Fíjate de qué lado de la mecha te encontrás
“Somos unos quesos”, es la autocrítica que hizo el dirigente social Juan Grabois al referirse a la performance y errores estratégicos del campo nacional y popular frente a la actual gestión de gobierno. Una sentencia que merece ser tomada muy en serio. Veamos.
Mientras los partidos políticos tradicionales muestran dificultades crecientes para convocar y representar a amplios sectores de la sociedad, las calles argentinas continúan siendo escenario de movilizaciones masivas.
Las marchas feministas, las protestas universitarias, las manifestaciones de jubilados y los rituales multitudinarios vinculados al fútbol o al universo ricotero despidiendo al Indio Solari, revela un fenómeno que atraviesa la vida pública contemporánea:
La representación no gira principalmente alrededor de las instituciones políticas, sino de comunidades afectivas construidas sobre identidades compartidas, emociones colectivas y sentidos de pertenencia.

Lejos de expresar una despolitización generalizada, la crisis de representación política parece haber impulsado una transformación en las formas de participación. La desconfianza hacia partidos, sindicatos y estructuras parlamentarias convive con una intensa búsqueda de espacios de identificación colectiva.
Allí donde la política institucional aparece incapaz de responder a las demandas sociales, emergen redes de solidaridad que encuentran en la cultura, el deporte o demandas sociales múltiples una fuente de reconocimiento y contención de fuerte contenido político. La representación política es la que está en crisis.
Desde esta perspectiva, la identidad funciona como una auténtica trinchera. Los individuos ya no se reconocen únicamente a través de una pertenencia partidaria, sino mediante símbolos, prácticas y rituales compartidos.
Un pañuelo verde, una camiseta de fútbol o “banderas rojas, banderas negras” en una movilización masiva adquieren un valor político que excede su significado literal. El cuerpo en el espacio público se convierte en un vehículo de expresión y de construcción comunitaria.

La sociología contemporánea ha interpretado este fenómeno como la emergencia de nuevas “tribus” o comunidades emocionales.
En ellas, la cohesión no surge de programas ideológicos cerrados sino de experiencias compartidas y vínculos afectivos intensos.
Estas formas de agregación colectiva poseen una capacidad de movilización que muchas veces – en nuestro país siempre -, excede ampliamente a la de las organizaciones políticas tradicionales.
Al mismo tiempo, la política institucional intenta adaptarse a este nuevo escenario, pero no lo logra. Los dirigentes contemporáneos comprenden que la disputa ya no se desarrolla únicamente en el terreno de las propuestas programáticas, sino también en el plano simbólico y emocional. Daba pudor por citar un caso reciente, ver a muchos dirigentes políticos transformarse en “ricoteros de la primera hora” en estos días de duelo masivo.

Es que la construcción de figuras públicas asociadas a la rebeldía, la épica o la cultura popular responde precisamente a la necesidad de conectar genuinamente con una ciudadanía atravesada por la polarización afectiva y por la búsqueda de referentes identitarios verdaderos, no máscaras.
Dicho lo dicho, a nuestro juicio existe un solo liderazgo opositor que ocupa un lugar singular dentro de este proceso: el de Cristina Fernández de Kirchner.
En este marco conceptual la exmandataria logró construir durante largos años un vínculo político-afectivo de gran intensidad con sectores significativos de la sociedad. Ese lazo afectivo no se fundamenta únicamente en la adhesión política o a un programa de gobierno, sino en una memoria colectiva asociada a la ampliación de derechos, la movilidad social y la presencia activa del Estado.
Ese vínculo constituye una forma de representación que trasciende la lógica electoral convencional.

Las identidades políticas con densidad se estructuran alrededor de pasiones compartidas y experiencias históricas comunes. Por esa razón, la representación no puede reducirse a una cuestión administrativa, o de mercadotecnia, sino que implica la capacidad de articular emociones, expectativas y sentidos de pertenencia.
En ese marco, la condena e inhabilitación de Cristina Kirchner supone algo más que una decisión judicial y el reclamo por su libertad no es una consigna electoral.
Su proscripción es una clara estrategia orientada a interrumpir el canal institucional a través del cual millones de ciudadanos expresan sus demandas y su identidad política y dan, entonces plenitud a la democracia que hoy es solo una simulación a la que convalida no solo el oficialismo y sus adherentes.
En este marco es que el concepto de lawfare aparece como una herramienta para describir una forma de disputa de poder que busca limitar la capacidad de representación de los liderazgos populares y desnaturalizar el régimen democrático incapaz de procesar sus intereses facciosos.

La paradoja, es que la exclusión de una figura política con fuerte arraigo social puede producir efectos contrarios a los buscados. En lugar de debilitar el vínculo emocional con sus seguidores, podría reforzarlo.
La proscripción transforma a Cristina Kirchner en un símbolo de resistencia y profundiza la percepción de que las instituciones son incapaces de procesar democráticamente los conflictos políticos.
Así las cosas, la crisis de representación no conduce necesariamente a la apatía. Más bien impulsa una reorganización de la vida política alrededor de identidades, emociones y comunidades afectivas.
En una sociedad donde los partidos pierden capacidad de intermediación, el conflicto por la representación se desplaza hacia el terreno de los símbolos, los liderazgos y los afectos colectivos. Allí se juega buena parte de la disputa política argentina contemporánea y en su centro sigue estando Cristina Kirchner y los primeros que lo saben son los representantes del bloque en el poder y el poder judicial que reproduce sus intereses.






