Sin Anestesia era un programa radial de la década del 80 que conducía Eduardo Aliverti en Radio Belgrano. Emisora a la que la reacción de la derecha rebautizó como Radio Belgrado. Hay que explicar este párrafo porque el público se renueva: Belgrado, en aquellas épocas previas a la caída del Muro de Berlín, era la capital de Yugoslavia. Hoy, después de disuelta la nación creada por ese Perón socialista, que fue el Mariscal Tito, es la capital y la ciudad más poblada de Serbia. De esa manera, nuestra derecha insinuaba con sarcasmo, su percepción sobre la emisora.
Pero me fui lejos, solo quería traer ese recuerdo de esa idea: sin anestesia, que tenía como significado ir a fondo, hasta el hueso. Era una consigna de indagación, de verdades en la Argentina post dictatorial, donde había mucha oscuridad y poca información de lo ocurrido, una declaración de principios y búsquedas.
En lo relativo a la vida más mundana, se agradece la existencia de la anestesia, esa que nos alivia el dolor que puede tener una intervención quirúrgica, por ejemplo. Ya no quedamos expuestos a la velocidad de las manos, hábiles y veloces de un cirujano, con sus afilados bisturís y serruchos. La medicina ha avanzado mucho y tanto, que ya casi se les ha perdido el miedo a los dentistas.
Por eso buscamos ese placer casi límbico para transformar un momento de dolor en un sueño, que muchas veces, sobre todo en intervenciones menores, nos deja con cierto estado de satisfacción.
En todos estos años, las sedaciones avanzaron y se transformaron en delicadas, menos brutales, con menos daños colaterales, pero también su consumo fue creciendo en forma exponencial.
Cierto tipo de afecciones en la vida cotidiana nos llevan a buscar una salida a través de medicación farmacológica. Para estabilizar angustias, depresiones, miedos y sobre todo uno de los males de la época: la ansiedad, con sus variados trastornos.
La farmacología y su propagación es un dato de época, además de los consumos problemáticos, también presentes en épocas de crisis. Todas las crisis nos muestran la manera en que las sociedades afrontaron la forma de paliarlas, ya fueran las buenas o las que nos hundieron.
Las distintas apariciones del neoliberalismo son muy inspiradoras de estos consumos. No solo por el hecho que lleva a los laboratorios a aumentar sus capitales, sino porque pareciera que vienen de la mano de las desigualdades sociales, los tormentos y los dolores a los que se somete a la población.
Algo debe cubrir las ausencias del lazo social roto; algo debe hacer que estemos mejor. Si no lo encontramos en quienes están a nuestro lado y junto a quienes nos realizamos. Pero como siempre pasa indefectiblemente, hay “anestesias” de acuerdo a la inserción social de las personas. Hay distintas calidades de acuerdo al bolsillo y oportunidad de cuidado.

Me viene el recuerdo de haber participado en un operativo de prevención desde ACUMAR, apenas iniciada la pandemia, con la gente ya en sus casas, en la cuarentena. Ocurría esto en un municipio del que no viene al caso nombrar; supongo que esto debe haber pasado en muchísimos otros lugares.
El secretario de salud de ese municipio, un psiquiatra de mucha experiencia, me comentaba su preocupación por la cantidad de gente que no podría ir a los hospitales públicos a retirar sus medicinas.
Todavía no nos hemos dado cuenta de hasta dónde llegó la onda expansiva que generó el Covid. Un ejemplo tremendo puede ser lo comentado anteriormente. Tal vez una de las conexiones sea la gente deteriorada en su salud que deambula por las calles porque no había obtenido su medicación en tiempo y forma.
Lo cierto es que nuestras medidas de prevención fueron lo mejor que se pudo haber hecho. Demostraron que Argentina fue uno de los países de la región con mayor efectividad en el tratamiento de la pandemia. Se actuó rápidamente, con las vacunas disponibles, las tan criticadas “vacunas rusas”, que resultaron de gran eficiencia y eficacia. No colapsaron hospitales, ni faltó oxígeno para quien lo necesitara. No se actuó mal. Pasar interminablemente, el cedazo inescrupuloso de la política mezquina, propalada por la derecha vernácula sigue redoblando la crítica. Haciéndonos creer, medios de comunicación mediante, que no podemos hacer nada bien y si lo hacemos se debe descalificar o destruir. En definitiva, hacerlo desaparecer, algo en lo que siempre han sido eficaces.
La pandemia nos disoció primero en dos grandes planos; el adentro y el afuera, y en ambos a su vez, en una serie infinita, quizá de incontables fragmentaciones.

