La escena se me figura así. Una mesa iluminada en el centro, como esas mesas de timba en donde la luz sólo permite ver lo que se va a poner en juego, los gestos de las manos y parte del rostro de quien quiere hacer sentir el peso de lo que pone a timbear. Las voces, las contraofertas. Vos, tu piel dorada como tu pelo, un pucho en la boca largando humo, que se suma a la ya atmósfera densa. Entiendo que es de día. No por las señales del espacio, sino porque en la mesa están sentadas las entidades financieras: uno o dos representantes de bancos, rancios, de esos que prestan a quien no tiene condiciones porque trasladarán esa “falta” a los intereses usureros; un prestamista privado con asiento en Uruguay; un banco a punto de ejecutar. Sí, ejecutar. La deuda. Cuántas veces durante esa década oí esa palabra: ejecutar, impactar la deuda sobre la propiedad. La mesa, la luz tenue que ilumina el centro y los bordes difusos por el humo. Vos con el pucho en la boca, los buitres; siempre atractiva, algo de embaucadora necesaria, con una seguridad que un poco podría ser impostada (yo que te conozco, sé de ese miedo con el que acudiste como también sé que el menor movimiento de duda, tal como en una mesa de póker, podría transformar una jugada magistral en una gran bancarrota). Y la apuesta. Sentados frente a frente, el banco ejecutador de la propiedad, los acreedores. Entre ellos, vos, la que debe convencer del “excelente negocio” que es que unos no ejecuten por una deuda que no has podido pagar, y que otros la paguen a cambio de vos asumir de nuevo más deuda. Vos sabes que serás la carne a por roer en el futuro, en ese inicio con banquete convocante, por eso la atracción tiene que estar siempre latente. Aunque esa seguridad de estar allí entre experimentados jugadores, ganadores históricos de la timba financiera, algunos rancios, tiene algo dislocado, desencajado. Tenés que ser un poco como ellos, jugar fuerte, hacer un pasamanos rápido y luego fingir como que nada ha pasado.
Comienza el juego. Ellos te esperan. Tenés el tiempo en tus manos. No porque tengas el poder del juego sino porque sin vos no habría carnada. Ellos deben esperar que te presentes y que comiences. Vos, como esa mujer que reparte las cartas en los casinos, comenzás. Una vez finalizada la tarea, apoyas el mazo al frente tuyo, apoyas las manos delante, levantas la mirada y esperas escuchar la primera oferta. Como si allí nada tuviera que ver contigo, ni una gota de sudor: miradas, escucha y precisión. El acreedor enuncia el dinero que pretende se cancele para no ejecutar. Lo enuncia a la mesa. En el silencio y casi la inmovilidad presentes, sólo se percibe el ruido de este movimiento: respiras el sonido de los números y los deglutís con saliva para no atragantarte. En el espacio sólo se mueven tu cabeza, la garganta y el pecho que acompaña la respiración, y el humo que sale redondo hacia arriba del pucho ladeado en tu boca. Deberías contestar vos pero no tenes nada que responder. Entonces, esperas. Aparecen los contraofertantes, ellos serán tus representantes ante los ejecutadores. Ellos dan fe del valor de tu carne, se la quieren quedar. No tienen problema en pagar. La oferta entonces deberá ser atractiva como para que sea aceptada. Es raro porque en realidad quien dice el monto, escucha del otro lado el mismo número, allí nadie erra. Las condiciones para ambos no tienen margen de error. Una cantidad de deuda de un banco acreedor se contraoferta con la misma cantidad de deuda que pagan dos bancos (uno provincial y otro privado) y un prestamista buitre con sede en Montevideo, a contrapartida de una hipoteca del 80% del total con un plan de pagos hacia los 3 de magnitud bestial. Vos, impecable, con la frialdad de quien reparte las cartas y mira el juego, no podés dudar porque las apuestas podrían retirarse. Así la carne dispuesta para el gran festín de los buitres. Yo te veo, allí, la única mujer de la mesa, entera. Y quebrada. Fingiendo como que esa es una de las tantas posibles oportunidades, cuando en realidad es la única. Y por eso las usureras condiciones, que no pueden ni ser objetadas.
El movimiento dice así: una deuda hipotecaria y sus intereses, se saldan. La propiedad se libera de la ejecución. Vuelve a vos. Se coloca sobre la mesa de nuevo. 3 ofertantes hipotecan el 80 por ciento de propiedad, la otra hipoteca. Un pasamanos de firmas certificadas por nobles escribanos. Ni una moneda sobre la mesa. No te llevarías nada, ni para comprar la comida del día o para pagar la nafta del Renault 12. Te juro que cuando lo leí me dio frío en la piel. ¿Cómo habías logrado convencer de tu solvencia? ¿Cómo habías logrado firmar sin titubear eso que te ejecutaba? Porque aparte precisabas sostener la seducción y la impostura del “aquí no está pasando nada”. Va, es el tono de ellos el que obliga a la impostura.
Unos días antes de morirte pasó algo extraño. En el palier del Sanatorio dos hombres aparecieron. Los recuerdo ahora porque tenían ese tono. No había afectación de nada, cosa rara en un Sanatorio. Algo de eso me provocó mirarlos. Estaban hurgando, preguntando en voz baja, y con un estar rápido. Vos estabas en la habitación de al lado, a poco tiempo de morir. Todos lo sabíamos. Incluso vos, aunque quien pelea hasta último momento debe saber del tiempo de otro modo. Recuerdo que casi no los escuché, sólo los observé. Me pasa esto. Ante los momentos de muchísima adversidad se me despierta algo, una intuición profunda. Puedo leer todas las señales e ir derivando con ellas hacia donde es preciso ir. Creo que por eso no hizo falta nada más. Fue sólo observarlos y supe quiénes eran y qué buscaban. Carroñeros. Mal informados. Quienes les avisaron que te estabas por morir nunca se percataron que la propiedad ya no estaba más a tu nombre.
Ese es el tono de ellos viéndote firmar tu sentencia, el tono de la frialdad de la ejecución, la desimplicancia, la no afectación del dinero. Y vos. Sola. Segura. Viva.
*La autora fue directora del Festival de Cine Migrante.






