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El atentado a la representación

Por Contraeditorial
31 agosto, 2026

Por Inés Fornassero

Me sorprende cada vez que pasa pero, a cuatro años de esa noche, todavía surge en reuniones y charlas políticas la pregunta, en general más chicana que duda, aunque algunas veces como genuina preocupación. “Dijeron qué quilombo se va a armar y no hicieron nada”… casi siempre alguien mira al piso con culpa, varios asienten entusiastas con la cabeza, pero otros nos enojamos, y sentimos subir el calor.

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Lo que me desespera es la liviandad en la lectura, la subestimación, la falta de respeto a cosas que son muy serias. Lo que pasó esa noche, lo que las y los militantes kirchneristas hicimos con eso, a mí nunca me avergonzó, al contrario, me llenó siempre de orgullo, y creo que dice mucho de quién es Cristina y de qué es lo que construyó.

Empiezo por casa. Debo ser de las personas más pacifistas que conozco, no veo mística, épica ni proyecto alguno en la violencia, pero ese jueves 1 de septiembre del 2022 a la noche, mientras seguía las imágenes por la tele y caía en la cuenta con dolor de panza de que no había sido un chiste o un arma de juguete como mi cerebro me invitó a creer al principio, me asaltó la pregunta de cuál era el mejor objeto en mi casa para salir a hacer destrozos. Conclusión: un palo de amasar. Me sentí poco preparada para la hora. El mensaje de mi organización, de todas maneras, llegó rápido y era claro: no se sale hoy, se moviliza mañana. El palo de amasar nunca salió de su cajón.

Me sentí y sigo estando poco preparada para la ocasión por un motivo muy claro, es un tipo de asunto con el que mi generación de militantes, jóvenes de treinta años, jamás pensó tener que lidiar. Sabíamos de la persecución, del hostigamiento, de las operaciones. Pero que la vida volviera a estar en juego por participar en política fue nuevo. Se abrió un duelo que yo al menos aún no cierro. Cambió el escenario político argentino esa noche, aunque hagamos todos los días como que no.

La chicana que me enoja parte del supuesto de que lo que faltó fueron pelotas, osadía. Al contrario, creo que requiere mucho más coraje la respuesta que elegimos, que es la apuesta larga. Se podía salir ese día a hacer desastres, no era tan difícil, el combustible estaba, ganas no faltaban, manos tampoco. Pero, ¿después qué? ¿Regalarle a los dueños del poder el argumento perfecto para volver a instaurar el terror de forma masiva?

Esa noche muchísimas personas que estábamos profundamente enojadas y dolidas optamos por otro camino, Cristina optó por otro camino, el que elige siempre, aunque sea más largo y difícil. El de las Madres, de las Abuelas, el de las instituciones y la Justicia. Esa noche constatamos que la democracia ya no podía darse por sentada, y al mismo tiempo, elegimos apostar a recuperarla. Aún nos falta mucho, pero si hay una posibilidad de que suceda es en gran medida por esa decisión que algunos llaman tibia con burla y creo que no fue suficientemente valorada.

Me permito, para jugar, una más. Puede que nuestra canción “Si la tocan a Cristina..” no fuera solo una amenaza fallida. Tal vez la podemos repensar como diagnóstico… perdón, pero si esto no es un quilombo, ¿qué es? Si se toca la representación política genuina, si el terror vuelve a ser una variable central del juego del poder y no tiene costo violentar hasta la vida misma, entonces la política deja de ser camino de transformación y no queda más que caos, negocios, miserias y mediocridad. El disciplinamiento fue para todos y lo estamos padeciendo.

Pero también hay que atender a muchas otras formas de desmovilizarnos, de despolitizarnos, que me preocupan porque operan con muchísima fuerza hoy entre simpatizantes del campo popular, además de en la sociedad en general.

Una es la idea de que existe una dirigencia disociada de la realidad, totalmente apática e inerte que sería responsable de todos los males de nuestro tiempo. La gente es buena y heroica y los dirigentes son malos, o en el mejor de los casos vagos, si hicieran las cosas bien todo este lío estaría resuelto. Bueno no, no creo que sea cierto. Cuando una idea nos queda tan cómoda conviene desconfiarle. Pienso, y me temo, que sí, resolver esto va a necesitar la mejor versión de nuestra dirigencia, pero que falta mencionar a otra parte de la ecuación.

