La oscuridad es un símbolo rico y complejo que puede tener múltiples significados. Algunos de los más comunes pueden estar vinculados a la ignorancia o al desconocimiento, si lo vemos desde una visión iluminista. Así, para esa concepción, la oscuridad representa la falta de conocimiento o comprensión, que da paso a la luz de la verdad.
Estamos cada vez más acostumbrados a pensar que la oscuridad puede crear un ambiente de miedo o ansiedad, que se asocia a menudo con la muerte, el duelo o la pérdida.
También puede simbolizar lo desconocido, lo que está más allá de nuestra comprensión, lo que intuimos y no vemos.
La noche es un símbolo poderoso donde primariamente establecemos la relación con la oscuridad. Supo haber día y noche, dos momentos diferenciados: uno para trajinar y otro para descansar, hasta que el hombre fue prolongando la luz de manera artificial.
La noche puede representar un momento de transformación, donde las reglas y convenciones se desvanecen; a menudo es un momento de misterio, donde las sombras y la oscuridad esconden secretos.
Puede ser un momento de introspección, donde las personas reflexionan sobre sus vidas y decisiones; también puede ser un momento de peligro, donde nos enfrentamos a amenazas y desafíos.
El cielo nocturno es un espectáculo impresionante, lleno de estrellas, planetas y constelaciones que se destacan bellamente.
Las constelaciones, como la Cruz del Sur, son patrones de estrellas que han sido identificados y nombrados por culturas de todo el mundo, como también la Osa Mayor en el hemisferio norte.
La Luna es un elemento destacado en el cielo nocturno, con sus fases y eclipses, siendo la Vía Láctea la galaxia en la que vivimos y que se puede ver como una banda de luz en el cielo nocturno.
Bajo ese manto estamos nosotros, moviéndonos desde siempre en la noche.
Por allí crecimos a tientas como humanidad. Nos sentamos a observar a la luz de la luna y, con el fuego, dimos lumbre a la oscuridad, que le robamos al rayo. La fogata hizo posible la reunión y, con ella, el relato, las historias, las confesiones y las lecturas del cielo.
Pero también la noche es un lugar donde podemos aún hoy, como hace cien años, ver a quienes la transitan anestesiados, idos o locos por las calles.

Recientemente apareció una reedición de editorial La Pollera de un libro muy interesante de Jack London, El pueblo del abismo. Allí el escritor recoge una serie de crónicas sobre cómo se instala el capitalismo en Londres. Y lo que realmente impresiona son las similitudes que ese pasado nos trae al presente, con multitudes desplazadas a la marginalidad de la noche. Un mundo espantoso de ambulantes nocturnos, hacinamientos terribles y condiciones de esclavitud laboral. A los que se suman hospicios, ofertas de caridad y reclusión preocupadas por la vigilancia y el encierro. Todo un compendio del martirio humano de aquel orden económico tan parecido al de hoy. Una sociedad librada a la ley del mercado y a su paradojal resultado: la deshumanización.
Hoy, como ayer, hay un mundo que poco conocemos o tememos por lo poco que sabemos de él. Porque cada vez la naturalidad de la noche está más lejos e invisibilizada por las luces de la ciudad, que nos impiden verla. Entonces, ¿para qué salir si allí acecha el peligro? Un mundo donde caen, no los que siguen en la saludable bohemia, sino aquellos que quedaron fuera del mundo del trabajo y del supuesto progreso.
Hoy, como ayer, la noche amplía las posibilidades del día para transitar las calles sin exponer el dolor públicamente, en borracheras tristes o en risas desesperantes.
Pero todo ciclo se termina en algún momento, y esas noches largas tienen su decaimiento para las noctámbulas vidas sin techo, que bien saben leer los guardianes públicos de la seguridad.
En las calles hay un decidido hostigamiento cuando se acerca el alba para el ejército de desarrapados que las habita. Una actitud policial que pocas veces vemos ante otras situaciones de intensidad mayor y de gran preocupación vecinal. Patear al caído, al que no se puede defender, parece ser la acción valiente de nuestra Policía de la Ciudad.
Caminando en la mañana, cuando los habitantes de la noche buscan reparo para el sueño, observamos actitudes de amedrentamiento, como patearles los hatos de ropa y las pertenencias. Vemos interrogatorios furtivos, vemos la presencia hostil para que quien se está acomodando para dormir circule, camine, no duerma. También vemos cómo los patrulleros hacen sonar sus sirenas, como lobos, cerca del caído en las calles. Un modo de despertador violento para que ese cuerpo yacente se levante y ande hasta desfallecer.

Ya de día muchas veces el transeúnte confronta con imágenes de gente derrotada, caída, abatida por el cansancio y tirada en cualquier lado. Ya no es solo el refugio de algún umbral que lo permita ni el banco de la plaza. Hoy ese momento de rendición física ocurre en cualquier lado y sin ningún decoro. Es con el cordón de la vereda como almohada; es a lo ancho de la acera, entre los transeúntes que los esquivan. Es donde se cae, donde sea, donde la suerte deposite a esos cuerpos como la bolilla de la ruleta.
Así se persigue y extermina a una población excedente y descartable; así se la enloquece, se la somete a riesgos y al posterior encierro que, si es evitable debido a algún accidente, será la mejor solución.
Es absolutamente increíble la similitud con las crónicas de London, que muestran la contracara del Londres rico y burgués con ese otro de suburbio.
Es triste corroborar cómo el accionar policial y los dispositivos para quienes quedaron fuera del reparto del bienestar tienen la misma inspiración, concepción y ejecución cien años después.
La única diferencia es que hoy quienes se mueven en las noches están visibles en toda su humanidad y desgracia. La luz llega a toda la ciudad y ya no es lo que vio London: aquel policía inglés con su linterna en bandolera buscando espectros escondidos entre la niebla y la noche.
Lo que sí nos equipara, aún hoy, con las grandes capitales es este fenómeno de abandono de personas en las calles, que se repite con alguna variante local.
Así, la noche se ha transformado en un calvario para muchos y muchas, a quienes las multitudes matinales —aún laboriosas— de la ciudad ven en su etapa terminal y más decadente por las mañanas.
Mientras algunos duermen y elaboran sus sueños, otros deambulan para sobrevivir y empezar a morir en cualquier lugar cada mañana, donde caigan.
*La imagen principal fue creada con Inteligencia Artificial.






