Hoy la ciudad está bajo un efecto que enrarece la atmosfera social y nos impide ver, muchas veces, lo que pasa en las calles. Esa perturbación de nuestras vidas, se llama tristeza y crece como una mancha de aceite.
La tristeza: a veces adquiere la forma de paisaje. Está en las personas que duermen sobre cartones; en los rostros tensos de quienes no saben si el dinero alcanzará para llegar a fin de mes; en la suciedad acumulada que se mezcla con los olores de la ciudad; y en la sensación de abandono que se percibe al caminar.
Está también en los carteles que prometen castigos; en las imágenes de la fuerza policial irrumpiendo en los barrios más vulnerables, como una “Tormenta negra”; y en las miradas cansadas de quienes parecen cargar más preocupaciones que esperanzas. La tristeza urbana se vuelve entonces una atmósfera compartida: una combinación de incertidumbre, desigualdad y desgaste social que se adhiere a las paredes, a las veredas y a los cuerpos, como nuestra inseparable humedad. No es solo la pobreza material lo que se observa, sino la sensación de que una parte de la comunidad ha dejado de sentirse cuidada por el conjunto y marcha beligerante a la deriva. Cada choque fortuito de hombro en las calles transmite, no ya el descuido, sino el castigo.

Hay hambre en las colas que alimentan en las plazas, apuro en los pasos y una tristeza silenciosa en las miradas vacías. No es una tristeza estridente; es una pena que se ha vuelto costumbre, que habita los rincones. El dolor social ya no sorprende y corre el riesgo de olvidar que detrás de cada rostro hay una historia que pide ser escuchada.
La tristeza no surge únicamente de la pobreza visible, sino de la percepción de que los vínculos de solidaridad se debilitan y de que amplios sectores de la población viven en una situación de incertidumbre permanente.
Es un cansancio particular que surge cuando una persona percibe de manera constante los signos de la desigualdad, el conflicto y el sufrimiento social. Se experimenta entonces una mezcla de impotencia y sobrecarga emocional: ve los problemas, los reconoce, pero no encuentra una forma inmediata de transformarlos. Esa distancia entre la conciencia y la acción posible es una de las fuentes más profundas del agobio urbano.

Atravesar la ciudad es sumergirse en escenas que nos interpelan. Un hombre embolsado, con movimiento latente de oruga, intimida en la ochava; una mujer revolviendo residuos; un joven con la mirada perdida; un cartel que amenaza meter presos a los “trapitos”; mientras la luz azul de las sirenas tiñe edificios y penetra ventanas. La ciudad se vuelve una sucesión de signos difíciles de ignorar.
Buenos Aires y su prestigio no nacieron solamente de sus edificios o de su prosperidad económica, sino también de la riqueza de sus encuentros cotidianos, de sus barrios y de una cultura urbana construida durante generaciones.
Sin embargo, cabe preguntarse cómo imaginan la ciudad quienes la gobiernan sin conocerla, ni vivirla, ni habitarla. Quienes la conocen más por informes, ceremonias oficiales o recorridos programados, que por la experiencia de caminarla sin custodia ni agenda.
Tal vez desconocen los últimos cafés donde todavía se discute la nada en ejercicio existencial, la política, el fútbol, la música, un dolor, la familia y se cultiva la amistad. Lugares fuera del mundo virtual. ¿Saben de los teatros independientes, los cines de barrio, los rincones donde la ciudad conserva su memoria y también sus heridas? ¿Les importa su edificación patrimonial amenazada por la piqueta, de las leyes que promulgan? ¿Conocen sus grandezas y miserias?

Tal vez por ese desconocimiento, aparezca el riesgo de administrar una idea abstracta.
La tristeza social, el desencanto y la rutina suelen robarnos dos capacidades fundamentales.
Imaginar y soñar como un acto político y revolucionario, para meterse en la realidad y empezar a crear las condiciones de transformarla.
Quienes pretenden cambiarla sin conocerla profundamente, corren el riesgo de confundir modernización con imitación y progreso, con uniformidad, olvidando que el valor de Buenos Aires ha residido siempre en su diversidad permanente.
La tristeza social, el desencanto y la rutina suelen robarnos dos capacidades fundamentales: imaginar y soñar como un acto político y revolucionario, para meterse en la realidad y empezar a crear las condiciones de transformarla.
Eso no lo va a lograr el gobierno de la ciudad, con sus renders, ni la IA, con su sapiencia sin corazón.

