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De Trump y Xi Jinping a la marcha universitaria argentina

Por Federico Montero
12 mayo, 2026
De Trump y Xi Jinping a la marcha universitaria argentina
La geopolítica del conocimiento y la disputa por la soberanía en el siglo XXI. El desafío estratégico de la Argentina

En las vísperas de una reunión clave entre Donald Trump y Xi Jinping en China, el mundo asiste a una reconfiguración acelerada del orden internacional. Un encuentro clave, postergado desde el inicio de la ofensiva norteamericano-israelí sobre Irán y que hoy aparece atravesada por un escenario mucho más complejo del que imaginaba Washington cuando decidió escalar el conflicto en Medio Oriente.

Cuando comenzó el ataque sobre Irán, el objetivo no era solamente regional. No se trataba únicamente de la histórica disputa en Medio Oriente ni de la alianza entre Estados Unidos e Israel. La ofensiva tenía también una dimensión geopolítica más amplia: llegar fortalecido a la negociación estratégica con China.

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Tras la cumbre en octubre del año pasado estaba prevista una nueva cumbre entre Trump y Xi Jinping en abril de 2026, orientada a discutir las nuevas reglas de gobernabilidad del sistema internacional. Porque, más allá de los discursos ideológicos, la dinámica central del capitalismo global sigue organizada alrededor de la relación entre Estados Unidos y China: lo que comenzó con el comunicado de Shanghái de 1972, tras la cumbre Nixon-Mao de 1972, tras las reformas de Deng fue el sustento la expansión del capital norteamericano sobre Asia. Primero Japón, después China y luego los tigres asiáticos, esta dinámica iniciada en los años setenta dio sustento a la llamada globalización con la caída del Muro de Berlín. Y esta misma dinámica es la que hoy atraviesa una profunda crisis de recomposición hegemónica.

China utilizó durante décadas la propia expansión global norteamericana para fortalecer sus capacidades productivas, tecnológicas y financieras, manteniendo el control político del proceso de acumulación, en lo que dio en conocer desde 1982 como el modelo de socialismo con características chinas Algo así como usar para beneficio propio “la fuerza del adversario”, en el sentido clásico de las artes marciales asiáticas. Pero ese equilibrio comenzó a resquebrajarse cuando las consecuencias de la deslocalización productiva y la apertura comercial afectaron estructuralmente a las economías centrales del capitalismo occidental. Boris Johnson, Trump y buena parte de los nacionalismos conservadores europeos son expresiones de esa crisis económica, política y de proyecto del capitalismo occidental.

Por eso algunos analistas hablan cada vez más de un verdadero “G2”: un esquema de negociación global entre Estados Unidos y China que termina ordenando, directa o indirectamente, gran parte de la dinámica internacional.

En ese contexto complejo de interdependencia y competencia estratégica, Washington apostaba a resolver rápidamente el conflicto con Irán iniciado en 2026. La expectativa era repetir una suerte de “solución venezolana”: desarticular al liderazgo iraní, promover un cambio de régimen veloz, neutralizar sus capacidades nucleares y militares estratégicas y consolidar el control sobre una región decisiva para el abastecimiento energético chino y para la proyección de la Iniciativa de la Franja y la Ruta.

Sin embargo, estamos viendo que el resultado fue otro.

Trump llega hoy a la reunión con Xi Jinping mucho más condicionado de lo que imaginaba cuando comenzó la ofensiva. Lejos de una rápida capitulación iraní, Teherán mantiene capacidad de resistencia y sigue planteando una salida negociada bajo sus propios términos. China, mientras tanto, observa el desgaste norteamericano desde una posición de relativa fortaleza: también afectada económicamente por la crisis, pero consciente de que Washington necesita estabilizar el escenario ya que los efectos económicos de la crisis pueden condicionar el crucial escenario electoral de noviembre donde los republicanos podrían perder el control de ambas cámaras.

La crisis del viejo multilateralismo

Todo esto ocurre además sobre la crisis de las instituciones internacionales surgidas después de la Segunda Guerra Mundial.

