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Yo, de política, no hablo

Por Alejo Álvarez Tolosa
4 agosto, 2024

Frente al cementerio de la Recoleta, en medio del barullo y los turistas, los puestos y el frío de este invierno crudo, un hombre planta una pequeña mesa. La tapa no mide más de treinta por treinta centímetros, es de chapa y alta; sobrepasa su cintura. Después saca, de una bolsa, tres vasos plásticos y una pelota roja de goma espuma. Empieza la timba: mueve los vasos boca abajo con una agilidad imprevista, a una velocidad llamativa y, mientras lo hace, le habla a los curiosos que se acercan a observar con detenimiento, para no perder de vista cuál es el vaso que oculta la pelota roja, y les explica la metodología del acto. El o la valiente debe apoyar un billete de mil pesos en la mesa y dar vuelta el vaso elegido, en donde debería estar la pelota; si acierta duplica el valor de lo apostado, si erra pierde todo, claro. Más de una docena de personas se acercan. El primer valiente, alto, de anteojos, rubio, apoya el billete, da vuelta el vaso, y gana. La muchedumbre se excita: si gana uno, todos (sienten que) ganan. Aparece otro, buzo rojo, jean oscuro. Apoya, elige, gana. Todos y todas se sonríen. Parece fácil. El futuro es mejor; eso venden. Una pareja de jóvenes se acerca, miran, hablan entre sí y ella, tímidamente, saca de su bolsillo un billete doblado al medio. Miran los vasos ir y venir, se deciden y apuestan. El prestidigitador de vasos se detiene y en los pocos segundos que separan a la apuesta de la elección, el rubio de anteojos grita exasperado que el vaso del medio, que está ahí, que dale, que ganan, que él lo vió. Confundidos dudan, y el malabarista de vasos aprovecha el instante para rotar una vez más los vasos, de manera casi imperceptible. El caos es su aliado; el pilar necesario para erguir la estafa. Eligen el del medio: pierden. La desilusión parece impregnarse sobre todos y todas. Una más, anuncia el hombre mientras guarda el billete en el bolsillo. Ahora apuesta y elige el del buzo rojo, y gana e inyecta ilusión; la endeble oportunidad de ganar siempre es más fuerte que la tediosa y conocida realidad. La secuencia se repite durante más de media hora, alternando entre perfectos desconocidos y cómplices que venden el espejismo de la victoria; lo mismo que cantos de sirena, igual que poner la venda, antes que la herida. Y es así, un ejemplo basta, o un reflejo de la cotidianidad, entendiendo que la mínima expresión de un hecho explica también la máxima; que si lo líderes salen del pueblo, entonces eventualmente, sino siempre, tendrán puntos en donde converger y coincidir: ¿por qué habríamos de suponer que el poder y la política deberían comportarse diferente a cualquier almacenero, administrativo, vendedor ambulante o estafador de recoleta? Lo que distingue a unos de otros es, al final del día, los recursos con los que cuenten, o no, para alcanzar un lugar más o menos alto. Igual que en una timba callejera, en donde mientras uno hace el truco y otros, en complot, fagocitan la escena y facilitan el engaño, también sucede en la política de un país, cuando la mentira intenta parecérsele a la verdad, tanto como para camuflarse aunque sea por un breve lapso, quizá el suficiente, como para ir a votar. Al final, igual que en un país, los estafadores son los primeros en correr cuando la cosa se pone peluda. Llegan por engaño y después se van por su antítesis: el desengaño. Y si te he visto no te conozco, y si te conozco no tengo nada que ver con vos. El engaño debe ser tan grande, y los engañados tantos y tantas, que es necesario contar con la mayor cantidad posible de cómplices. No importa el color, todo vale. Amarillos, leones, radicales, patos. Y como todo lo que se agrupa acaba amontonándose, y todo lo que se amontona termina corrompiendo, indefectiblemente, la idea o el fin que en un principio los unió, está claro entonces que el fracaso no solo es inminente y natural, sino también, necesario para preservar (lamentablemente) las individualidades que en primer lugar ellos mismo sucumbieron en pos de tragarse el orgullo y vender el cuento. En último lugar corren los estafados, y el motivo es obvio: a nadie le gusta que le vean la cara. Yo, de política, no hablo, dicen entonces como si esa frase fuera un codo que barre lo que votó la mano, o lo que dijo la boca. Tiran la mano y esconden la piedra para que nadie la vea y no los delate. En medio de esa estafa política y electoral se disputa la política, y por ende el destino, de la Argentina, desde hace ya cuarenta años.

