A Luis “Piraña” Salinas lo frecuenté en reuniones por los 90; la pasé muy bien con su charla vivaz, discusiones políticas y conocimientos varios, no fuimos amigos.
Fue de una juventud cercana a la mía, pero lejana. Él y su grupo de pertenencia eran de los 50 y el mío de los 60, eran los grandes de los barrios y lo siguieron siendo después de la última dictadura.
Luis estuvo preso y fue un testimonio, de esa película/nexo entre generaciones llamada Cazadores de Utopías, de Coco Blaustein.
Sentado de espaldas al sentido en el que iba el tren, a contra sol, en un vagón japonés (los “modernos” de aquel FFCC Mitre), cuenta algo que me quedó grabado: “Viví una época en la que el mundo iba hacia el lado al que yo quería ir”. Lo dijo en pleno menemismo, época de tristeza y angustia que nos replegaba, al mismo tiempo que nos reintroducía en la música, la literatura, actividades sociales y políticas junto a algunos pocos y pocas. Momentos introspectivos viciados de nostalgias prestadas y vicios propios. Él se sentía a contramano y nosotros habíamos perdido la ilusión que había traído la primavera democrática. Algunos seguíamos porfiando con la política, buscándole la vuelta.
Luis falleció joven. Siempre pensé en él, durante la Década Ganada. Fue una articulación, que se nos apareció en la vida, una representación de los que no aparecieron. Alguien que ayudó a juntar los pedazos destrozados de un espejo, en el que intentábamos mirarnos.

Una persona no es nunca sola: lleva un bagaje de vida y es la primera fuente, la que nos abre al libro, a la canción, a la anécdota, a la conversación. Una persona, está hecha de un plural de historias.
Esos encuentros no son dignos de la alcahuetería del poder, en la que ganan los cortesanos y los arribistas. Allí se engendra el odio, no poder convivir con las historias propias sinceramente y menos con las de los otros.
Pero a no impacientarse, creer que se construye de otra forma tiene otros manejos del tiempo. Hoy los algoritmos parecen ser los únicos transmisores tramposos que digitan nuestro deseo antes de omitir opinión. Un gran atajo de la pereza en que se nos educa. No somos pocos los que aún creemos en el cara a cara y el valor de transmitir la experiencia contando una historia, simplemente. Los sueños de Bolívar y San Martín hoy se deben contar más que nunca. Contarlos en el repecho, los hace importantes, no en la cima de la victoria, nomás.
Daniel Suarez, vehemente educador, sostiene que hay que reconstruir lo humano: “Frente a la disolución de la humanidad, la disolución del deseo, la impugnación de la experiencia, narrar es lo que nos queda de humano; narrar ese resto”, explica con erudición.
Somos una generación que vivió muchos cambios atravesando una cantidad innumerables de acontecimientos. Teníamos al año 2000 como una señal en el horizonte, donde para muchos la sentencia era que nos encontraría “unidos o dominados”; para otros tantos íbamos a vivir como Los Supersónicos.
Vivir en sociedad implica transferir valores de una a otra generación y todo no es tan lineal, entre Perón y Robotina* había un mundo.

