Entrevista al filósofo e investigador en neurofisiología Miguel Benasayag, quien alerta sobre la delegación de funciones del cerebro hacia las máquinas. “Mientras el cambio necesita la conciencia, el cambio es muy débil”, plantea.
¿Cómo pensar en salidas alternativas y nuevas respuestas cuando parece que la inteligencia artificial ya evaluó todos los escenarios y desactivó las estrategias posibles? ¿Cómo no repetirnos, no ser predecibles, si nos volvimos transparentes ante el algoritmo?
Miguel Benasayag, quien estudia el cerebro humano y la enorme delegación de sus funciones hacia la máquina digital, propone construir “una nueva alienación”, una resistencia creativa, con otros modos de vida, de vínculo con uno mismo, con el mundo y la producción. Pero con una salvedad: “Que no requieran de la conciencia para actuar”. Porque para Benasayag –filósofo, epistemólogo, doctor en psicología, investigador en neurofisiología, con un pasado militante en el PRT-ERP–, “mientras el cambio necesita la conciencia, el cambio es muy débil”.
Nacido en Buenos Aires y radicado en Francia desde 1978, cuando se exilió luego de haber estado detenido por la dictadura militar, es autor de más de cuarenta libros, entre ellos, los recientes La inteligencia artificial no piensa (el cerebro tampoco),con Ariel Pennisi; y de Contraofensiva. Actuar y resistir en la complejidad, junto a Bastien Cany, ambos de editorial Prometeo. También fundó y coordina el colectivo de estudios y militancia Malgré tout –A pesar de todo–, en Francia e Italia.
En este “mundo algorítmico y neoliberal”, Benasayag ve en Javier Milei “el punto más alto del funcionalismo”, una lógica que, al tiempo que “se desvía de todo objetivo de la vida, produce una violencia terrible”, donde “la frialdad de los números de Milei va inevitablemente con la grosería, la violencia y la brutalidad de Milei. No es un accidente”.

– En los últimos tiempos, los aportes más novedosos e incluso oportunos para pensar lo político provienen de miradas que interpelan desde campos y dispositivos teóricos que no son los propios de la política. ¿A qué se lo puede atribuir?
– Me parece que tiene que ver con algo muy profundo, que es que estamos viviendo una crisis donde, de repente, lo que fue durante mucho tiempo el campo de lo político, donde podían decidirse cosas y se podían dar orientaciones, quedó impotente, muy fuera de juego. Los centros de poder se desplazaron totalmente, pero no hacia otras señoras y señores que están en otro lugar, sino hacia mecanismos y procesos por completo nuevos. Esas miradas a las que hacés referencia en tu pregunta hablan de procesos concretos, mientras la política se quedó hablando un poco de la narración, el relato, muy ideológico, ¿no? Por ejemplo, lo que yo hago con respecto al mundo algorítmico o las cuestiones sobre cambio climático y desaparición de especies, con alguien que estudia cuál es el punto pívot evolutivo a partir del cual no hay más resiliencia para una especie o un ecosistema. Te está explicando eso.
Y, de repente, el que viene y dice “vótenme a mí, el otro es malo, el otro es corrupto”, todo eso queda como muy virtual, muy artificial, porque lo que pasa son procesos concretos. El extractivismo no es un problema político, ideológico, el problema es que el planeta no puede seguir con ese ritmo. Cuando estudio cerebro y máquina digital, esos procesos cerebrales que se atrofian debido a la promiscuidad de la máquina digital no son de izquierda ni de derecha. Después, las interpretaciones son varias, pero son procesos concretos.
– Es un cambio de roles, ¿no? Antes, al intelectual se le atribuían las cuestiones más abstractas, mientras que el político era quien estaba en lo cotidiano, en lo “real”.
– No es solo el intelectual o el investigador, también es cuando alguien dice no tengo los medicamentos oncológicos o no puedo pagar más el alquiler. También son procesos concretos. Aparece una cosa muy clara: el mundo de la política es la representación, es el termómetro, pero hay que ocuparse del cuerpo. De repente, todos los comentarios con respecto a la política son como una enfermera medio loca que se enoja con el termómetro. Pero el termómetro refleja lo que pasa abajo, ¿no? Ese me parece el gran cambio de época: sea el tipo que te dice mirá, vos y tu ideología no me importan, me estoy muriendo de hambre, no puedo mandar al chico al hospital, etcétera; o sean procesos más técnicos, científicos o intelectuales, poco importa. Hay algo del blablá que no va más. Es un gran cambio de época, que no es ni todo bueno ni todo malo. La gente constata que desde arriba no se puede cambiar el mundo, pero tampoco se sabe mucho cómo se cambia desde abajo.
