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Un lobo con piel de cordero

Por Roberto Caballero
25 diciembre, 2023
Un lobo con piel de cordero

Por iniciativa del gobierno, esta semana comenzó en la Comisión de Trabajo de Diputados la discusión de los proyectos para reducir la carga horaria laboral. Es una idea que cuenta, desde ya, con entusiastas defensores entre las organizaciones gremiales y el rechazo, obvio, de las cámaras patronales.

El debate, que tiene escala global, todavía no está saldado. Ahora mismo en Grecia, aunque se mantuvieron las 8 horas diarias que recomienda la OIT (Organización Internacional del Trabajo) se modificó la legislación para que aquellos que quieran trabajar hasta 5 horas más, es decir, jornadas de 13 horas diarias en dos empleos distintos puedan hacerlo, si así lo necesitan.

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En simultáneo, en decenas de países comienza a implementarse una semana laboral de 4 días de 8 horas y 3 de descanso. En algunos casos como regla general y en otros focalizados en diversas ramas de la actividad que no acusen verse resentidas por el cambio.

Hay sociedades que canjean trabajar dos horas diarias de más para tener 3 días de descanso y otras en las que los 4 días son de jornadas de 8 horas, varía según la correlación de fuerzas existentes entre capital y trabajo.

En nuestro país, salvo por el sindicalismo que responde a los partidos de izquierda y algunos gremios corridos de la lógica colaborativa de la burocracia sindical, el tema de la reducción de la jornada laboral no ha sido un reclamo del conjunto del movimiento obrero peronista en los últimos años.

Un dato curioso, porque fue precisamente Juan Perón, y tres años antes de que lo estableciera la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el que decretó un periodo de vacaciones pagas, es decir, el ocio como un derecho de las personas que trabajan. También el peronismo impulsó el turismo social, financiado con el aguinaldo (el suelo 13) que no existía hasta entonces.

En el imaginario justicialista el tiempo libre del esfuerzo exigido por el trabajo es un tiempo que debe estar dedicado al descanso, a la familia (célula básica de la comunidad organizada) y al arte o al deporte, actividades que apuntalan la salud y la dignidad de las personas. Conceptos que quedaron plasmados en el plexo de la Constitución del ’49, la que fue derogada por una dictadura que comprimió sus derechos sociales en un artículo nunca reglamentado, el 14 Bis. Siempre es bueno hacer memoria.

Memoria que no pierden los sectores del capital, que en la Comisión de Trabajo expusieron una impenetrable conciencia de clase para oponerse a la reducción de la jornada laboral. Llevó en este caso la voz cantante Julio Cordero, dirigente de la Unión Industrial Argentina (foto), quien luego de plantear el rechazo de la entidad se preguntó frente al auditorio, y sin sonrojarse: “¿Para qué quieren trabajar menos?”.

“Yo limito la jornada para que trabajen menos. ¿Para qué? ¿O sea, está mal trabajar, estamos en contra del trabajo? ¿Para qué, para ir afuera a hacer qué?”, añadió, vehemente como quien se juega el destino de su plata en la disputa. Salió a responderle Kelly Olmos, la ministra de Trabajo, quien acusó a Cordero de intentar “justificar la esclavitud”. Estuvo diplomática.

De todos modos, más allá de las declaraciones del lobo con piel de Cordero, es innegable el empoderamiento del bando empresario en debates como este. Son pocas las paritarias donde se disputan condiciones de trabajo, la mayoría de las veces todo queda reducido a un incremento salarial para achicar la brecha con la inflación y ya.

Casi el 40 por ciento de la fuerza laboral en la Argentina, que no está registrada ni alcanzada por los beneficios de las convenciones colectivas de trabajo, dedica a conseguirse su propio sustento más de las 8 horas diarias que la ley obliga.

Los niveles infames de auto-explotación, el pluriempleo, la resignación habitual de derechos, es una realidad efectiva que debemos al neoliberalismo, que produjo una fractura entre los trabajadores formales e informales que la dirigencia sindical no pudo, no quiso o no supo revertir en estos años.

A diferencia del carácter monolítico del sector empresario en la defensa de su participación de la renta, la conciencia del movimiento sindical parece agrietada, cuando no sumida en una aceptación de las condiciones generales de pérdida, cuya evidencia más palpable es la caída del salario real, pero todavía más visible en la desfachatez del representante patronal que se pregunta, retóricamente, para qué quieren los trabajadores su tiempo libre.

“¡Para vivir!”, podrían responderle en las calles millones de trabajadores. Pero no están, porque salvo el puñado que vive en la ciudad de leyes que el Estado tutela, la mitad de ellos vive en la selva que el mercado le propone cada día, donde no hay tiempo ni para protestar y la voz cantante la lleva el lobo con piel de Cordero.

Desorganizando a la comunidad se debilitan las naciones y se fortalecen las corporaciones. Es lo que pasa cuando gobiernan los que no tienen un proyecto de país sino un plan de negocios, donde el ocio deja de ser un derecho y pasa a ser motivo de sospecha.

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Tags: jornada laboralJuan Domingo PerónMinisterio de TrabajoOITsindicalismotrabajadores
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