La actriz española Macarena Trigo expone la crudeza de crecer en instituciones y la potencia del arte como refugio y herramienta de transformación. Un unipersonal basado en su propia historia, donde invita a pensar otro modo de mirar y cuidar.
Una infancia truncada y el arte como herramienta de supervivencia. Por eso las curitas es el unipersonal biodramático de Macarena Trigo, actriz, directora y egresada del sistema de cuidados español, que recorre sus años de vida institucionalizada y cuenta cómo la literatura y el teatro se volvieron claves para reconstruir su identidad. “Abrir un libro de repente puede salvarte de todo lo que te rodea”, sostiene la autora.
La puesta combina testimonio, actuación y una proyección de fotos intervenidas artísticamente que llevan al público en un largo viaje que comienza en su infancia castellana y que trasciende lo testimonial: busca visibilizar qué pasa con estas niñas y niños llenos de heridas que necesitan cuidados amorosos para poder sanar. “Siento que si de joven hubiera escuchado un relato parecido al mío, me hubiera tranquilizado saber que se podía salir del caos”, reflexiona Macarena, que llegó a la Argentina en 2002 y se enamoró de la escena del teatro independiente.
El miércoles 27 de agosto, en el Mes de las Infancias, habrá una función especial de la obra a total beneficio de Doncel, organización que trabaja por los derechos de niños, niñas y adolescentes sin cuidados parentales y que fue clave en la sanción de la Ley de Egreso, pensada para las chicas y los chicos que están en el sistema de protección y llegan a la mayoría de edad. “Cumplir 18 años es más que simbólico: es una edad que quienes están institucionalizados ansían y temen a la vez”, recuerda Macarena desde su propia historia.
La obra lleva diez años en escena con la compañía Si la luna, que integra junto a Jimena López y Fernando Del Gener. Se estrenó en 2014, se repuso unos años después y desde 2022 circula de manera itinerante por la provincia de Buenos Aires y distintos rincones del país.
El miércoles 27 de agosto, en el Mes de las Infancias, habrá una función especial de la obra a beneficio de Doncel, en el teatro porteño UOCRA Cultura.
Al cierre de la función en beneficio, que se realizará en el Teatro UOCRA Cultura (Rawson 42, Ciudad Autónoma de Buenos Aires), habrá una charla-debate moderada por Mariana Incarnato, psicóloga y fundadora de Doncel, para reflexionar sobre la necesidad urgente de mejorar el sistema de protección en Argentina, donde 10.000 niñas, niños y adolescentes crecen bajo cuidado estatal: el 90% en instituciones y apenas el 10% en familias de acogimiento.
–Por eso las curitas es un drama basado en tu propia historia, en tu vida. ¿Cómo fue el proceso de transformar esos recuerdos de tu infancia en una obra teatral?
–La obra tiene un recorrido muy largo porque se estrenó en el 2014. Es una barbaridad decirlo. Es fruto del primer texto que logré escribir abordando determinadas imágenes de mi infancia. Siempre había querido hacerlo y nunca encontraba la forma. Y, de repente, ese texto sobrevivió en la computadora más de un año y me di cuenta de que ahí había algo. Empecé a compartirlo con amigos y dieron un empujón para que se convirtiera en una obra de teatro. En ese momento, Francisca Ure y Paloma Lipovetsky me ayudaron mucho a darle forma. Ahí apareció la apuesta con fotos que se proyectan y que tienen animaciones. Sentí que con las imágenes intervenidas ya dejaba de estar sola y había algo plástico ahí, estético. Logré salirme de la cosa testimonial. Tenía los temores que se tienen cuando se aborda un material autobiográfico y sentía que el imaginario de lo que yo cuento, tal vez en Buenos Aires, quedaba muy lejano: un internado, monjas, un pueblo de Castilla. Pero, al mismo tiempo, sentía que tenía que hacerla acá.


–El título es sugerente. ¿Qué representan para vos esas curitas?
