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Lo que se cifra en el nombre

Por Antolín Magallanes
13 octubre, 2026
Máximo: “La tienen secuestrada ahí arriba todavía”

Máximo Kirchner, de la estigmatización a la disputa por el futuro.

Hay una manera de intentar clausurar el futuro político de alguien: condenarlo a vivir eternamente en su pasado. En el caso de Máximo Kirchner, ese pasado tiene dos nombres, Néstor y Cristina, y un apellido que parece explicarlo todo. Desde sus primeras apariciones públicas fue presentado como el “hijo de”, el heredero, el príncipe de una dinastía política. Después llegaron otras formas de nombrarlo, “el vago de la PlayStation”, “el nepo-baby”, el “Máximo fracaso”. Una colección de etiquetas que, repetidas hasta el cansancio, terminaron construyendo un personaje que muchas veces ocupa el lugar del dirigente real.

Por supuesto que su apellido le otorgó un capital político extraordinario, pero también responsabilidades y condicionamientos. Negarlo sería absurdo. Lo arbitrario es suponer que ese origen explica cuánto piensa, propone o realiza. La estigmatización tiene una eficacia particular: vuelve innecesario conocer aquello que se descalifica. Así, el prejuicio reemplaza a la discusión.

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Existe otra manera de aproximarse a Máximo Kirchner: revisar sus intervenciones, las leyes que impulsó y los proyectos que presentó. No para convertirlo en un dirigente infalible, sino para recuperar una pregunta que la política argentina suele postergar: ¿qué ideas existen para construir el país que viene?

Uno de los ejemplos más reveladores es la Ley 27.605, de Aporte Solidario y Extraordinario de las Grandes Fortunas, impulsada en 2020 junto con Carlos Heller. Concebida durante la pandemia, estableció una contribución excepcional sobre los patrimonios más elevados para afrontar la emergencia sanitaria, económica y social.

Sin embargo, contenía una perspectiva que trascendía aquella urgencia. El 25% de lo recaudado fue destinado a programas vinculados con la exploración, el desarrollo y la producción de gas natural. Más de 60.000 millones de pesos contribuyeron al financiamiento del Gasoducto presidente Néstor Kirchner*. Una medida tributaria extraordinaria participó así en la construcción de infraestructura energética destinada a perdurar.

La relación merece destacarse: recursos provenientes de grandes patrimonios se transformaron en inversión pública, vinculando distribución de la riqueza, energía y desarrollo productivo. El resto de la recaudación contemplaba salud, pequeñas y medianas empresas, becas educativas e integración socio-urbana de barrios populares. Había allí una concepción que excedía el reparto inmediato: convertir parte de la riqueza acumulada en capacidades colectivas.

Otra iniciativa fue la modificación de la Ley de Manejo del Fuego, sancionada como Ley 27.604, que estableció restricciones a los cambios de uso de tierras afectadas por incendios para evitar que la destrucción ambiental se transformara rápidamente en oportunidades de especulación. Su importancia radica también en una responsabilidad intergeneracional: la tierra, el agua y los ecosistemas no pertenecen exclusivamente a quienes hoy pueden explotarlos. Forman parte del patrimonio de quienes todavía no han nacido.

La ampliación del régimen de Zonas Frías, mediante la Ley 27.637, incorporó otra dimensión: reconocer que las condiciones climáticas y territoriales generan desigualdades que requieren respuestas específicas. No cuesta lo mismo calefaccionar una vivienda en todos los rincones de la Argentina. La igualdad no se construye desconociendo las diferencias.

En diciembre de 2023, nuevamente junto con Heller y otros legisladores, Máximo Kirchner presentó el proyecto de Fondo Federal para el Desarrollo Nacional, que proponía destinar el 60% de los derechos de exportación de soja a infraestructura sanitaria, educativa, habitacional y vial en provincias y municipios. No se convirtió en ley, pero recuperaba una discusión histórica: cómo transformar los recursos provenientes de la producción y las exportaciones en obras y capacidades que permanezcan en el país.

Estos antecedentes hablan de distribución, ambiente y federalismo. También de una pregunta decisiva: no solamente cuánto produce la Argentina, sino qué hace con lo producido y cómo convierte ese crecimiento en bienestar colectivo.

En esa perspectiva pueden comprenderse sus posiciones sobre el endeudamiento externo. En enero de 2022 renunció a la presidencia del bloque de diputados del Frente de Todos por sus diferencias con la negociación del gobierno de Alberto Fernández con el FMI. Fue una decisión controvertida, con consecuencias políticas discutibles, pero expresaba también un desacuerdo sobre las restricciones que la deuda impondría al futuro económico argentino.