El engaño debe ser tan grande, y los engañados tantos y tantas, que es necesario contar con la mayor cantidad posible de cómplices.

Pero no alcanza, nunca alcanza. Y entonces, ahora: el dolor. Que si no fuera lo suficientemente triste, podría ser un buen chiste nacional; quizá el mejor chiste nacional. El tema alcanza y sobra para un sinfín de ironías jocosas y divertidas, aunque sería, también, la mejor excusa para que vuelvan a caer en la crítica que tanto ofusca y molesta: nacional, para algunos, es lo mismo que basura. Por eso, con seriedad y sin dobles sentidos, para que nadie pueda hacerse el distraído: es demasiado peligroso inculcar el sufrimiento como un camino necesario y aceptable para evitar una supuesta trampa. ¿Qué trampa? El dolor y el sufrimiento no deberían estar, moralmente al menos, permitidos como instrumento de falsa preservación, como condición sine qua non para alcanzar un (supuesto) futuro mejor. Bajo la patraña de sufrir para estar mejor han logrado, sorprendentemente y jactándose de ello, llevar adelante el ajuste más brutal de la historia sobre el pueblo Argentino, sobre la educación, sobre la clases medias y bajas, sobre los jubilados. El esfuerzo, a diferencia del sufrimiento, proviene de ámbitos más terrenales y honestos, como el trabajo y el estudio; el sufrimiento, en cambio, es padecer sin más, y conformarse con eso, así, con sospechosa alegría. En fin: una canallada liberal y capitalista que de lunes a lunes regresa sin retraso ni condescendencia, y siempre sobre los mismos, a desmoralizarlos y convencerlos de que eso es la vida. Hasta hacerlos enloquecer. Desengañemonos: sufrir como producto de una estrategia no es altruismo nacional, es perversión. Al igual que con los vasos y la pelota, la intención es siempre la misma: que la inmensa mayoría crea en algo ilusorio y falso que posee, sin más, un doble fondo donde oculta la verdad. Y al final, la única intención cierta, es que apoyemos el billete sobre la mesa, o el voto en la urna, y elijamos un vaso, o al candidato que hoy gobierna, totalmente convencidos, por engaño o espanto, de que allí está la pelota, o la respuesta, o la solución. No es una novedad, quizá por eso mismo nadie se sorprende: es una antigua práctica que algunos compran porque los convencieron de que esfuerzo es sinónimo de sufrimiento, cuando en verdad nadie que esté en sus cabales, o despierto, se esforzaría para sumergirse en el dolor. Nadie, ni siquiera ellos. El tiempo es un lujo. ¿Amparados en qué vericueto mental pretenden que el pueblo Argentino dé lo que ya le han quitado? A unos pocos metros de la estafa de los vasos, entrando al Cementerio de La Recoleta, uno puede caminar entre los mausoleos y las bóvedas y encontrarse con la de José Hernandez, Oliverio Girondo, Zully Moreno, o Adolfo Bioy Casares, entre otras, y detenerse en un detalle: el tamaño de las puertas. Bajas. Sumamente bajas. Y encontrar, allí, la esencia de la que carece el presidente; la delicada y necesaria condición que todo mandatario debiera tener para poder acceder al sillón de Rivadavia. Es más: la Casa Rosada debería tener una de esas mismas y diminutas puertas, lo suficientemente bajas como para que, quien pretenda pasar por ella, deba poder y estar dispuesto a agachar la cabeza. Ningún presidente debería tener más orgullo del que pueda tragar. Ningún interés personal debería estar por sobre los de todos y todas. Pero qué lejos estamos de eso, y qué cerca él de la casa de Gran Hermano.

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