–El título fue lo último que apareció. Es parte de un poema que finalmente no forma parte de la obra, pero sí de una postal que se entrega al público con la ficha técnica y dice algo así como: “La infancia es una cruz que se nos pasa, por eso las curitas, los años de terapia”. Y ahí quedó la frase, que funcionó como título porque es el público el que tiene que ponerle forma y sentido a esas curitas, entender cuáles son las heridas y qué es lo que se sana. La curita también tiene esa cosa frágil de herida que no se sabe en qué circunstancia está, porque se oculta… algo de todo eso creo que resuena mucho cuando el público ya ha visto la obra: se resignifica.
–Y en tu caso, esas heridas que tuviste que sanar, ¿cuáles fueron?
–Vengo de una familia desestructurada. Mi padre fue uno de tantos padres ausentes en la España de los 80. En la obra cuento que es uno de esos hombres que se fue a comprar tabaco y no volvió. Era un contexto de pobreza y de violencia el que se vivía en la familia, y a partir de los 8 años empecé a estar institucionalizada. Estuve casi dos años en un régimen de internado y, después, a partir de los 9 años y hasta los 18, crecí en una modalidad que en España se denomina hogares funcionales, bastante parecido a lo que acá se conoce como hogares convivenciales o familias de acogimiento, donde estábamos solo cinco niños y nos atendían las Hijas de la Caridad, una orden religiosa española que trabaja en diferentes lugares del mundo. Tuve la suerte de estar ahí y luego seguir manteniendo un vínculo hermoso con sor Clara, que era la monja que me cuidaba a mí, y con todas ellas, mujeres extraordinarias con las que sigo teniendo contacto. Fueron muy significativas.
“La curita también tiene esa cosa frágil de herida que no se sabe en qué circunstancia está, porque se oculta… algo de todo eso creo que resuena mucho cuando el público ya ha visto la obra: se resignifica”.
–¿Nunca estuvo la posibilidad de salir en adopción?
–En el 2020 comencé a escribir mi autobiografía novelada, Como puedo (En el margen Editora), que salió en 2022 en España y en 2023 en Argentina. Ese libro me permitió abordar ese lugar de la adopción, de la posibilidad que sí estuvo en un momento y quedó descartada. Me pregunté qué hubiera pasado. Gracias a estas dos herramientas –el libro y la obra–, siento que por primera vez en mi vida tengo algo que aportar a ese universo de voces que normalmente son silenciadas: los menores desprotegidos, las infancias en riesgo, las instituciones que cuidan. Por desgracia, solo salimos en los medios de comunicación cuando sucede algo negativo. Mi historia, humildemente, creo que aporta un poco de luz a todo ese entorno de violencia. Porque gracias a ese contexto de personas muy reconfortantes –profesores, amigos, las monjas–, pude estar cuidada, y gracias a la literatura y al teatro encontré herramientas para construir una identidad que era capaz de protegerse gracias a la ficción. Por eso, tanto en el libro como en la obra, defiendo mucho el poder de la ficción en nuestras narrativas: cómo abrir un libro de repente puede salvarte de todo lo que te rodea. Encontrar un entorno, algo que te apasione –no necesariamente artístico, pero sí algo que te sostenga– es crucial en estos entornos.

–¿Cómo te acercaste a esos libros?, ¿cómo llegaron a tus manos?
–Llegaron cuando empecé la escuela, porque en mi casa no abundaban. Me encantaba el colegio porque todo lo que era estar fuera de casa estaba bien, así que siempre disfruté mucho las clases. Recuerdo la primera vez que escuché a la profesora leer un cuento en verso: tenía seis años, nunca nadie me había leído en voz alta. Y, de repente, la magia de esas palabras que se repetían me partió la cabeza. Desde ahí hubo un encandilamiento con el poder de la palabra. Me costó aprender a leer, pero cuando aprendí, ya no lo solté. Fueron una herramienta en el colegio, en las bibliotecas públicas, en la biblioteca del colegio. El acceso a la cultura es algo que siento muy representativo para estos contextos.
–Y el amor por el teatro, ¿cómo surgió?
–El teatro apareció en el internado como actividad para distraernos, y en el colegio como actividad extraescolar. Tomé esos talleres y nunca los abandoné. Nadie me animaba a dedicarme al teatro. Como era buena estudiante y tenía beca, me obligué a estudiar una licenciatura, algo “con futuro”: historia del arte, teoría de la literatura, comunicación audiovisual. Me río ahora porque también eran carreras de letras.
