¿A quién le va a creer usted, a mí o a sus propios ojos?”, preguntaba Groucho Marx. También decía que es mejor estar callado y parecer tonto, antes que hablar y despejar las dudas definitivamente. A veces el humor hace eso: dice lo que nadie se atreve a decir, aunque al final deje un sabor agridulce. Primero la risa, después el llanto; primero el voto, después el desengaño. El presidente Milei afirmó, hace un año, que la economía iba a “crecer como pedo de buzo”. Parecía un chiste, quizá lo era después de todo. Pero después vino la realidad, ya lo sabemos: el movimiento se ve andando. Y entonces: doscientos noventa mil puestos de trabajo menos, veintidós mil empresas cerradas, siete por ciento de incremento en la deuda Argentina, casi ocho por ciento de desempleo, todo según datos oficiales. Son números, claro, y aburridos, también, pero detrás de ellos, no demasiado, hay personas, familias, argentinos y argentinas que viven en carne propia, y a diario, las consecuencias de las actuales políticas. La industria se desploma (con la mitad de la participación en el PBI respecto de dos años atrás), mientras que los negocios de intermediación financiera se recomponen; las importaciones simplificadas agilizan el proceso de desindustrialización nacional, a la misma velocidad que destrozan familias y vidas. Ahora bien, ¿A quién le va a creer usted, a mí o a sus propios ojos?, pareciera preguntar el Presidente; porque según él, las cosas marchan súper bien.
Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas, escribió el escritor español Mariano Larra. La frase no solo lleva razón, sino que además aporta un dato determinante para la actualidad de la Argentina, y es que los negacionistas son, para empezar, perezosos. Por eso es que la situación es tan compleja: porque no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni actitud más cobarde que la del soldado que se hace el muerto para sobrevivir para otra batalla. Buena parte de la sociedad vive sumida en una convicción vacua de convicciones, mientras observa con disimulo y desprecio, cómo el agua entra por los agujeros del casco. El agua asoma al cuello, pero parece no importar mientras no sea el cuello propio. Menudo cuento. En general, la auto preservación engaña a la auto percepción; hasta que ya se hace demasiado tarde.

Posiblemente sea cierto eso de que las convicciones ya no convencen. Probablemente el aforismo explique, con desazón, el presente que nos enseña los dientes, sin sonreír. Y definitivamente, si las convicciones ya no convencen, entonces estemos ante el mayor letargo y condena que una sociedad, cualquiera, puede enfrentar. Porque la libertad es a la independencia, lo que los charcos a la lluvia. Y en este contexto social, económico y moral, no reconocer los puntos de encuentros y los consecuentes entre una y otra, es casi tan peligroso como confundir una caricia con un arañazo. En otros términos, y al final, si la sociedad cree que libertad es comprar productos importados, o que la condena de unos es la liberación de otros, o que el odio es más importante que todo, entonces es sencillo comprender que estemos donde estamos, cómo estamos, y sobre todo, hacia dónde vamos. Pero si somos capaces de ser honestos, y de alcanzar un diagnóstico fidedigno, entonces no podemos dejar de comprender aquello que se dijo hace ya más de medio siglo: sin justicia social no puede haber libertad.
¿A quién le va a creer usted, a mí o a sus propios ojos? ¿A sus odios o a su bolsillo? ¿A lo palpable o a las promesas? ¿Al Presidente que dijo que iba a destruir el Banco Central o al que ensanchó la deuda del Banco Central? ¿Al especialista en crecimiento con dinero, o al especialista en crecimiento sin dinero? ¿Al presidente o a sus propios ojos? ¿Al dato o al relato? ¿Por qué seguir a alguien que avanza en contra tuyo? El primer paso para salir de una encrucijada siempre se da en cualquier dirección; eso es válido, entendible. Pero el siguiente es necesario pensarlo, analizarlo, prever que no será hacia otro lugar equivocado. Nunca es tarde para beber del agua que no íbamos a beber, ni para aceptar que escupir para arriba siempre termina con la gravedad como enemiga, ni para cambiar y entender que no hay nada más triste y desolador que agitar a favor de alguien que mientras sonríe cava la fosa donde vas a caer después.