Donald Trump no inauguró esa crisis, pero sí la profundizó. Aprovechó el desgaste del multilateralismo liberal para impulsar una diplomacia cada vez más disruptiva y unilateral. La crítica al funcionamiento del sistema internacional había sido formulada antes por dirigentes como Lula da Silva o Cristina Fernández de Kirchner, en sus destacadas intervenciones en el G20, quienes reclamaban reformular esos espacios incorporando las demandas del llamado “Sur Global”, centradas en la necesidad de discutir el modelo neoliberal y fortalecer el trabajo y la producción.

Surgidos desde la periferia, los procesos de cambio de orientación nacional popular surgidos a comienzos del siglo XXI en América del Sur, fueron la única innovación política tras la crisis del neolibralismo en la política occidental. El bloque latinoamericano luego fue objeto de una embestida sistemática y feroz tanto en el plano interno como desde el norte y hoy aparece debilitado.

China, por su parte, mantiene discursivamente la defensa del multilateralismo y de las soluciones políticas negociadas, aunque evita asumir plenamente el rol de árbitro global tradicional que alguna vez desempeñó Estados Unidos.

En ese tablero aparecen además otros actores fundamentales: Rusia, Irán y China conforman, con matices y tensiones internas, la hipótesis de un bloque euroasiático que Washington intenta fragmentar para evitar su consolidación estratégica. Se trata de potencias intermedias que han logrado conservar una cierta capacidad de autonomía y cuya expresión institucional es el bloque de los BRICS.

Si ese bloque terminara de articularse plenamente, Estados Unidos podría verse obligado a un repliegue hemisférico sobre el continente americano, recuperando plenamente la vieja lógica de control sobre “su” espacio regional que ya ha desempolvado Donald Trump.

En ese marco debe leerse la intervención sobre Venezuela y sobre los procesos electorales de Honduras y Argentina en 2025. Y en ese marco deben leerse también las recientes imágenes de Lula reunido con Trump o la presencia del presidente uruguayo Yamandú Orsi en un portaaviones norteamericano. Incluso gobiernos con diferencias políticas profundas con Washington necesitan negociar dentro de un hemisferio que Estados Unidos sigue considerando propio.

Las tres geopolíticas del siglo XXI

Pero quizás lo más importante de esta discusión sea entender que hoy la disputa global se desarrolla simultáneamente en tres niveles.

El primero es la geopolítica clásica: territorio, mares, rutas comerciales, abastecimiento energético y control logístico.

El estrecho de Ormuz sintetiza perfectamente esa dimensión. Allí se juega buena parte de la circulación energética mundial y, por lo tanto, del funcionamiento de las cadenas globales de comercio.

El segundo nivel es la geopolítica industrial. Perón lo entendió tempranamente en el siglo XX. Y, paradójicamente, parte de esa lógica reaparece hoy en el propio trumpismo. No porque Trump sea “peronista”, sino porque la crisis de la globalización volvió a poner en el centro la necesidad de preservar capacidades industriales nacionales. Aranceles, subsidios tecnológicos, relocalización manufacturera y guerra comercial forman parte de una nueva estrategia de soberanía industrial impulsada por Estados Unidos frente al ascenso chino.

Pero existe una tercera dimensión, probablemente la más decisiva: la geopolítica del conocimiento. Ahí se juega buena parte del verdadero trasfondo de la disputa hegemónica entre Estados Unidos y China.

Ya no se trata solamente de comunicación o redes sociales. La inteligencia artificial, los semiconductores, la automatización, la computación avanzada y los datos se transformaron en recursos estratégicos para el desarrollo productivo, militar y tecnológico de las potencias. Y también para las tecnologías de control social.

Los “robotitos chinos” que bailan y practican judo viralmente en redes sociales son apenas la expresión visible de una apuesta mucho más profunda: capacidades avanzadas de automatización para dar un salto cualitativo en productividad y desarrollo tecnológico.

Por eso Silicon Valley dejó tempranamente de ser un ecosistema privado de innovación y comenzó a integrarse cada vez más al aparato estratégico norteamericano. Peter Thiel, Palantir, Elon Musk y las grandes tecnológicas ya forman parte de una nueva síntesis entre Big Tech, industria y seguridad nacional. El segundo Trump es su expresión política actual.

