La dignidad de resistir y la debilidad de quienes deberían acompañarla.
Muchos compañeros y compañeras sueñan con un nuevo 17 de octubre: imaginan al pueblo en la calle reclamando la libertad de Cristina, como en 1945 con Perón. Comprendo la fuerza de esa imagen. Pero la historia no obedece a nuestras nostalgias y los símbolos no reemplazan las condiciones políticas que les dieron vida.
Acaso la comparación más fecunda sea con 1955. Perón debió reconstruir su liderazgo desde el exilio; hoy Cristina resiste en su país, privada de libertad. No son situaciones idénticas, pero ambas plantean una pregunta: ¿qué hace un movimiento cuando su principal referencia queda apartada de la competencia política?
La resistencia posterior al golpe no fue una epopeya uniforme. Hubo desconcierto, silencios, dirigentes que imaginaron un peronismo sin Perón y otros que se acomodaron al nuevo poder. Hubo también huelgas, organización clandestina, trabajadores que defendieron su identidad y militantes capaces de arriesgarlo todo. Valle, Tanco, Carlos Lizaso, John William Cooke; las voces castigadas de Hugo del Carril y Nelly Omar y el poeta depuesto Leopoldo Marechal. Distintas expresiones de una fidelidad sostenida incluso bajo persecución.
Perón pactó con Frondizi, reconstruyó vínculos sindicales, enfrentó disputas internas y alentó nuevas generaciones. Crecieron la Juventud Peronista y organizaciones de diferentes orientaciones. Hubo fracturas, errores y derrotas. Pasaron dieciocho años antes de recuperar el gobierno.
Conviene recordarlo: la resistencia no nació completa ni sostuvo siempre la misma intensidad. Se fue construyendo y nos dejó una enseñanza: la lealtad no consiste en repetir un nombre, sino en organizar una fuerza social y ofrecerle un destino.

Cristina, mientras tanto, está ahí. Después de años de acusaciones, de operaciones que denuncia, de causas judiciales controvertidas y de un intento de asesinato, no eligió el exilio. Cumple en su casa una sentencia que considera injusta y sostiene su inocencia. No reclama indulgencia por algo que afirma no haber cometido: cuestiona el proceso y exige justicia.
Veo en esa conducta una valentía excepcional. No desconoce la existencia de la sentencia; soporta sus consecuencias sin renunciar a sus convicciones.
¿Quiénes están a la altura?
Duele observar tanto cálculo, tanta prudencia interesada, tanto dirigente apresurado por discutir la herencia electoral de Cristina sin hacerse cargo de su presente. Intendentes que crecieron durante aquellos gobiernos describen el porvenir como un simple recambio de figuras. Algunos se alinean con Axel Kicillof; otros antes apostaron por la continuidad de Alberto Fernández, antes de proclamar que CFK los había dejado de conducir, y cuando aún se sacaban fotos con ella. No cuestiono el derecho a construir nuevas conducciones. Cuestiono que se sustituya un proyecto nacional por una disputa de nombres.
¿Qué habrían hecho muchos de ellos en 1955? ¿Habrían sostenido a Perón o imaginado una salida sin él? No podemos saberlo. Pero la pregunta expone la distancia entre la épica que celebramos y las conductas que practicamos.

Hay una cuestión que no admite eufemismos. La condena de Cristina incluye la inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos. Yo interpreto esa exclusión como una proscripción política. Precisamente por su gravedad, el asunto merece una discusión pública sobre las pruebas, las garantías del proceso, la independencia judicial y el derecho de la ciudadanía a elegir.
Me irrita que algunos compañeros se limiten a explicarnos, con tono doctoral, que la condena está firme. Lo sabemos. Una sentencia firme produce efectos jurídicos; no vuelve infalibles a quienes la dictaron ni ilegítimo cuestionar sus decisiones.
Antes que recitarnos la solemnidad de un fallo, necesitamos argumentos para examinar una justicia atravesada, a nuestro entender, por desigualdades, vínculos de poder y criterios que no siempre se aplican del mismo modo. No se trata de negar las instituciones; se trata de exigirles legitimidad, independencia y rendición de cuentas.
Las demoras de causas vinculadas al poder económico, como el conflicto del Correo Argentino, vuelven inevitable esa discusión. No reclamo condenas por comparación. Reclamo igualdad ante la ley y una Justicia que no nos exija fe, sino razones.
El peronismo, con su 17 de octubre, su resistencia, sus mártires, sus desaparecidos y la experiencia de Néstor y Cristina, no puede permitir que semejante historia de rebeldía quede reducida al silencio frente a una hoja con membrete judicial.
Acatar los efectos de una sentencia es una obligación; convertirla en la última palabra sobre la historia y la política es otra cosa. Las instituciones se defienden también sometiéndolas al examen ciudadano, discutiendo sus errores y reclamando que ninguna arbitrariedad quede sin respuesta.
Pero esta discusión no se agota en los tribunales. Detrás de los expedientes y las disputas por el liderazgo está también el sentido de una experiencia de gobierno. Cuando se pretende reducir aquellos años a causas judiciales o cálculos electorales, se corre el riesgo de borrar lo esencial: las transformaciones concretas, los derechos conquistados y las vidas que cambiaron.

