvarse solo. Él ya estaría hecho; nosotros, en cambio, todavía deberíamos demostrar que somos capaces de entenderlo. Y si no lo hacemos será porque estamos condenados a regresar al pasado o, según otra de sus expresiones extremas, al “suicidio”.
No es una palabra menor. Mucho menos en una sociedad golpeada, donde el suicidio ha dejado de ser una metáfora para constituir una tragedia concreta que atraviesa familias e instituciones. Utilizarlo para describir el comportamiento político de millones de argentinos habla, cuanto menos, de una notable falta de empatía.
Pero el presidente parece hablar desde otro lugar. Viaja a Chile y vuelve a tomar distancia, esta vez de una parte sustancial de la memoria democrática latinoamericana. Llama “comunista” a Salvador Allende y reivindica los resultados económicos del período abierto después de su derrocamiento. La pirueta histórica es extraordinaria: consigue saltar por encima de Augusto Pinochet, de la dictadura, de los asesinados, desaparecidos, torturados y exiliados, para aterrizar directamente en los supuestos éxitos económicos de las décadas posteriores.

Pinochet queda convertido así en una especie de incómodo detalle entre dos estadísticas.
Hay, además, una ironía argentina difícil de evitar. Milei ha expresado reiteradamente su admiración por Margaret Thatcher. Y Thatcher fue precisamente una fervorosa defensora de Pinochet, a quien agradeció públicamente la colaboración chilena con Gran Bretaña durante la guerra de Malvinas.
Curiosa genealogía para quien, apenas unas horas después, regresaría a Buenos Aires convertido en fervoroso soberanista.
Porque el mismo día, después de un prolongado repliegue en Olivos, el presidente mostró una sorprendente “hiperkinesia” política. Viaja, habla, provoca, regresa y convoca una cadena nacional. Se parece un poco a ese boxeador que acaba de tener el cachete contra la lona, consigue incorporarse todavía grogui y tira un último piñazo, no porque haya recuperado el plan de pelea, sino para ver qué pasa.
Y el golpe que recibió Milei tuvo una forma inesperada.
Una sábana.
Una sábana de hotel mal pintada, con unas letras negras que decían simplemente: “Las Malvinas son argentinas”.

Después del triunfo de la Selección argentina sobre Inglaterra, aquella bandera improvisada llegó desde la tribuna hasta las manos de los jugadores. La desplegaron y la imagen recorrió el país. El trapo se convirtió en remera, apareció en calles y marchas y despertó una fibra extraordinariamente sensible de la sociedad argentina.
Una sábana encargada por ningún gobierno, diseñada por ninguna consultora. Quizás allí radicó su extraordinaria eficacia política.
Recordó que existen cosas que todavía no necesitan marketing para formar parte del sentido común de un pueblo. Malvinas es una de ellas.
Entonces ocurrió lo inesperado: Milei descubrió Malvinas.
En cadena nacional anunció sanciones contra las empresas involucradas en la explotación petrolera, habló de soberanía, Atlántico Sur, Antártida, recursos naturales y geopolítica.
Casi podría decirse que por unos minutos descubrimos a otro presidente. El problema es creerle.