Hay cuestiones que nos unen por igual, ideas de patria, bandera y territorio, términos que hoy se alejan del concepto de unidad. También el barrio perdió ese concepto unívoco: ahora un barrio son muchos barrios, lo virtual se construyó sobre lo deconstruido, “sobre el presente y sobre el futuro, ruinas sobre ruinas”, anticipó el bicolor que vio todo. Charly García.
Los denominadores comunes requieren del otro. Un libro prestado nos llevaba a otro libro y otras personas, una canción cantada por alguna hermana mayor, en su momento, nos mostraba otro mundo. Una zamba en un patio me enorgullecía de mi viejo, me enseñaba su canto y su poesía de provincias.
Las canzonettas entonadas en italiano por la familia de mamá, La Gringa, me conectaban con otros mundos lejanos, y doloridos, junto a la teatralización de la emoción.
Qué decir del cine del barrio y su desordenada programación de películas, que nos llevaba a reír con Los Cinco Locos en el Supermercado o a llorar, con La última Nieve de Primavera, sin olvidar, Al este del paraíso, film al que considerábamos un plomazo, pero todos marchábamos junto a Trinity y James Bond y por ahí se colaba Juan Moreira.
Así andábamos armando un argumento en la vida. En un barrio donde se picoteaba acá y allá, un “cacho” de cultura, como decía Clemente. Ese era nuestro sustrato cultural, bastante común y extendido, donde la vida iba hacia donde la mayoría del barrio quería ir, como la del Piraña.
Nos ordenábamos detrás de algunas referencias, como los pibes de la JP, de la UB “Perón o muerte” de al lado de casa. Nos llevaban a la colonia de vacaciones, nos daban apoyo escolar y la merienda, nos cuidaban. Años después me encontraría haciendo lo mismo. Hoy los recuerdo, busco inspiración en su epopeya del “Luche y vuelve”, pensando en CFK. Siento que mis hijas deben ordenar su mundo con tanta o más información de la cual disponíamos; ellas no saben de lados A y B de un Long Play. Los Beatles son un continuo, y eso me deja un espacio para contar y explicar para ser también nexo, para narrar.

Ellas traen lo nuevo. Me acercan a Milo J, que canta con Mercedes Sosa, me hacen encontrar un punto en común, escuchándolos cantar la Canción del Jangadero. El, se mete con esa música litoraleña que, de niño, se escuchaba en casa. Eduardo Falú y la alta poesía de Jaime Dávalos, resucitan junto a la Negra, en la posibilidad del encuentro inteligente de un pibe de Morón, para nada artificial.
Ellas escuchan gracias a él, como yo gracias a León, presté atención al chamamé y mi padre al rock nacional. Se preguntan qué quiere decir jangada, y yo meto cuchara. También estudiamos la poesía y sus metáforas. El poeta dice: “Es el peso de la sombra derrumbada”, y describe a esa formación de troncos hachados y arriados por el río. El peso de la sombra, algo que no tiene peso, como el alma. Quizás está sea el alma proyectada del árbol que se va. Abrimos una interpretación. Tal vez desde el trap y su música urbana, Milo J, está construyendo otras metáforas de los viajes y las cargas que lleva está nueva generación. La polisemia de la poesía es lo mejor de la poesía.
Es imposible frenar la cultura popular si se alimenta desde esos costados perdidos, a los que nadie presta atención. El arte ha ayudado a desarmar las estructuras más herméticas y siniestras. Por eso le temen los autoritarios. Es como el agua: siempre va a pasar. Nosotros sabemos lo que fue nuestro rock y las coyunturas que atravesó -guerra mediante- para que viviéramos y pudiéramos respirar.

Fuimos contemporáneos de Charly, Spinetta, Goyeneche, Mercedes Sosa, Norma Leandro, Favio, Piazzolla, María Elena Walsh, Yupanqui, Maradona, Borges, Luca y el Indio y otros tantos y tantas, por suerte. Fueron muchos y muchas, quienes como diría el poeta salteño antes mencionado, supieron pasar y pisar. Hemos habitado, lugares, canciones, memorias y sentimientos que se transformaron en mojones. Así también se llama una cantata, la bautizó de ese modo, que hace unos años crearon Liliana Herrero, Teresa Parodi, Juan Falú y Horacio González. “Mojones, signos y memorias de la patria”. Ese título no habla del mojón que fija límites, en señal de heredades y fronteras de la propiedad, la patria muerta. Habla de sueños en ciernes e inconclusos. Habla de mojones que van al despoblado para que sirvan de guía, para andar el camino, la patria viva. Supimos de ellos y descubrimos lugares de la vida en los cuales el entender se podía transformar en valentía. Hoy, otros ingredientes mezclan viejas recetas con la novedad y van preparando la mesa para volvernos a juntar. Entre tanta información de pie, debemos ser críticos y aprender a volar. Buscar, relacionar y juntar es la tarea para ser y entender, para no estar solos, ni solas. Para compartir, leer, cantar y narrar, tareas que parecen muchas, pero son una sola acción, la búsqueda.
*Los Supersónicos, era una serie en dibujos animados de como seria el futuro y todos sus adelantos, protagonizada por una familia en la que la mucama era una robot llamada Robotina.






