En el país hubo una vez unos hombres que se encargaron de liquidar una peste que devoraba las provincias del norte. El doctor Carlos Alberto Alvarado protagonizó aquella gesta poco conocida que sucedió en estas tierras. Una batalla de feliz memoria y silencioso enemigo: el paludismo. Contó para ello con la iniciativa de un médico santiagueño, Ramón Carrillo, titular de la Secretaría de Salud Pública[1]. Además, la obra antipalúdica se desarrolló bajo el amparo de dos poderosos aliados: el primer gobierno justicialista y el D.D.T.
“A este muchacho usted le da lo que le pida”. Así le dijo Perón a Carrillo después de haber escuchado la exposición en la que Alvarado refería al flamante presidente constitucional el plan para eliminar la malaria en esta parte de América del Sur. Alvarado, nuevo Director General de Paludismo, había estudiado enfermedades tropicales en Europa y comenzado la carrera de clínico y malariólogo en su provincia de origen: Jujuy. En 1938 conmueve los ambientes científicos al afirmar que el mosquito que provoca la malaria en el norte argentino no se encuentra en aguas estacadas sino que prefiere las playas de ríos y arroyos de montaña, llenos de aire y sol.

La campaña de erradicación de paludismo -una de las primeras en América y en el mundo- es iniciada en 1947 y culmina dos años más tarde. De 300.000 casos nuevos registrados en 1946 se pasa a 137 en 1949. Al tiempo que con el D.D.T. se pintan casas y ranchos, alejando mosquitos transmisores y moscas, Carillo lleva adelante su Plan de Salud Pública. “¿De qué le sirve a la medicina – decía el santiagueño– resolver científicamente los problemas de un individuo enfermo, si simultáneamente se producen centenares de casos similares de enfermos por falta de alimentos, por viviendas antihigiénicas o porque ganan salarios insuficientes que no les permiten subvenir debidamente a sus necesidades?”
A principios del siglo XX, el ingreso per cápita sitúa a la Argentina entre los países del primer mundo. Claro está que ese número no se podía mirar desvinculado de la distribución de la riqueza: muy pocos ganaban muchísimo mientras que enormes sectores de la población apenas sobrevivían. En ese “primer mundo” vernáculo crecían y se multiplicaban miles y miles de palúdicos.
El año pasado la revista de la Asociación Médica Británica calificó de “zombie” al actual Ministerio de Salud de la República Argentina y recordó que la presidencia de Milei ha sido dramática para la salud nuestro país. Volvimos al primer mundo.
[1] Durante la primera presidencia de Juan D. Perón- el 26 de mayo 1946– se crea la Secretaria de Salud Pública. Posteriormente en 1949, con la reforma constitucional, se amplía el número de ministerios y la Secretaria de Salud Pública se transforma en el Ministerio de Salud Pública, siendo el primer ministro Ramón Carrillo. El golpe de estado de 1955, disolvió el Ministerio de Salud Pública, e incluyó sus funciones en el Ministerio de Asistencia Social, que a su vez fue disuelto ese mismo año, al asumir el poder el General Pedro Eugenio Aramburu. Los datos de la nota precedente tienen como fuente el artículo intitulado “Se acabó el chucho”(MARTINÉ, Eduardo y JORGE, Raúl -1983-. Todo es Historia, Bs As, Año XVII, N° 198)






