Reflexiones a partir del libro Sueños y testimonios: inconsciente y discurso jurídico, de la psicoanalista Fabiana Rousseaux.
En un tiempo marcado por la crueldad y la torpeza, la psicoanalista Fabiana Rousseaux lleva el gesto humano de atención y cuidado hasta los sueños mismos. Si la época premia la banalidad y el desamparo, Rousseaux habla de “crear las condiciones para volver a ligar lo que el terror dejó coagulado, porque allí se juega la posibilidad de restablecer un derecho al sentido”.
En su reciente libro Sueños y testimonios: inconsciente y discurso jurídico,publicado por Ediciones La Cebra, Rousseaux comparte un aspecto –quizás lateral pero, como verán las lectoras y lectores, siempre presente– de su vasta experiencia trabajando junto a víctimas-testigos en los juicios a los responsables de crímenes de lesa humanidad en la Argentina. En esa tarea, escuchó los duros testimonios en que las palabras se vuelven performativas, reescribiendo las experiencias del pasado sobre la vivencia del presente, y donde el más mínimo detalle puede traer reparación para unos y condena para otros.
Pero también supo prestar atención a otro registro: el de los sueños de esas personas; sus sueños tumultuosos, herméticos, fragmentados; sueños, en este caso, de una memoria perdida y a la vez persistente. En los pasillos de los tribunales, en la trastienda de las audiencias, se detuvo en el comentario sobre los sueños. En definitiva, otra trastienda, esta vez, de nuestra vida y que de por sí implica algo que se nos escapa, a mitad de camino entre el recuerdo y el olvido, entre lo íntimo y lo común. Algo que todos hacemos siempre pero que pocas veces podemos conservar.
Rousseaux –fundadora y directora de la asociación civil Territorios Clínicos de la Memoria (TeCMe)– explica que “cuando contamos algo debemos poder realizar una operación de olvido, olvidar algo para poder recordar algo. El olvido se convierte entonces en trabajo de la memoria, el reverso de ‘Funes el memorioso’ que, al recordarlo todo, ya no podía pensar”. De ahí que “no se trata entonces de un simple juego dicotómico entre la memoria y el olvido, sino de un trabajo de ficción y de escritura”, porque “es a partir del encuentro con lo indecible que el sujeto produce nuevas significaciones”.
En los pasillos de los tribunales, en la trastienda de las audiencias, la autora se detuvo en el comentario sobre los sueños. En definitiva, otra trastienda, esta vez, de nuestra vida y que de por sí implica algo que se nos escapa, a mitad de camino entre el recuerdo y el olvido, entre lo íntimo y lo común.
La autora comparte tres sueños y tres historias de vida, y con ellas compone un recorrido posible por el momento más lúgubre de la historia argentina reciente, algunos de cuyos rasgos se filtran en nuestro presente, otra vez mediante el discurso y las acciones de un Estado deshumanizado.
Rousseaux se preocupa por lo que se cifra en estos sueños, lo que en ellos persiste y retorna, porque sabe que, tal vez, lo que se ignora en un relato se recuerde en otro. Luego, ayudará a conectar ese hallazgo con el mundo de la vigilia y su registro más exigente: el de los procesos judiciales. Como explica, para quien sueña con las experiencias del dolor, cruzar las fronteras de la decisión que implicaría asumir lo onírico como verdad, es difícil, pero a su vez, ahí se juega un “derecho al sentido”.
“Testimoniar, en estos casos –advierte–, es fundamentalmente un derecho. Plantearlo en términos de deber no hace más que agudizar la revictimización de quien porta en su cuerpo una verdad que en algunos casos no se puede transponer al plano de lo público por la magnitud y por la profundidad de la marca”. Radica allí “la imposibilidad de hablar acerca de eso (…). Porque no puede olvidarse que la instancia probatoria está vinculada a demostrar la objetividad de los hechos, cosa que deja por fuera la dimensión que eso tuvo para quien debe relatar lo vivido”.
Rousseaux se preocupa por lo que se cifra en estos sueños, lo que en ellos persiste y retorna, porque sabe que, tal vez, lo que se ignora en un relato se recuerde en otro. Luego, ayudará a conectar ese hallazgo con el mundo de la vigilia y su registro más exigente: el de los procesos judiciales.
En ese punto, el libro parece revelar un destinatario último, más allá de las víctimas, los testigos y todos los que, conmovidos, participamos desde el compromiso personal, político e histórico. Se trata de quienes juzgan, de quienes escuchan, evalúan y dictaminan. En esa perspectiva, podemos pensar que Rousseaux hace un pedido de reciprocidad en nombre de quienes brindan testimonio y hacen el esfuerzo de recordar, contar y revivir el dolor propio en pos de una memoria, una verdad y una justicia que son colectivas.
“El testimonio –explica– es el consentimiento a la renuncia de la venganza de modo definitivo”. A diferencia del argumento de la obediencia de vida, “los testimonios se pronuncian para sostener una memoria que asuma un legado de dignidad, ya que la justicia no puede hacerse de cualquier modo”.
De esta forma, este libro se enmarca en la larga tradición psicoanalítica que escucha el relato de los sueños y pone al sujeto frente a las piezas perdidas del relato de la vigilia, para asumir una nueva versión de su vida, basada más en lo real que en la realidad. Como cita Rousseaux, “Freud decía que soñamos para seguir durmiendo y Lacan que nos despertamos para seguir soñando”. Y los dos tenían razón.






