Contentémonos con lo razonable, no sea que por querer más lo perdamos todo, que quien mucho abarca, poco aprieta. La oración fue escrita por el español Fernando de Rojas, en La Celestina, en el año 1499, y más tarde se popularizó como un dicho para explicar algo bastante concreto: para lograr mejores resultados, es mejor concentrarse en pocas cosas. Parece lógico y evidente, pero a veces, por más que ladren y muevan la cola, algunos se obstinan en llamarlos con otros nombres que nada tienen que ver con la realidad, o con los perros. Además, y como casi cualquier otra conclusión y razonamiento, el que mucho abarca poco aprieta puede ser utilizado con dos propósitos completamente equidistantes: como un consejo provechoso y fructífero, si se ajusta a su conclusión, o bien, y en sentido burdamente contrario, como una manera de enmarañar y desgastar, a la vez que aflojar y desarticular, a alguien o a muchos, lanzándoles todo de golpe, sin más. Que tengan mucho que abarcar hundiéndolos en una profusión de tópicos, preferentemente distópicos, para que nadie pueda apretar demasiado. El dicho funciona como una recomendación de lo que sí, y también, como una advertencia de lo que no.
Y en eso, quizá como único triunfo en medio de tanta decadencia, el gobierno tiene doctorados, másters, felicitaciones, diez sobresaliente. Con la precisión de un francotirador organiza, con esmero y paciencia, semana tras semana, titulares, escándalos, barrabasadas y bravuconadas que, tantas y tan agresivas, y en otros casos obscenas y ofensivas, abren, inexorablemente, un ramillete de temas que son imposibles de apelar y esclarecer. Es tanto, que apabulla. Y dentro de ellos, enmascarado, al igual que en el interior de un molusco bivalvo, se esconde una perla que es, en este caso, la verdadera noticia, el as bajo la manga, el sopetón que entra por engaño, y no por convencimiento ni beneficio. Engañar es la norma, gobernar la consecuencia necesaria, y están, como cantó Serrat, locos por salvarnos la vida a costas de cortarnos el cuello. Y que pase la mayor cantidad de agua bajo el puente, y rápido, y con el engaño supremo que presupone extender, una y otra vez, la mentira sobre la que el puente se sostiene. Tienen tantas ansias por ganar, que ya han olvidado a qué juego están jugando. Y eso es sumamente peligroso.
Pero no es tan sencillo divisarlo o revertirlo. A nadie le gusta ser engañado; menos aún reconocerlo. Y así es cómo un simple engaño se transforma en una sádica metodología: porque en la ecuación de la farsa está necesariamente considerada la vergüenza del desengaño, y el rubor de descubrirse víctima, y no beneficiario. Lo mismo que una trampa que se carga al inicio de todo y que abre, por necesaria abstracción, millones de nuevas verdades. La única verdad es la realidad es otro dicho que, pronunciado inicialmente por el filósofo griego, Aristóteles, y más tarde popularizado por Juan Perón, intentó (y aún lo intenta) esclarecer los hechos cotidianos para no desviarnos del eje que todo lo conecta, de manera uniforme, en todas las direcciones de la pirámide social. Pero realidad es una palabra que debería ir entre comillas, siempre; porque percibirla equivale a tergiversarla. Y entonces, donde unos ven futuro, otros atraso, y allá donde unos buscan las verdades, otros encuentras falacias. Y es que cuesta pensar cuando uno está enojado, así como cuesta comer pan, cuando uno anda sin dientes. Y al final del día, la “realidad”, o las “realidades”, son demasiadas, y casi todas rellenas con una mezcla de mentiras y personas asustadas. La realidad, tal como es dada, ahora, es una mentira. Y es lo que pretenden que sea. Distorsionarla hasta el extremo más lejano, sin que se rompa, sin que se interconecte, siquiera en la conciliación de la ruptura. Divide y reinarás, otro dicho, y algo de eso, o demasiado, hay: si todos ven cosas distintas, jamás confluirán en no darse por vencidos.
Uno más, de Benito Pérez Galdós: Dios aprieta, pero no ahorca.