–¿Qué similitudes encontrás entre el sistema de cuidados de España y la realidad argentina?
–Creo que, por desgracia, hay muchos elementos similares en la experiencia de los niños. Me atrevería a decir que en todos los países. Cuando un menor llega a la institucionalización es porque no hay otro familiar que pueda hacerse cargo, no hay una figura de referencia que lo salve de perderse en la vorágine del sistema. Algo que me llamó mucho la atención de Doncel, y por eso los contacté directamente, es que no sabía que existía en la Argentina la Ley de Egreso que acompaña a quienes cumplen 18 años estando institucionalizados. Gracias a esa ley, cuentan con un apoyo mensual. Me parece clave, porque cuando cumplís 18 y no tenés dónde volver, que alguien te sostenga durante un tiempo más es muy importante. Cumplir 18 años es más que simbólico: es una edad que quienes están institucionalizados ansían y temen a la vez. Yo lo recuerdo: solo quería cumplir 18 y no sabía qué iba a pasar después. En España, sin esa ley, conté con un marco de contención gracias a la beca de estudio y a que las monjas me siguieron la pista. No me quedé sola.
“Que alguien los saque un fin de semana, los lleve a un parque, les compre una golosina. Puede parecer banal, pero yo lo recuerdo como momentos de integración, de sentirme como una niña”.
–Desde tu experiencia, ¿qué impacto tiene la institucionalización prolongada en la vida de un niño?
–Por supuesto que impacta. Por suerte estuve solo un año y medio en un internado donde éramos unos 60 chicos de distintas edades. Yo tenía 8 años. Después, pasé a un hogar con solo cinco niños y una adulta que, de alguna manera, ejercía de madre para todos. Asumía absolutamente todas las tareas que implica mantener un hogar. Eso me dio mucho eje, me sostuvo. Para mí fue un cambio abismal. Más allá de que ningún niño quiere estar en esas circunstancias, todos tenemos una capacidad de sobreadaptación violenta. Creo que eso es lo más difícil: te sobreadaptás para encajar o luchás violentamente por no hacerlo. Y esa tensión hace que la convivencia a veces sea muy difícil, sobre todo en instituciones con muchos niños que no pueden dar una atención personalizada.
–¿Qué reflexiones surgen en el público después de la función?
–Algo que me moviliza mucho es la idea de que la infancia se idealiza demasiado. La obra muestra que mucha gente, sin haber llegado a una situación tan extrema, tiene mucho que decirse sobre su propia infancia, sobre lo que pasó en su casa, sobre cómo crecieron. La infancia sigue siendo un terreno oscuro para muchos. Escuchar el testimonio de alguien puede ser esperanzador. Siento que si de joven hubiera escuchado un relato parecido al mío, me hubiera tranquilizado saber que se podía salir del caos. También hace pensar en posibilidades como el acogimiento, la adopción de niños que no son bebés, un universo que se visibiliza muy poco. De repente, alguien puede pensar: “Yo tengo posibilidad de ser referente de un menor sin tener que adoptarlo”. Articular otro tipo de redes de contención supone muchísimo. Que alguien los saque un fin de semana, los lleve a un parque, les compre una golosina. Puede parecer banal, pero yo lo recuerdo como momentos de integración, de sentirme como una niña.
–¿Tenés proyectos futuros vinculados a seguir contando historias de infancias vulneradas o a trabajar con chicas y chicos desde el arte?
–Me interesa mucho que la obra llegue a adolescentes que están institucionalizados, generar esas conexiones, mostrarla a quienes más lo necesitan. También, a los profesionales que trabajan con ellos, que están en esa primera línea de combate tan dura y pocas veces reconocida. Ese es un camino que me interesa mucho: seguir visibilizando esta obra.
¿Cómo comprar las entradas? Podés ver Por eso las curitas a beneficio de Doncel el miércoles 27 de agosto, a las 19 h, en el Teatro UOCRA Cultura: Rawson 42, CABA. Entradas: $15.000 (+ servicio de venta).