El primer sueño que imaginar: deberá ser que Buenos Aires se transforme desde sus orillas, y no al revés, ya pagamos ese terrible costo que nos confinó a no tener horizonte, ni justicia ambiental y social. Una ciudad donde la vivienda digna sea un derecho efectivo y no un privilegio. Donde el transporte público y la bici, derroten al automóvil. Por ejemplo, un transporte polimodal, empezando por el fluvial, que una al Río de la Plata y al Riachuelo, con el transporte aéreo, los colectivos, los subtes, trenes y bicis, generando nuevas centralidades, homogeneizando el desarrollo de la ciudad. Donde la educación pública recupere toda su excelencia y donde la cultura vuelva a ocupar el lugar central, de producción, goce y ocio, que alguna vez le permitió a Buenos Aires ser una referencia próspera. Todo de cara al río, educando, viajando y observando el horizonte perdido.
Imaginemos también una ciudad reconciliada con el resto del país consciente de “su destino sudamericano”. Una ciudad menos encerrada en sí misma, menos preocupada por mirarse el ombligo y más dispuesta a tender puentes y a cantar. Una ciudad que reemplace la indiferencia por la convivencia, la discusión y el encuentro colectivo, tenido como faro sus orillas.
El segundo sueño que imaginar: ya que las políticas públicas tienden a confinarnos en la casa y en los celulares; generar un gran encuentro creativo para la transformación definitiva de Buenos Aires. Hay ideas, proyectos, experiencias y una enorme tradición colectiva de participación, tal vez olvidada, por la política distrital, que no arriesga lo suficiente a la hora de pensar otra ciudad. Morimos en el posibilismo de las propuestas tristes.

El tercer sueño por imaginar exige interpelar a quienes tienen capacidad de aportar y, sin embargo, no lo hacen: con su compromiso, su conocimiento, su trabajo y también con sus impuestos. Quien más gana, más debe contribuir. Eso es posible si actuamos con audacia y valentía. Y a quienes admiran la prolijidad con que los holandeses mantienen sus ciudades, limpian sus pisos, hasta el punto de que podrían filtrar con una taza de té las aguas de sus canales, conviene recordarles algo elemental: esa calidad de vida se sostiene porque quienes más tienen son también quienes más aportan.
Debemos volver a encontrarnos como comunidad en una ciudad ambientalmente justa, que conmemore esos cambios en los lugares que hagan a la pausa cotidiana del trajín y los señalen. Por ejemplo: este parque conmemora el aire puro; este otro, los árboles; este, los ríos; en este vamos a conmemorar el cielo; aquí sabrás lo importante de pisar el pasto descalzo.
Consignas vitales, de apropiación para el cambio de percepción. Ser una ciudad incluyente, que no ignore a las mujeres y su experiencia cotidiana en la vida urbana organizada para sostener y facilitar a la ciudad de los hombres. Porque una sociedad no se mide por la fortuna de los más exitosos, sino por el destino de los más vulnerables y la felicidad de quienes la habitan.
El filósofo alemán, Karl Jaspers describía a la fe como un salto, el que se da cuando la razón agotó todas sus respuestas y algo nos impulsa a seguir adelante y saltar. Cuando ya no queda nada, queda la posibilidad de saltar. Y ese salto es la fe.
Jaspers vino a mí en la universidad y lo menosprecié por irracional y religioso. Juan Pablo Feinmann me lo trajo años después, vinculándolo a la política. Ya más experimentado y menos universitario, entendí que no todo pasaba por la razón. Él decía que el momento más brillante de la política, suele producirse cuando esta quiebra la interpretación pragmática del arte que ejercita. Cuando se atreve al coraje del místico o del artista, “esos quemadores de naves”, decía Feinmann. El salto del político es la búsqueda del espacio nuevo, de la realidad no dada. Entonces saltar se convierte en un acto de fe. Saltar pese a todo es el acto fundacional por excelencia. Si queremos soñar e imaginar la tercera fundación de Buenos Aires, debemos saltar. Veinte años con quienes nos maquillaron el dolor son demasiados y es muy poco lo que dejan…






