El presidente Javier Milei llegó al gobierno recitando discursos de odio y afirmaciones falsas y sin fundamentos, usando como pilares la prestidigitación y escenarios contrafácticos e inverosímiles y, sobre todo, intimidando y pregonando una supuesta catástrofe que, advertía, se avecinaba inminentemente si, amenazaba, él y sus ideas no alcanzaban la mayoría de votos.
Menudo cuento: yo soy el mesías y el único capaz de salvarlos. Intentando hacer pie citó al ex diputado y autor intelectual de la Constitución Nacional, Juan Bautista Alberdi, sin darse cuenta, o fiel a su estilo de omitir aquello que le molesta, que el mismísimo Alberdi advirtió en sus textos respecto de la peor clase de liberales: los argentinos. “Los liberales Argentinos son amantes platónicos de una deidad que no han visto, ni conocen. Ser libre, para ellos, no consiste en gobernarse a sí mismos, sino en gobernar a los otros. La libertad de los otros, dicen ellos, es el despotismo”.
El que esté libre de pecado, que lance la primera piedra, o el primer decreto. A esta altura, a menos de un mes de gobierno, Alberdi resulta ser un profeta que dijo, hace más de cien años, lo que ninguno de los votantes de derecha quisieron escuchar: lo tuyo es de ellos y lo de ellos es de ellos, y Milei se ajusta, con tenebrosa exactitud, a la figura de Carlos María de Alvear; un traidor que planeó el asesinato de San Martín y que quería ser colonia Británica, recibir sus leyes, obedecer a su gobierno, y vivir bajo su influjo poderoso.
En tan solo unos pocos días de gobierno Milei ha dejado algo muy claro: cada uno vale lo que pueda pagar. Con doble sentido: lo que vinieron a hacer es un ajuste de cuentas. Y es que se comportan como dirigentes y cumplen sus roles, ocupan la Casa Rosada y firman decretos pero, en verdad, responden a otros. Así se trasluce en los principales puntos del DNU presentado el pasado martes, en donde la libertad de las mayorías, y la democracia en sí, se ven seriamente amenazadas. El gobierno pretende derribar de un solo y certero golpe todo lo que le entorpezca su camino hacia la privatización total de la Argentina, con todo lo que ello significa, sobregirando una legitimidad ilusoria y falsa que, a lo único que conduce, es a la ruptura total de las clases media y trabajadora.

Llegaron diciendo que el camino era más libertad, pero omitieron decir, y ninguno de sus votantes se atrevió a preguntar, para quién y para qué. No olvidemos: media verdad ya es toda una mentira. En ninguna oración del extenso DNU consta una sola medida que afecte, ni por asomo, a la casta de la que tanto habló Javier Milei en campaña y la cual era, según él, la causante de todos los males del país. Al final, y para quienes creyeron poco o mucho de lo que dijo, Milei no es más que un embustero.
La primera reacción del gobierno ante la respuesta del pueblo fue la clásica de quienes saben que han sacado un provecho: mofarse. Tomando la crisis como excusa, e instrumentando los brazos del estado, o torciéndolos, o quebrándolos, avanzaron sobre la vida de millones de personas. Mientras dicen buscar el equilibrio fiscal, la inmensa mayoría de los Argentinos pierden la estabilidad y andan a los tumbos. La derogación de la Ley de Góndolas, la eliminación de restricciones de precios de las prepagas, la derogación de la Ley de Tierras Rurales, la desregulación de los servicios de internet satelital, las modificaciones al régimen de empresas farmacéuticas, y más, muchas más: ninguna beneficia ni otorga más libertad a las mayorías, ninguna, sino todo lo contrario; la libertad será para un pequeño grupo de empresarios que podrán, ahora sí, imponer sus reglas y sus condiciones sin la más mínima resistencia. El DNU no es más que una aplanadora con la que pretenden allanar el camino para no detener jamás sus propósitos. Y para el pueblo, como en aquella famosa canción: las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas.

Es un buen momento para aclararlo: al contrario que en las matemáticas, la multiplicación de malas noticias no las transforma en positivas. Ni en nada que se le parezca. Y en un país en donde, teniendo en cuenta las políticas que se empiezan a esbozar, la pobreza y la indigencia crecerán hasta límites insospechados, y la clase media se verá vapuleada y empobrecida, lo último que se necesita es un presidente que responda al interés privado por sobre común. Está fuera de discusión la inminente necesidad que existía de modificar a la Argentina para que sorteara la inflación y los males que la acongojan desde hace vastos años, pero muy distinto es, en cambio y con una sonrisa, dinamitarla y que caiga, aún más, quien caiga. Sobre llovido, mojado.
El gobierno, más que un plan para el progreso y la estabilidad, impone un plan de negocios en donde nadie explica, y por ende nadie comprende, verdaderamente a dónde apunta. Y lo que no explican lo rellenan con frases ya célebres y blandas, como Viva la libertad, que al final del día y con la espada de Damocles afilada pendiendo sobre las cabezas de millones de Argentinos, no son más que una cruel y cínica burla.

Ya lo dijo Raúl Scalabrini Ortiz: “Estos asuntos de economía y finanzas son tan simples que están al alcance de cualquier niño. Solo requieren saber sumar y restar. Cuando usted no entiende una cosa, pregunte hasta que la entienda. Si no la entiende es que están tratando de robarlo”. Más claro, agreguen agua.
La Argentina necesita de la unión y el diálogo de las mayorías y de la dirigencia opositora para poner un freno a tanto avasallamiento y maldad, antes de que sea demasiado tarde. Y es que, cuando todo sea privado, estaremos privados de todo.