Es que la geopolítica del conocimiento es un preocupación de primer orden para el gobierno norteamericano hace décadas. No es casual que en los documentos de seguridad nacional de Estados Unidos aparezca sistemáticamente esta relación entre conocimiento, innovación y poder estratégico.

La National Security Strategy de la administración Obama de 2010 afirmaba: “America’s long-term leadership depends on educating and producing future scientists and innovators.”

Es decir: “el liderazgo de largo plazo de Estados Unidos depende de educar y producir futuros científicos e innovadores”. Y agregaba una definición todavía más contundente:

“We must see American innovation as a foundation of American power.”

“Debemos entender la innovación estadounidense como un fundamento del poder americano.”

Más tarde, durante la administración Trump 1.0, la estrategia federal STEM (siglas en inglés para Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) de la Casa Blanca de 2018 profundizó esa misma perspectiva al sostener:

“Today, more than ever before, the United States’ economic prosperity and national security rests upon its capacity for continued scientific and technological innovation.”

“Hoy más que nunca, la prosperidad económica y la seguridad nacional de Estados Unidos descansan sobre su capacidad de innovación científica y tecnológica.”

Y sintetizaba el núcleo de la disputa contemporánea con una frase de enorme claridad geopolítica:

“The balance of power on Earth depends on who controls the technology.”

“El equilibrio de poder en la Tierra depende de quién controla la tecnología.”

Argentina frente al desafío estratégico

Y ahí aparece el sentido estratégico de la marcha universitaria en Argentina: la discusión sobre la soberanía y la producción de conocimiento. Porque mientras Estados Unidos subsidia la producción de semiconductores, China multiplica su inversión científica y tecnológica y Europa protege sus sistemas nacionales de investigación, en la Argentina hay una política deliberada para implosionar las capacidades nacionales estratégicas construidas durante décadas.

La discusión no involucra solamente a las Universidades Públicas, sino también al entramado científico, técnico e industrial construido durante décadas desde una perspectiva de autonomía nacional: el CONICET, el INTA, el INTI, los organismos tecnológicos del Estado, los sistemas de investigación aplicada y las capacidades de formación científica y profesional.

En un contexto internacional donde las grandes potencias articulan inteligencia artificial, automatización, industria avanzada y planificación estratégica, la destrucción o debilitamiento de esas capacidades implica mucho más que un ajuste presupuestario. Supone limitar las posibilidades de la Argentina de intervenir soberanamente en la nueva división internacional del poder.

Porque el problema ya no es solamente quién controla el territorio o posee los recursos naturales, sino quién tiene la capacidad de transformarlos mediante ciencia, tecnología e industria. El litio, por ejemplo, sin desarrollo científico y tecnológico propio, corre el riesgo de quedar reducido a una nueva forma de extractivismo periférico. En Argentina contamos con litio y con industria automotriz, es decir tenemos las condiciones para un encadenamiento productivo estratégico.

Como vimos, en nuestros días, la soberanía se juega en por lo menos tres tableros: la geopolítica clásica del SXIX, que es la geopolítica del espacio, la geopolítica del siglo XX que es la geopolítica productiva e industrial y la geopolítica del SXXI, que es la geopolítica del conocimiento. No se mide únicamente en kilómetros cuadrados o reservas naturales. Se mide en capacidades nacionales para producir conocimiento, innovación, tecnología e inteligencia estratégica.

El gobierno de Milei ha puesto en marcha una entrega de soberanía sin precedentes en cada uno de estos planos: el debilitamiento del control del atlántico sur y el paraná nos pone de rodillas en el tablero de la geopolítica clásica, la destrucción del entramado industrial nos deja sin capacidades en la geopolítica de la producción, y la destrucción de las capacidades científico tecnológicas apuntan al corazón de la geopolítica del conocimiento.

Y quizás esa sea hoy la discusión de fondo: si la Argentina pretende participar de la nueva configuración mundial desde una perspectiva soberana o resignarse a ocupar un lugar subordinado.

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Tags: Donald Trumpgeopolítica del conocimientoMarcha Federal UniversitariaXi Jiinping
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