No porque la causa que invoca sea falsa. Todo lo contrario. Las Malvinas son argentinas y su recuperación por medios pacíficos constituye un mandato constitucional que debería atravesar cualquier gobierno.
La pregunta es por qué creer en el súbito fervor soberanista de quien tantas veces pareció sentirse más cómodo admirando a quienes estuvieron del otro lado de nuestra propia historia.
Y aquí conviene poner nombres, porque la geopolítica se entiende mucho mejor cuando abandona las abstracciones.
El proyecto petrolero se llama Sea Lion. Está ubicado unos 220 kilómetros al norte de las islas y es operado por Navitas Petroleum, compañía de origen israelí que posee el 65 por ciento del emprendimiento. El 35 por ciento restante pertenece a la británica Rockhopper Exploration. La producción está prevista para 2028 y las primeras fases contemplan una capacidad que puede alcanzar los 55.000 barriles diarios. No es poca cosa.
Sea Lion puede modificar sustancialmente la estructura económica de las islas, generar importantes ingresos durante décadas y reforzar materialmente una ocupación que la Argentina considera ilegítima. Y Navitas es israelí.
Israel es probablemente el país con el que Milei ha construido su relación internacional más intensa. Lo visitó tres veces como presidente y habló incluso de una unión política, moral y espiritual entre ambos países.
Entonces la pregunta resulta inevitable: ¿durante todo ese tiempo no existió la posibilidad de utilizar semejante relación como instrumento diplomático para plantear el problema de una compañía israelí involucrada en la explotación de hidrocarburos en un territorio cuya soberanía reclama la Argentina?
¿No era allí donde una alianza internacional debía demostrar alguna utilidad concreta para los intereses nacionales?

Ahora el presidente descubre el problema cuando Sea Lion ya cuenta con decisión final de inversión, financiamiento y fecha prevista para comenzar a producir. Bienvenido sea el descubrimiento.
Pero la soberanía no debería funcionar como una alarma que suena solamente cuando políticamente conviene escucharla.
Hay además otra pieza, menos espectacular pero igualmente estratégica: Punta Arenas.
El gobernador británico de las islas es Colin Martin-Reynolds, representante de la Corona desde 2025. Del otro lado del estrecho, el alcalde de Punta Arenas, Claudio Radonich, impulsa una conexión comercial marítima directa entre esa ciudad chilena y las islas. La Falkland Islands Development Corporation contrató a la naviera chilena Easter Island Naviera para establecer esa ruta.
La cuestión parece meramente comercial, pero tiene una enorme importancia geopolítica.
Las islas dependen principalmente de Montevideo para buena parte de su conexión marítima con Sudamérica. Punta Arenas se encuentra aproximadamente a la mitad de esa distancia. Eso significa menos navegación, menores costos y tiempos y una cadena regional de abastecimiento mucho más eficiente: alimentos, frutas y verduras, materiales de construcción, gas licuado, repuestos y otros insumos.
Una ruta marítima no es solamente una línea sobre el agua.
Crea proveedores, contratos, empleos, depósitos, intereses empresariales y relaciones económicas que después resultan mucho más difíciles de desarmar. Y aquí aparece una contradicción notable.

Horas antes de su cadena nacional, Milei estuvo reunido con el presidente chileno José Antonio Kast. Ambos reafirmaron el histórico respaldo de Chile a los legítimos derechos argentinos de soberanía sobre Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes. La Argentina valoró, además, los esfuerzos destinados a evitar la consolidación de actividades logísticas unilaterales vinculadas con la explotación de recursos en la zona disputada.
Sobre el papel, impecable.
Pero mientras los presidentes escribían una cosa en Santiago, a miles de kilómetros hacia el sur la realidad económica comenzaba a escribir otra.
La nueva ruta no es una decisión del gobierno de Kast, sino una iniciativa impulsada por actores locales y privados. La precisión es importante. Pero la contradicción permanece: mientras Chile sostiene diplomáticamente el reclamo argentino, desde su propio territorio se desarrolla una conexión que podría hacer más eficiente el abastecimiento de las islas.
Y la geopolítica suele construirse precisamente así: no solamente con discursos y banderas, sino con puertos, barcos, combustible, alimentos y repuestos.
Una caja de tomates que llega más barata desde Punta Arenas puede parecer insignificante frente a una plataforma petrolera.
No necesariamente lo es.
Alrededor del petróleo comienza a organizarse un sistema: infraestructura, trabajadores, proveedores, transporte, almacenamiento, seguridad y rutas marítimas. Sea Lion no es solamente un pozo. Puede ser el principio de una nueva estructura económica capaz de otorgar a las islas una autonomía que disminuya su dependencia directa del Reino Unido y fortalezca, paradójicamente, la ocupación británica. Entonces aparece Donald Trump.