– En tu trabajo, hablás de la delegación de funciones en nuestro vínculo con la tecnología. ¿Ocurre algo similar respecto de las personas y lo político?: una delegación de funciones, como si fuera un dispositivo que opera mayormente sin nuestra participación, lo que resultaría en una democracia que es pura delegación.

– Claro, porque la democracia funciona un poco mejor cuando no hay tanta delegación, cuando un club de barrio, una asamblea de vecinos, decide qué hacer con la cloaca. Eso no es contra el intendente, el gobernador ni el presidente. Es un nivel de autonomía del cuerpo social que existió en la época en que yo era joven en Argentina, como existía en Italia, Francia, en todo el mundo. Una especie de movimiento general donde la gente no se quedaba ahí, con la boca abierta, esperando a que las cosas pasen. Lo que sí hubo, en paralelo y en relación con el mundo informático, es, por un lado, la delegación que efectivamente te lleva a la pasividad. Pero, por el otro, hubo decepción. Cuando dicen que la gente no se moviliza, no sale a la calle, debe haber también una sabiduría en eso, ¿no? No es que de un siglo y medio de revoluciones no haya que sacar un poco las consecuencias. Hay una sabiduría en la desmovilización, una sabiduría inconsciente, digamos, pero también hay una delegación hacia las máquinas. Tengo colegas que estudian los niveles micro y macro de delegación de funciones, y es impresionante porque, en realidad, no hay casi ninguna actividad que no sea ya en delegación de funciones. Y eso sí lleva a una pasividad total, una pasividad depresiva, cansada. Y es un problema grave.
– Solés citar al antropólogo Rodolfo Kusch cuando relata el cuidado que tenían los pueblos originarios al momento de incorporar tecnologías, algo muy distinto a lo que pasa con nosotros, ¿no?, que parecemos no hacer evaluación alguna.
– Por ejemplo, cuando aparece el reloj, modifica el mundo, pero para tener un reloj tenías ya que ser alguien. Cuando aparece la radio, lo mismo: la gente se juntaba en un bar. Con la tele, ni que hablar: todos juntos, mirando la tele en la casa de la tía. En el mundo digital, no solo que la difusión es ultrarrápida, sino que la captura cerebral que hace es mucho mayor que en la tele, la radio o el teléfono. Entonces, por un lado, no hubo tiempo para un mínimo regular porque la difusión fue rapidísima. Y el otro problema es que los mecanismos de captura del GPS, de las máquinas, de las pantallas, son mucho más potentes. No es ni de tecnófilos ni de tecnófobos: no hay tiempo, ni la cultura ni el cerebro tienen tiempo. Kusch entendió cosas fantásticas. Entre otras, explica muy sencillamente la prudencia frente a la máquina. ¿Qué quiere decir? Cómo vos lo podés integrar y metabolizar, porque si no, te atorás. No hay investigadores que digan que esto no es así. Lo que pasa es que hay una apuesta de ir para adelante, diciendo que la tecnología va a ser el próximo mundo.
– Una idea de inevitabilidad, como si no hubiese forma de detenerlo.
– No hay manera. En Italia me habían propuesto un tema: “Amar nuestro tiempo”. El asunto es que vos no podés ni amar ni no amar nuestro tiempo, vos sos ese tiempo. Y lo que la alta tecnología hizo es cambiar el mundo. No es una herramienta. Cuando la gente la ve como una herramienta la pifia, porque la alta tecnología cambia el mundo, pero también nos cambia a nosotros. De última, lo que yo estudio sobre el cambio cerebral es un detalle de todo lo que cambia. Si uno dice “cambia el mundo”, te cambió a vos también.
– En tu trabajo hablás de construir otro tipo de alienación. ¿Qué significa?
– Yo había escrito hace mucho un libro que se llamaba Resistir es crear. Porque triunfar, hemos triunfado mucho, pero una vez que triunfamos nos dimos cuenta de que no habíamos construido lo suficiente y nos caímos en el pozo. Se toma el poder en Calamuchita, en Nicaragua, dónde sea, y al día siguiente dicen “¡los americanos nos bloquean!”. ¿Pero vos tomaste el poder y te sorprende lo que hacen los americanos? En realidad, lo que pasa es que el poder apareció durante casi un siglo como el lugar de la impotencia para cambiar el mundo. La única revolución que triunfó fue la Revolución Francesa. ¿Por qué? Porque cuando les cortan la cabeza al rey y a la reina, no toda Francia pero sí toda la región de París ya vivía en el mercantilismo, la filosofía era iluminista y racionalista, se habían quemado las iglesias… Se había construido un mundo diferente y el termómetro se cambia, de manera violenta, a último momento. Nosotros decimos que tenemos que aprender que luchar es necesario, por supuesto, pero que un siglo y medio de revoluciones tiene que enseñarnos que vencer sin haber construido suficiente no va. Entonces, ¿cuál es la nueva alienación? La resistencia-creación tiene que crear nuevos modos de vida, de relación con uno mismo, con el mundo y la producción que no necesiten la conciencia para actuar. En ese sentido digo alienación. Mientras el cambio necesita la conciencia, el cambio es muy débil, porque hay un montón de comisarios políticos que te dicen cómo hay que hablar, qué decir, pero eso no cambia. Lo que hay que producir son modos de vida, de relación, de producción, que se transformen en una especie de “natural”.