Buscamos algunas frases que nos dieran un horizonte incomprobable pero más gratificante, volamos hacia la idea de la post pandemia, de donde volveríamos mejores. Creo que esto lo hemos puesto en revisión. O al menos lo intentamos.
Hacia adentro, la fragmentación apareció en la virtualidad, que fue transversal a toda la sociedad. La mayoría hoy tiene su vida atada a las nuevas tecnologías y los que no, dependen indirectamente de ellas. Pero lo que fue novedad para los abuelos, que podían ver a sus nietos por las pantallas, para otros fue el buceo en nuevas profundidades, en las que se crearon otras comunidades. Comunidades paralelas que habitamos en la vida real. Esto trajo aparejadas nuevas realidades, cada una con sus bemoles, sobre todo en esas nuevas comunidades virtuales. Barrios sin calles transitados por diversidad de habitantes, muchas veces novedosos, otras no tanto.
Para muchos se presentaron como salidas posibles del encierro, de allí ciertos desahogos vinculados al juego, el sexo, el bullying, el grooming y otras formas de odios, que visibilizaban broncas acumuladas. Hay quienes trabajaban en la calle, en negro y si relación de dependencia, con escasos ingresos, que se la pasaban viendo tutoriales de masa madre, en su cuarentena. Así se dieron equivocadas y tristes interpretaciones, dirigidas a hacer creer que por allí cerca andaba la casta, en la casa de un módico empleado municipal. Esa que denunciaban los nuevos habitantes de las ofertas mediáticas. Entre ellos, hubo un elegido para conectar con quienes en la pandemia quedaron por el piso. Alguien que sintió y pasó su humanidad por el piso también, fue el mesías. Gente rota, que encontró un par roto que la representara. Ése que sintió el maltrato y supo transmitir el odio, acorralado por la idea de venganza hasta que tuvo su momento. Por supuesto que hubo productores y think thank que al fin encontraron un divulgador eficaz, para hacer lo de siempre. Pero está vez sin anestesia, amparados en un nuevo contexto que les daba nuevas oportunidades.
Hace unos días circulaba un video del periodista Mariano Grondona de la década del 90, en el que se preguntaba cómo hacer un plan económico efectivo sin anestesia. Dejo el link a continuación. https://www.facebook.com/share/r/19fK29XXhd/
Allí, no solo vemos cómo aparece la idea de la luz al final del túnel que alumbra una serie de alternativas. Se pregunta si el cambio debía ser brusco, como lo estaba practicando Menem; entonces había que aguantar, no aflojar, hacerlo de una vez. O no, como el líder sindical Saúl Ubaldini, que la salida fuera volver al peronismo y su mercado interno de salarios altos. O ir hacia una salida más gradual como planteaban el radicalismo o Antonio Cafiero, quienes creían también que había que cambiar. Es decir: “esto va a doler mucho, entonces hagámoslo con anestesia, para que no haya sufrimiento”. La anestesia, sostiene Grondona, es el tipo de cambio, señalando algo tan actual y subrayando el “como dicen ahora, anclar el dólar, es la anestesia”. Es decir, el control de ciertas variables para que no duela tanto. Y pone de ejemplos distintos planes que lo anclaron buscando su veranito, como el Plan austral, el Plan Primavera o el de Jorge Rapanelli, de Bunge & Born.
Lo notable de esto es que parece que vivimos en una noria financiera que se proyecta en forma de pesadilla en el mercado de valores y destroza la sociedad.

Días antes del anuncio de este nuevo acuerdo comercial con Estados Unidos, que parece más abusivo y entreguista que nunca, nuestro presidente declaró que el dólar quedaba planchado. Utilizó un nuevo eufemismo, planchar. Es decir, empezó a considerar a la anestesia, prueba de que el gobierno leyó bien el mensaje de las urnas; captó el temor insuflado en una población que pensó en un lunes negro después de las elecciones. Entonces, la devaluación que se pronosticaba fue postergada, a la espera de una oportunidad devastadora. En la misma declaración marcó que su objetivo era no llenar el Banco Central de dólares, para que “cuando vengan los Kukas, no empiece la repartija”.
Queda claro que todo se patea para adelante y se pagará con deuda. Aquí no habrá producción, sino entrega y economía primarizada.
Es notable el condicionamiento que se dejará para los futuros gobiernos, que seguramente, a menos que tomen medidas radicales a la inversa, les será muy difícil sostenerse. El futuro que nos espera es el de un campo minado con su tierra arrasada, mientras los poderosos hacen su juego y acorralan con los medios de comunicación apuntando a profundizar sin anestesia con su circo.
Mientras tanto aparecen otras anestesias, para el alivio poblacional. Aquella que vemos en el botellín que va de boca en boca en alguna ranchada callejera; el del puré de clonazepam, oficiando de chaleco para la ansiedad que padece una sociedad desolada. Una serie de abusos de sustancias, usos de celulares, juegos, escapismos varios, para mitigar el dolor ansioso que nos corroe.

