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El presidente en su laberinto

Por José M. Casco
9 marzo, 2021
El presidente en su laberinto

El episodio de las vacunas mostró un sinfín de intereses cruzados. Un entramado que se une y explota en el mismo momento en que se produce el escándalo (porque el escándalo es una producción). Allí, todo tipo de intereses, no revelados por supuesto, aparecen para jugar su juego.

El presidente Alberto Fernández siempre mostró que él venía a conciliar, a reparar el desastre que había dejado el macrismo, pero a la vez, a unir a todos los argentinos. Por eso, sus citas a Ricardo Alfonsín fueron recurrentes en una primera etapa, después de todo el último caudillo radical había llegado para superar los años setenta, donde la sociedad se había dividido a sangre y fuego. Eso le implicó diferenciarse punto por punto de la anterior gestión peronista en el modo de conducir su gobierno. De ahí lo conciliador, de ahí decir que “es con todos”; de ahí también, postularse como el gran dialoguista. A la vez, debía desmentir desde un primer momento que él fuese el instrumento de la figura más fuerte de la política argentina, su vicepresidenta. Esa tensión la resolvería diciéndole a la prensa “yo soy el presidente, soy yo quien toma las decisiones”. En el mismo gesto, también buscó asegurarle a la oposición que no existía el peligro de una persecución –como la que efectivamente ocurrió durante los cuatro años de Cambiemos–, y garantizarle al conjunto de la sociedad que no llegaba para ensanchar “la grieta”. Pero, sin querer, ese decisionismo de la palabra desdibujaba ya la idea de coalición con la que había llegado al poder, para concentrar, de nuevo, en su figura presidencial la idea de autoridad.

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Como sea, todo su estilo de conducción apuntaba a demostrar que él no se parecía al estilo kirchnerista. Por eso su talante conciliador pronto le valió críticas de adentro, y rápidamente la idea de que era un presidente “tibio” con los poderes fácticos comenzó a avanzar cual río desbordado en una ciudad baja, por distintos sectores de su coalición.

Eso quizás explique por qué, mientras cobraba cada vez mayor estado público la noticia de que un periodista amigo del ahora exministro de Salud se había vacunado sin turno, Fernández tomó la drástica decisión de pedirle la renuncia sin más. Mataba así dos pájaros de un tiro. Si por un lado despejaba las dudas acerca de que era un presidente “tibio”, por el otro, mostraba de modo ejemplar que “esto no era el kirchnerismo ni el macrismo”, que cualquier insinuación de hechos de corrupción debía ser, sin demoras, despejada. Más aún: a partir de ese momento le mostraría a la ciudadanía que haría todo lo necesario para demostrar que su gobierno es y será transparente.

Pero con eso abrió una caja de Pandora que lo metería de nuevo en su laberinto, el que había creado con todos esos gestos y palabras que buscaban demostrar que su gobierno no tenía nada que ver con los anteriores. Porque cuando se conoció el pedido de renuncia a Ginés González García, esa trama de intereses de la que hablamos al principio estalló como en un Big Bang y todos abrieron su juego.

El gobierno se afana en demostrar que es transparente y la oposición, en desgastar a todo lo que suene, o sea, peronismo.

La oposición realmente existente (no sólo Juntos por el Cambio en tanto partido político) tomó nota y, por supuesto, como los chacales que se comen a una vaca muerta tirada en el campo, agarró los pedazos que mejor le servían para sus intereses y armó con ellos una estrategia, un plan de acción y un relato. Lo mismo hicieron, pero sin ser tan descarnados, una parte de sus adherentes, aquellos que están atentos a cuidar la moral de la sociedad, y que por eso aplaudieron lo drástico y rápido de la medida.

Así, una y otra vez, desde el viernes en que ocurrió el hecho, el gobierno se afana en demostrar que es ejemplar y transparente, pero una y otra vez la oposición no hace otra cosa que sacar tajada del episodio y jugar el juego que mejor juega, el de tratar de desgastar a todo lo que suene a o sea peronismo. Frente a ese juego, el presidente denuncia en público esas conductas, las condena verbalmente; muestra con ejemplos, con datos, el modo en que se llevan adelante calumnias, injurias e infamias, pero nada puede hacer (por lo menos hasta hoy) para que las ametralladoras mediáticas dejen de dispararle.

Sin embargo, quizás el drama mayor esté en que no puede hacer otra cosa que lo que hace, sino se caería como un castillo de naipes esa construcción precisa y trabajosa que forjó en este casi año y medio de gobierno, la de no parecerse en nada al estilo de gobierno anteriores. Por eso el presidente sigue metido en su laberinto.

* Sociólogo, docente e investigador (UBA/UNSAM), becario post doctoral Conicet.

Importancia de la política

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Tags: Alberto FernándezJosé M. CascoJuntos por el Cambiovacunación
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