Durante 2026 presentó nuevas iniciativas relacionadas con los organismos financieros internacionales: las transferencias de capital y la protección de la economía frente a la inestabilidad de los precios internacionales. Son propuestas que admiten objeciones técnicas y económicas, pero plantean interrogantes indispensables; qué recursos posee el país, cuánto puede decidir sobre ellos y cómo organiza sus capacidades para producir, invertir y distribuir.

Porque la soberanía no puede reducirse a una consigna. Debe traducirse en posibilidades concretas de decisión.

Más recientemente, Máximo incorporó a sus intervenciones la discusión sobre inteligencia artificial, productividad, empleo y conectividad. Planteó el acceso a Internet como uno de los servicios públicos de segunda generación, señalando las desigualdades que dificultan la participación de numerosos jóvenes en las transformaciones tecnológicas.

La observación merece atención. A las viejas formas de exclusión se agregan otras. Quien carece de conectividad, dispositivos o conocimientos digitales enfrenta obstáculos crecientes para estudiar, trabajar y participar de la economía. La inteligencia artificial abre posibilidades extraordinarias, pero también puede profundizar desigualdades.

Pensar el futuro exige interpretar esas transformaciones. No alcanza con defender conquistas anteriores ni repetir las virtudes de gobiernos pertenecientes a otros momentos históricos. Es necesario tener en cuenta a quienes trabajan y siguen siendo pobres, a quienes se endeudan para comer, a quienes ven alejarse la vivienda propia y a quienes sienten que vivirán peor que sus padres.

En una entrevista reciente, Máximo señaló que el descontento con un gobierno no supone automáticamente la adhesión a su oposición. Esa observación obliga también al peronismo a mirar hacia adentro y preguntarse a quién representa, cómo lo hace y con qué horizonte.

Allí aparece uno de sus desafíos principales. Construir liderazgo requiere mucho más que presentar proyectos o sostener posiciones. Exige interpretar una sociedad cambiante, establecer vínculos, construir acuerdos y transformar ideas en resultados. También asumir errores y responsabilidades. Sus tensiones con otros dirigentes del peronismo, particularmente con Axel Kicillof, la conducción partidaria y el papel de La Cámpora son cuestiones legítimas de discusión.

Reconocerlas no debilita la crítica a la estigmatización; la fortalece. La discusión política puede ser severa, pero debe ocuparse de decisiones, propuestas y resultados. Otra cosa es convertir la descalificación en una identidad permanente.

En septiembre de 2014, durante su primera gran intervención pública en Argentinos Juniors, junto a un Cuervo Larroque exultante con su primer príncipe, Máximo sostuvo que no había apellidos milagrosos y reivindicó los proyectos colectivos. Aquella afirmación adquiere otro significado al observar su recorrido posterior. El apellido puede constituir un punto de partida, pero difícilmente alcance como destino.

Quizás uno de los problemas de la política argentina sea la enorme energía que dedica a destruir o preservar figuras mientras posterga la discusión de un proyecto nacional. Los nombres terminan ocupando el lugar de las ideas y el futuro queda atrapado entre nostalgias y promesas.

No se trata de afirmar que Máximo Kirchner posee todas las respuestas. Se trata de reconocer un recorrido político y legislativo que merece ser examinado. Algunas iniciativas se convirtieron en leyes y tuvieron resultados concretos; otras permanecen como propuestas sujetas al debate público y algunas fueron derogados por el avance anarco liberal. Todas permiten discutir qué decisiones necesita la Argentina para desarrollar sus capacidades productivas, fortalecer su autonomía y reducir desigualdades.

Máximo tiene por delante el desafío de construir su propia proyección política, más allá de la experiencia histórica de sus padres. Pero la sociedad también tiene un desafío; recuperar un debate democrático capaz de discutir ideas sin quedar prisionera de etiquetas. Máximo, deberá expresar la esencia, el destino, el carácter, y la leyenda que se cifra en el nombre, diría Borges. Su nombre.

Porque, después de todo, la discusión verdaderamente importante no consiste en determinar de quién es hijo Máximo Kirchner, sino en preguntarnos qué Argentina queremos dejarles a nuestros hijos. Para responder esa pregunta, el futuro necesita algo más que nombres y apellidos: necesita ideas, proyectos, decisiones y una voluntad colectiva capaz de convertirlos en realidad.

*Gasoducto hoy denominado, Perito Pascasio Moreno, un nombre acorde para la nueva conquista del desierto, que pretenden los tecno feudales.

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Tags: La CámporaMáximo Kirchnerperonismo
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