En la Cámara de Diputados de la Nación, durante el “Encuentro Federal por la crisis en salud mental”, realizado en agosto, se reunieron a autoridades sanitarias de 14 provincias, académicos, legisladores y organizaciones sociales que manifestaron un aterrador consenso para aumentar la demanda de atención, tanto ambulatoria como de internación, que no cesa de crecer desde 2019.
Otro dato destacado es el del aumento de casos extremos, que alcanzaron un 64,5 por ciento en la Región Sanitaria III, según datos oficiales del gobierno bonaerense
La situación sanitaria bonaerense pone en cifras lo que llaman “el desastre”. Entre 2023 y el primer semestre de 2025, se registró un crecimiento del 134 por ciento en consultas ambulatorias y del 77 en internaciones. Las de menores de 18 años se duplicaron en cinco años, pasando de 3.286 en 2019 a 7.103 en 2024; solo en el primer semestre de 2025 ya se sumaron 1.829. El agravamiento social -pobreza, desempleo, falta de vivienda, violencia- se traduce directamente en más cuadros clínicos graves.
Los participantes de los programas denunciaron el deterioro moral y simbólico de la salud pública: violencia cotidiana, desmoralización social, falta de horizonte vital. Esto es particularmente grave entre los jóvenes, que afrontan una real degradación de sus expectativas por la crisis en educación pública, desempleo y acceso a la vivienda, según informaron desde la Provincia. Además, se evidencia un aumento alarmante de autolesiones, intentos de suicidio, maltrato y judicialización de menores.
Desde 2019, se incorporaron 2.445 nuevos trabajadores en salud mental (un aumento del 37,5 por ciento), se expandieron en un 68,9 por ciento las camas de internación en hospitales generales y se construyeron 37 centros de salud mental y tres residencias para consumos problemáticos. Los dispositivos comunitarios crecieron con 53 nuevas casas de externación y, bajo alquiler, más de 200 espacios de convivencia asistida.
La población juvenil recibió atención con programas integrales que combinan educación, prevención del suicidio, abordaje de adicciones tecnológicas y ludopatías, con fortalecimiento de internaciones seguras para jóvenes vulnerables.La anestesia es buscada en la fuga de la disociación. Los votantes no pueden relacionar el mal que los aflige con su origen. Por lo cual es imposible la cura en esos términos. Si no se toma conciencia de lo que nos pasa, es casi imposible estar mejor. La anestesia navega en la desgracia furtiva de un puño callejero que mata de una trompada una persona en las calles del Abasto; en un tipo que pasa y patea a una niña de cinco años que vuelve de la escuela en pleno Palermo, o en cualquier semáforo o discusión absurda de la ciudad de Buenos Aires. La anestesia es la pantalla que nos lleva por otros barrios de la mano de otras pandillas, donde nos sentimos fuertes en los callejones virtuales para apalear a quienes son diferentes. Allí, en esos barrios sin calles de asfalto se elucubró la violencia que hoy sale a las calles. En la virtualidad se extendió el entrenamiento de una sociedad sin justicia ni ley. Una sociedad que visita al Far West en la que todo se resuelve a tiro limpio o con la horca, si somos muchos. Todavía el sheriff es cauto y va para el lado que le conviene: para el que se quedó con todas las “tierras raras”, el Saloom, las chicas, el juego y el poder.

Sin normas jurídicas, sin posibilidades de regla social, la ley simbólica, no se presenta como una condición de la experiencia en la convivencia humana.
Hay una necesidad de anestesia que son asumidas por las violencias simbólicas y físicas, que ya se empiezan a confundir en esta larga salida de la pandemia. En la ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, que hace cuatro años aprobó una ley de salud mental que su gobierno no reglamenta ni ejecuta. Toda una definición acerca de cómo quieren que nos anestesiemos en este mundo de fragmentación absoluta.
Me lo remarcaban el otro día: esto no estalla porque implosionó todo; es decir que nos rompimos por dentro, nos lastimamos y quedamos heridos. Buscar la salida será mirar de frente los problemas, pensar en sus resoluciones, sumar y conjugar el verbo compartir. Generar comunidad será una vez más la posibilidad social de curarnos en salud.
Ciertos parámetros que nos sostuvieron a lo largo del tiempo como las instituciones, los legados, las prácticas y las metodologías están en descomposición. No hay que tirar la experiencia, hay que retenerla para construir nuevas herramientas para la creación de un nuevo sentido social, que aún no aparece para organizar otra experiencia superadora. En esa búsqueda está la salida, no en la repetición, en la verdad está la salida, no en el engaño; en la liberación está la salida, no en la dependencia. En la justicia también vive la salida y no en quienes les administran sus servicios. A eso debemos convocarnos sin ningún tipo de proscripción. Pero como, sí hay una, tenemos un principio ordenador para iniciar un camino de liberación, personal, social y nacional.
A quienes bien entiendan, pocas palabras.