– ¿Cómo juega en esto la voluntad? Porque la voluntad sí es consciente.
– La voluntad es un concepto muy occidental, porque es un lado cartesiano: “yo decido y yo voy”. La voluntad, desde todo punto de vista, mostró que no maneja nada. Mientras no haya algo de adentro que empuje, la voluntad es pura tristeza. Lo que sí existe es mantenerse en un esfuerzo, pero no por voluntad, sino porque hay algo de vital ahí adentro. Yo hago mucho deporte y seguramente quien lo practique conoce esos momentos donde, si fuera por vos, parás ya, pero no parás. Eso no es voluntad, es una conflictualidad interna entre lo que empuja de un lado, lo que resiste del otro. El concepto de voluntad está muy entrampado como sujeto cartesiano que decide y no ve esa multiplicidad, esa especie de despelote interno donde hay algo de vital que empuja, de consciente que dice no, hay un poco de miedo…
– A veces, buscando alternativas, se llega a experiencias que parecen encapsuladas, por ejemplo, por la vía de comunidades donde se propone una forma distinta de vida.
– Lo que pasa realmente es de qué está hecha la vida. O sea, si está hecha de individuo o de individuo prolongado, una cosa encapsulada como una especie de “individuo +”. Pero una visión múltiple de la vida es una donde vos estás movido por la historia, la época, por deseos que no vienen de adentro. En esta visión, justamente no cartesiana, no occidental, el deseo no es endógeno. Estamos atravesados por la época, la historia, por ese despelote. Y todo encerrarse en una experiencia chiquita o individual es darle la espalda a la vida como proceso. Nadie es propietario de su vida, ni siquiera somos inquilinos, somos okupas. Y entre esas dimensiones que nos constituyen está la del yo, que es una fecha de nacimiento, un lugar, un nombre. El problema es que Occidente condenó todo hacia esa instancia yoica. En realidad, creo que es muy posible y no tan difícil experimentar esos momentos donde o vos vas para el lado de lo que empuja o vas para el lado del yo. O sea, todo lo que nos empuja, esos deseos que nos atraviesan, podemos seguirlos, pero eso tampoco es una cuestión de voluntad, es una cuestión de experiencia.
– El mundo algorítmico aplana todas esas sutilezas y complejidades, ¿no?
– Sí. En realidad, el mundo algorítmico es la continuación más potente de la modernidad. Es la hípermodernidad. La modernidad colonial trató de llegar a una unidimensionalidad: el hombre blanco como ser normal, el desarrollo, pero no lo logró. Siempre hubo resistencia. La hípermodernidad algorítmica lo está logrando, en el sentido de que pasamos de un mundo de la existencia compleja a un mundo del funcionamiento. Lo que resiste a esto es el desarrollo de multiplicidades. El mundo algorítmico y neoliberal, porque por ahora son consustanciales; ese mundo de los nuevos poderes, directamente no son viables para la vida y la cultura. Son mundos unidimensionales, que eliminan toda biodiversidad, diversidad cultural, de género. En biología como desde un punto de vista antropológico lo único que uno constata como permanente es que la vida siempre se desarrolla explorando todos los caminos. La vida continúa porque explora todo. Y la vida no es económica. Es como con los espermatozoides: 10 millones para que uno, de vez en cuando, la pegue.

– ¿Qué es lo que queda por fuera de lo algorítmico? ¿Lo estamos viendo?
– Lo vemos muy bien. En ese mundo de puro funcionamiento, lo primero que se ve es que la curva del desarrollo de cáncer acompaña exactamente la curva del desarrollo. Lo primero que se ve es que, para los cuerpos vivos, hay algo que no va. Lo otro que se ve es que en 40 años el 60% de las especies vertebradas desaparecieron. Se ve que cuando vas desde Buenos Aires hasta La Quiaca no tenés mosquitos en el parabrisas. Los insectos no están.
¿Quién va a polinizar? Sí, claro que se ve. Se ve que ese mundo que reemplaza lo múltiple por líneas geodésicas es muy interesante si nosotros logramos colonizarlo, domesticarlo. En todo caso, es irreversible: o lo domesticamos o estamos perdidos, pero ese mundo no es viable para las singularidades de lo vivo y de la cultura como una continuación de la vida.
– Frente a este escenario, ¿qué alternativas surgen desde el campo de la ciencia?