No defiendo solamente una identidad política. Defiendo también una experiencia que conozco desde adentro.
Participé de los gobiernos de Néstor y Cristina y trabajé en la recuperación de la Cuenca Matanza-Riachuelo. Vi obras de saneamiento, viviendas, infraestructura y espacios recuperados que antes parecían imposibles. Sé cuánto falta y cuánto se hizo. No idealizo aquella experiencia, pero tampoco acepto que se la convierta en caricatura o mercancía electoral. Hablo de políticas públicas que vi hacerse realidad.
Hoy el gobierno de Milei encuentra resistencias políticas y sociales, pero sus dificultades no construyen por sí solas una alternativa. El peronismo no puede esperar que el desgaste ajeno haga el trabajo que le corresponde. Hace falta hablar de trabajo, salarios, producción, vivienda, salud, educación y soberanía. Sin ese horizonte, pedir un nuevo 17 de octubre es invocar una multitud sin reconstruir las razones que podrían reunirla.
Aquel octubre no fue sólo el rescate de un líder: fue la irrupción de trabajadores organizados que reconocían en su destino político la defensa de sus propias conquistas. Defender hoy a Cristina exige también definir qué país queremos.
La resistencia que nos falta no es la del coraje individual, que ella demuestra; es la de una dirigencia capaz de abandonar el cálculo y hacerse cargo de una causa común.

Mientras, ahí está ella saludándonos desde el balcón, haciéndonos esos gestos que quienes la visitamos sentimos que están dirigidos especialmente a cada uno y una. Hay algo profundamente humano en esa escena. Una mujer que atravesó el poder, la muerte de su compañero, un intento de asesinato y la prisión, y todavía encuentra fuerzas para sonreír.
No necesito declararla infalible para reconocer la dignidad de su actitud. Creo en su inocencia y estoy orgulloso de haber acompañado una etapa que, con errores y contradicciones, buscó ampliar derechos y mejorar la vida de nuestro pueblo.
Que lo sepan todos: naturalizar las exclusiones políticas sin discutir sus fundamentos nos acerca a una democracia débil, condicionada, cada vez menos representativa. No propongo abandonar las urnas. Propongo intransigencia democrática: defender el valor del voto, reclamar igualdad ante la ley y no aceptar que una sentencia cierre la discusión sobre la justicia y la representación.
Pero hay algo más elemental.
No está en los manuales del peronismo dejar solos a sus presos, encontrar excusas para no visitarlos ni entregarse ante la adversidad.
Nuestra historia no se escribió desde la comodidad de los que esperan. El peronismo nació cuando los trabajadores, a quienes se les había reservado un lugar subordinado, irrumpieron en la historia para cambiarla. Su marca fue desafiar los límites que otros pretendían imponerles.
No se trata de convertir la rebeldía en desprecio por la ley. Se trata de recordar que ninguna sentencia puede ordenar el silencio de un movimiento ni ningún cálculo electoral sustituir el coraje de sus dirigentes.
Si creemos que existe una injusticia, tenemos el deber de discutirla con todas las herramientas democráticas. Dejar sola a Cristina, dar por cerrado el debate y seguir como si nada hubiera pasado no es realismo político.
Es renunciar a nuestra propia historia.
El peronismo nació de un imposible y encontró en la voluntad de vencerlo su razón de ser. Su historia no se escribió esperando permiso. Tampoco puede escribirse ahora mirando para otro lado.
La historia juzgará nuestras lealtades, nuestras conductas y nuestros silencios.
Cristina está ahí, la pregunta es dónde estamos nosotros, de cara a un nuevo suelo y el futuro de la Patria.