Milei interpreta sus palabras recientes sobre Malvinas como un viento favorable. Pero la Argentina debería cuidarse mucho de confundir una tensión de Washington con Londres con una conversión estadounidense a nuestra causa.
En el ajedrez de las grandes potencias, los poderosos suelen mover piezas.
El problema es descubrir demasiado tarde que uno era una de ellas.
Ya tuvimos una tragedia nacida, entre otras cosas, de una lectura disparatada del tablero internacional. En 1982 la dictadura creyó que Estados Unidos permanecería al margen de una guerra contra Gran Bretaña.
Sabemos cómo terminó.
Una guerra absurda decidida por una dictadura criminal y combatida con enorme valentía por soldados argentinos cuya memoria merece exactamente lo contrario de cualquier utilización oportunista. Por eso Malvinas exige prudencia y coherencia.
Porque mientras Milei descubre la importancia estratégica del Atlántico Sur, la Antártida, la energía y los bienes naturales, su gobierno ofrece mediante el RIGI —y pretende profundizar esa orientación con el llamado Súper RIGI— condiciones extraordinarias para que grandes capitales internacionales exploten muchos de esos mismos recursos.
Es una curiosa concepción de soberanía: descubrir que tenemos un tesoro después de haber colocado el cartel de “se ofrece”.
La Argentina ocupa una posición geoestratégica extraordinaria. Tiene alimentos, agua, energía, hidrocarburos, minerales críticos, biodiversidad, una enorme plataforma marítima y una puerta privilegiada hacia la Antártida. Pero saber que algo vale no significa defenderlo.
La soberanía empieza precisamente después de ese descubrimiento: cuando un país decide qué hace con sus recursos, quién los explota, cuánto de esa riqueza queda en su territorio y qué capacidades científicas, industriales y tecnológicas construye alrededor de ellos.
Tampoco consiste en cambiar de dependencia. No alcanza con sustituir Londres por Washington ni con creer que entregar nuestros recursos a un amigo resulta sustancialmente distinto de entregárselos a un adversario.
Tal vez por eso cuesta creer en esta conversión repentina de Milei.
Hay en él algo de aquel sentido común que la última dictadura dejó sobreviviendo mucho después de los uniformes: la Argentina como país fallido, el Estado como necesariamente inútil, lo extranjero como superior y cualquier proyecto colectivo como una sospechosa forma de atraso.
Hay una última paradoja, acaso la más extraña de todas.
Milei canta, con su banda de rock, junto a los Benegas Lynch, Demoliendo hoteles.

Quienes crecimos durante la dictadura interpretamos, seguramente, aquellas primeras estrofas de otra manera. “Yo que nací con Videla, yo que nací sin poder…” no era una decoración generacional. Hablaba de nosotros. De una juventud que había crecido bajo una dictadura y comenzaba a encontrar en el rock, en los recitales, en las calles recuperadas y en aquellas canciones pequeños territorios de libertad.
Por eso resulta difícil comprender qué escucha Milei cuando la canta.
Tal vez las canciones tengan esa maravillosa capacidad de sobrevivir a quienes intentan apropiárselas. Viajan, cambian de manos, encuentran nuevas generaciones, pero conservan en algún lugar las marcas del tiempo en que fueron escritas.
Con aquella sábana ocurrió algo parecido.
Un trapo de hotel, unas letras torcidas, unos jugadores de fútbol y una frase que millones de argentinos reconocieron inmediatamente como propia consiguieron despertar una memoria que ningún asesor necesitó fabricar.
Quizás por eso aquella sábana y aquella canción terminan encontrándose.
Milei puede cantar Demoliendo hoteles. Puede incluso levantar ahora la bandera de Malvinas. Pero ni la canción ni la bandera comenzaron con él. Porque las canciones también tienen memoria.
Y algunas, por más fuerte que uno las cante, siguen recordando de qué lado estaba la libertad.