– Yo no soy ni tecnófobo ni tecnófilo. Yo estudio, trabajo, por supuesto que políticamente, como sensibilidad, sigo con la misma de siempre, pero me ocupo de procesos. Los colegas están de acuerdo con todos estos resultados, nadie los niega, pero la interpretación es diferente. Dicen cosas muy extrañas, que la vida va a poder continuar bajo otras bases no biológicas, con la biología de síntesis, por ejemplo. Los menos delirantes te dicen: la contaminación del aire en tal región es un desastre, entonces vamos a ver cómo, con modificaciones genéticas, podemos crear organismos que la resistan. Los más delirantes dicen que no, que la vida va a pasar de los cuerpos de carne y hueso hacia las máquinas. Y también dicen, los de Silicon Valley, que vamos a conquistar el espacio. Eso ya es puro delirio. Pero los menos delirantes dicen que este nivel de desastres es absolutamente irreversible y piensan en modificaciones genéticas, en hacer llover de manera artificial…
– Serían todas salidas por la vía de la técnica. En ningún momento se piensa la posibilidad de que nosotros mismos cambiemos hábitos y conductas.
– Los hábitos y las costumbres ya los cambiamos todos, pero porque la técnica nos formateó. Pero, efectivamente, resistir es crear es eso: producir otra forma de hábito, de costumbre. Por ejemplo, si vos le decís a alguien no uses el GPS porque hay ahora ya miles de páginas escritas sobre cómo te atrofia los núcleos subcorticales, es lo mismo que le digas a un fumador no fumes porque te da cáncer. La cuestión es cómo podemos encontrar un modo de pasearse, y mismo de perderse, más divertido, más deseable que la línea geodésica, recta, del GPS. Si vos no lo usás por disciplina, eso es la conciencia, no funciona, eso necesita comisarios políticos, una nueva lengua… En cambio, “resistir es crear” es cómo vos podés, con los chicos, por ejemplo, mostrarles lo divertido que es que, cuando te perdiste, encontraste algo que no conocías. Y que, en cambio, el que sabe siempre dónde va se pierde en serio. Hay que crear nuevos hábitos pero por deseo, no por comisarios políticos.
– A veces, cuando se propone la delegación en manos de la IA, sea porque se facilita la tarea o porque el resultado se considera mejor, queda fuera del cálculo el placer del proceso en sí, lo aprendido al vivir la experiencia, más allá del resultado, ¿no?
– Claro, porque lo que importa para el viviente es el camino, no es el objetivo. Imaginate que vas a subir una montaña y viene alguien con un helicóptero y dice que te sube en 5 minutos. No, porque el asunto es subir. Llegar a arriba es importante, pero el asunto es subir. Es lo que la IA y el funcionalismo no entienden. Cuando Milei pone objetivos macroeconómicos, está pensando en eso, en términos lineales de la macroeconomía. Lo que pasa es que la vida no existe así. Lo que él quiere ordenar es la multiplicidad de la vida. Milei representa el punto más alto del funcionalismo. Escucho en la radio argentina a gente que dice, “bueno, la verdad que lo que está haciendo funciona”. Pero justamente el problema es que funciona y que el funcionamiento no es posible. El funcionamiento hace dos cosas: por un lado, se desvía de todo objetivo de la vida, y por el otro, como desviarse del objetivo de la vida no es posible para la vida, produce una violencia terrible. La frialdad de los números de Milei va inevitablemente con la grosería, la violencia y la brutalidad de Milei. No es un accidente. Si vos querés funcionar, a esa frialdad le corresponde toda la cosa ardiente de la brutalidad.
La centralidad militante y el rol de la dirigencia
– En el escenario actual y ante la crisis que vive la dirigencia política, ¿la militancia tiene más recursos y más posibilidades de ofrecer una resistencia creativa?
– Yo creo que solo lo puede hacer la militancia y que la dirigencia tiene que dejar que se desarrolle con potencia, contradictoriamente, conflictualmente, sin ordenarla. Porque en este momento si la dirigencia, no por maldad, pero por naturaleza propia, sigue queriendo canalizar a la base, a la militancia, a los que se mueven, se condena al fracaso. Es esa multiplicidad contradictoria, no muy ordenada, de la cual salen teorías, hipótesis, apuestas. Creo que lo peor que pueden hacer los dirigentes es, una vez más, querer ordenar a la base y no dejar que la experiencia concreta se desarrolle, porque no hay ningún dirigente que hoy sepa para dónde hay que ir. Lo único que saben es contra quién, pero no basta. Lo que le falta al dirigente es toda esa creación nueva, ese desarrollo de la potencia. Entonces, creo que lo que puede hacer un dirigente hoy en día es no dirigir mucho y acompañar.
*Esta nota fue publicada en el número 56 de la revista Contraeditorial.






