Lejos de ganarse el amor, o el voto, en las últimas elecciones, lo que el Presidente logró fue que le perdieran el respeto. Es lo que sucede cuando el orgullo es más grande de lo que se puede tragar. O, también, cuando uno intenta construir desde la demagogia y la violencia, y no desde la democracia y el diálogo; o cuando se maximiza una elección con el equívoco afán de destruir o enterrar al contrincante. Es cierto que a las palabras se las lleva el viento, y consecuentemente, cierto es también que aquello que se construye, y permanece, en general no se olvida, ni se degrada. Posiblemente esa sea la mejor explicación para el resultado electoral: que quien no tiene nada para darte, generalmente te ofrece el futuro, y que la memoria es un animal gigante, posiblemente invencible, igual que un perro viejo que ya no aprende (ni se cree) trucos nuevos. Y además, quien construye un puente derriba un precipicio, y viceversa. Por eso, es factible suponer que la primera consecuencia del resultado electoral sea comprender que detrás de la violencia estatal, tristemente, no había nada. Nada de nada. Porque si tanto odio se sostuviera, al menos, en alguna doctrina política, tampoco sería valido, aunque sería algo. Quizá una excusa. Pero no. Milei no es Milei: Milei es nada. O acabará siéndolo. El pueblo se levantó, como se levantan las flores en primavera, se expresó, y ahora el gobierno espera, quizá sin saberlo, una primavera negra.
Al final, tenía razón Francisco de Quevedo, cuando dijo que donde hay poca justicia, es un peligro tener razón. Y ese parece ser el caso hacia el cual nos encaminamos. La mayoría de la sociedad de la Provincia de Buenos Aires votó a otros candidatos, no a los oficialistas, y la consecuencia fue, es, un Presidente ausente que convoca a mesas de diálogo a las que no va nadie, ni a dialogar ni a nada, que no ejerce autocrítica ni atiende el llamado que la democracia le hace, ni pone la cara, ni el cuerpo, ni las ideas. Es un peligro tener razón y expresarla a través del voto porque, en los términos de la actual gestión, eso tendrá, tiene, consecuencias poco felices para los y las Argentinas. Y es, inevitablemente, quizá incluso intencionadamente, una encrucijada: o me votan o los hiero. Y en eso, por experiencia, ganan.

Llueve sobre mojado: el rechazo en la Cámara de Diputados a los vetos del Presidente sobre las leyes de financiamiento universitario y emergencia pediátrica. Probablemente el Congreso haya entendido mejor aquella vieja analogía de que tenemos dos orejas y una boca para escuchar más y hablar menos. Si algo podemos aprender de la historia, hasta ahora, es que siempre es mejor desandar los pasos errados y no, en cambio, acelerar cuando vemos que tenemos una pared adelante. Como no podía ser de otra manera, tras la votación que torció el destino de los vetos, el ministro de economía Caputo declaró que la oposición está intentando hacerle un golpe de estado al Presidente. No hace falta ser un erudito para descubrir que el único golpe, acá, es a la gente, pero a veces es así: a la estupidez no basta con ejercerla, también hay que enunciarla. Y, si a alguien le quedaba alguna duda respecto de quiénes nos gobiernan, bueno, Caputo terminó por esclarecerla: querer estudiar (para progresar) y necesitar salud (para vivir) son dos lujos para los que nadie es digno en la actual República Argentina. En otros términos: para ellos, la paz, es tan solo una tregua.
Detrás del único anhelo que aún persiguen, que es la baja inflación, el gobierno ha desfinanciado y acogotado la economía, y fulmina lentamente las reservas que solo logra ensanchar a base de deuda; algo bastante parecido a vender el auto para comprarle cubiertas nuevas. Ante la escalada del tipo de cambio, durante la última semana, la respuesta oficial es que van a vender hasta el último billete de las reservas (en principio: dinero prestado por el Fondo Monetario Internacional, después quién sabe: los encajes en dólares de los y las Argentinas en los bancos) para sostener el dólar estable, y que el objetivo es llegar a las elecciones de octubre, vaya uno a saber para qué, y sobre todo, qué pasará más tarde. No hay peor desentendido que el que no quiere entender: la sociedad reclama aquello que necesita urgentemente, y es necesario escucharla, y además, a la sociedad no le interesan las elecciones del gobierno, sino sus acciones.
Si el equilibrio fiscal, si la macro economía estable, si la imagen del exterior, si las amistades con los países poderosos, si Trump, si Musk, si la motosierra, si la estabilidad económica, si el alza en la industria, si la flotación del dólar, si la baja en la pobreza, si los sueldos de mil doscientos dólares, si el mejor ministro de economía del mundo, si el especialista en crecimiento con y sin dinero, si la libertad, si el jefe, si las fuerzas del cielo, si la baja de la inflación, si el desguace de curros, y si la promesa de ser Alemania en treinta años, fueran apenas ciertas, apenas, tan solo un mínimo porcentaje, entonces la financiación a la educación y a la salud no serían un conflicto tan amenazante y desestabilizador. Y es que, al final, ya lo sabemos: todo lo que no es fuego es humo. Hasta que se disipa y vemos la realidad: nada.