Para ejemplificar, una linda metáfora de esta fórmula la vi en la escena de la bandera de Malvinas y nuestros jugadores. En medios, redes y relatos informales lo que más destacamos es qué valientes fueron, cómo se animaron a rebelarse, y qué necesario sería ver esa actitud en otras figuras públicas. Pero me resulta más interesante ver también que hubo un hincha que se tomó el tiempo de hacer esa bandera, que corrió el riesgo de llevarla con la fe de que valiera la pena, y vaya si lo valió. Seguro en el medio alguien le dijo, ¿lo pensaste bien? ¿para qué? Mantuvo la apuesta.

Vamos a necesitar mucho de eso. Que los que estén en el centro de la escena hagan su parte, con coraje, habilidad y gracia, tanto como que haya una hinchada alentando, diciendo que vale la pena el riesgo, que hay espalda, pidiendo más. Todas las etapas históricas de triunfos y avances populares tuvieron los dos elementos, a veces uno es más protagonista que el otro, pero siempre tiene que estar esa alquimia. Son la misma cosa.

Lo vimos en el debate de la Ley de Tierras. Estuvo el pueblo en la calle, marcando el pulso, y en mi opinión, una dirigencia que estuvo a la altura (hablo solo del peronismo, desde ya). Pero, además, en esa jornada surgieron otros debates interesantes.

En particular, con la posibilidad de que Anabel Fernández Sagasti votara o no se puso en juego mucho de esto. Después de una tarde en la que con tristeza vi sorprendida a varias feministas y muchos compañeros criticar a una senadora por embarazarse en un mal momento (!?)  se instaló un pequeño escandalete cuando al inicio de la sesión el peronismo finalmente no avaló el voto a distancia. Que nos toman de boludos, que no puede ser, que está todo perdido. La jornada terminó salvando no sólo la Ley de Tierras, sino también la de Fuego, lejos de lo que muchos esperábamos.

Nos hicieron creer que la confianza en política es mala palabra, que quien confía en un dirigente es un boludo, o tiene la cabeza lavada. Creo que en estos tiempos elegir confiar en un referente puede ser tan estúpido como no hacerlo cuando ha dado pruebas de su convicción. No es cierto que todo puede ser 100% transparente, rindiendo cuenta de forma inmediata de cada micro paso que se da. La política requiere tiempos, diálogos, tratos, cosas que se dicen de un modo pero significan otro, actings, roscas, ceremonias y rituales. Es un arte de personas como otros. Pero nos han convencido de que quien nos pide confianza siempre busca estafarnos y que ser inteligentes es sospechar a cada rato. A los únicos que beneficia esa idea es a los que quieren que la política sea cosa de pocos. Les está saliendo bárbaro.

La política no es un servicio de streaming. Nunca va a darnos lo que queremos, cuándo y cómo lo queremos. Yo no espero eso de mis referencias. Básicamente porque tampoco tengo tan claro qué quiero, cómo y cuándo. Nadie lo sabe, hagámonos cargo. Lo que espero de mis conducciones es que me inviten a un camino que me tiente, que lo hagan con convicción y entrega, que no especulen. A veces se van a equivocar, pasa en general cuando las personas hacemos cosas. El único error que no puede perdonarse es traicionar el interés de las mayorías.

Creo que es hora de dar un debate más serio de dónde estamos y cómo vamos a encarar lo que viene, porque no se va a resolver sólo con un candidato exitoso ni comentarios perspicaces en las redes. No será magia, necesitamos política.

Cuando las cosas van muy mal, como suelen ir últimamente, me recuerdo e intento recordar a los demás que estamos en la línea temporal feliz, esa en la que la bala no salió. En la que aún con miedos o reparos a algunos nos queda margen para participar en política y apostar a que valga la pena. Ojalá seamos cada vez más. Hubo un milagro de nuestro lado, aprovechémoslo.

*Comunera de Fuerza Patria en la Comuna 3.

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Tags: #CristinaLibreCristina Fernández de Kirchnermilitancia
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