El presidente Javier Milei lidera una maquinaria sofisticada de degradación de la política. Lo hace sobreinstalando dos crisis: la moral y la económica. El oficialismo no es un territorio vacío. Tampoco parece ser, como sostienen algunos autores, el espacio del “cualquiercosismo”: donde se dice cualquier cosa generando un caos de sentido y de confusión. El gobierno propone una historia y un modo de contarla. Condensa un relato con el que protagoniza la batalla cultural.
+ El código penal no sólo alimenta la argumentación jurídica: hoy es, además, la fuente mayoritaria del discurso político. No se trata sólo de la judicialización de la política: lo que se impone es una hibridación de facto de los lenguajes por la que se intenta limitar toda autonomía del discurso político, para que se dificulte pensar y llevar adelante iniciativas de transformación nacionales y populares. El discurso penal no sólo litiga el pasado de la dirigencia: también amenaza su futuro. Es decir, desborda el proceso judicial para intervenir sobre la totalidad de la esfera pública como lenguaje colonizador.
+ La palabra casta fue construida por el oficialismo como la principal categoría moral. Es una palabra prisión en cuyos calabozos lingüísticos son encerrados los acusados de robar, mentir y matar: la mayoría de los dirigentes políticos. ¿Qué es la casta? Todo lo que se diferencia de la política libertaria. Es un término con un interior móvil que incorpora a todos y todas los que se van diferenciando del discurso oficialista. Es un concepto clave: porque es el dispositivo de estigmatización de todas las diferencias. En esa palabra y su uso se asienta el autoritarismo antipluralista del presidente Milei y sus fuerzas del cielo. Está claro: si todas las diferencias caen bajo la denominación de “la casta” y esa palabra concentra la operación de estigmatización, entonces, la totalidad de las diferencias son estigmatizadas. Por eso, el anti pluralismo de Milei es la generalización del estigma a todo el sistema democrático opositor. La estigmatización en manos libertarias cambia de escala: ya no se focaliza sobre las minorías, sino que se generaliza para señalar, marginar y excluir a una mayoría en constante ampliación. ¿Cuándo se ingresa a la casta? Cuando se adopta una posición autónoma de la economía concentrada. Estamos ante un estigma operativo: es el que custodia la homogeneidad del sistema político alrededor de los intereses y discursos de la economía concentrada y tecno feudal, en el marco de una mediación técnica agresiva y universalista de las plataformas digitales.
+ El presidente libertario toma, entonces, el discurso histórico anticorrupción y lo articula con el concepto más general de casta. ¿Cómo produce esa articulación? La casta es la que conduce el Estado de Bienestar, una organización delictiva que le saca a los contribuyentes para darles a los que no trabajan o trabajan poco: ñoquis, planeros, trabajadores públicos, docentes y políticos corruptos, entre otros. Hay una productividad expansiva del lenguaje oficialista: fortalece identidades reemergentes que nacen de la operación del estigma y que son unificadas bajo la categoría de lo improductivo, lo parasitario y lo corrupto. Por eso, el gobierno libertario es especialmente vulnerable a las denuncias de corrupción.
+ Milei opera en un nivel más profundo que el macrismo: lo que intenta es desorganizar la vida emocional de los sectores populares. Rocco Carbone en “Barrani: Anatomía del Fascismo”, un artículo del libro compilado por Artemio López “Historizar a Milei. Entre la picana y la motosierra”, afirma que “el fascismo quiere arrojarnos al lugar del dolor, la angustia, la humillación y el exilio”. Ante ello, resulta imprescindible rearmar el frente emocional de los sectores populares: reconstruir la comunidad sentimental que, bajo el Peronismo y el Kirchnerismo, les dio a estos sectores espíritu de ruptura, confrontación y autonomía con relación a las corporaciones económicas dominantes. El Mileinismo tiene dos objetivos: erradicar a los sectores populares de una lengua autónoma y desorganizarlos emocionalmente. En una frase desafortunada, Byung Chul Han afirma en “Infocracia”: “El corazón no es un órgano de la democracia. Cuando las emociones y los afectos dominan, la propia democracia está en peligro”. No se trata de concebir a la razón como único territorio de lo político: ello es una aspiración siempre frustrada de las socialdemocracias europeas y locales. Por el contrario, la batalla cultural es sobre todo una batalla por las emociones. No hay comunidad organizada sin vínculos afectivos intensos y extensos.
+ Milei, bajo la forma de la extrema antipolítica, politiza. El presidente dice: “Soy una persona honesta. Una persona que te va a decir siempre su verdad, aunque sea absolutamente incómoda (…) La gran diferencia con la casta es eso: que voy de frente, que no te miento”. El jefe libertario no se presenta preponderántemente a partir de sus contenidos políticos sino a través de sus rasgos morales: no roba (es honesto) y no miente (es sincero). En cambio, la casta disocia su discurso de los atributos de honestidad y de verdad. En este escenario, Milei intenta colocarse como quien viene a reconstruir el discurso político en el punto más alto de su desmoralización y falta de eficacia. Se trata de un discurso que se reconstruye a partir de la crítica a la falsedad del resto de los relatos políticos. Ensaya, además, un cruce entre virtuosismo moral y técnica económica: esa interrelación se produce allí donde la verdad y la honestidad se superponen con la propagandización del plan de ajuste y transferencia del ingreso más regresivo que se recuerde. Milei dice la verdad sobre la catástrofe que él mismo produce. Ello sucede en un marco donde el discurso oficialista se encuentra en estado de confirmación: supuestamente el gobierno controló la inflación y el dólar, entre otras variables, como había prometido.
+ En el libro “Milei. La revolución que no vieron venir”, una biografía oficial del Presidente, Nicolás Márquez y Marcelo Duclos señalan: “Kirchner tenía grandes dotes de mafioso y de dictador”; “eran una verdadera banda de ladrones”; “A partir de entonces (de la muerte de Néstor Kirchner) tuvo que hacerse cargo (Cristina) del manejo de la delincuencia gubernamental”. La Libertad Avanza lleva al extremo la asociación entre delincuencia y kirchnerismo y, de allí, extiende esa asociación a todo el campo de la política opositora. ¿En qué punto vinculan la falta de moral con la falta de eficacia? En la idea de que lo que le falta a la sociedad se lo robó la política y el Estado de Bienestar. Hay dos críticas: al Estado y al “estado del Estado”. La oposición nacional y popular, en esta perspectiva, miente diciendo que está presente lo que no debería estar presente (el Estado). Tiene doble culpabilidad: por proponer un Estado presente y por no implementarlo.
Es en este marco que toma sentido la asunción de Cristina Fernández de Kirchner como presidenta del Partido Justicialista. Ante la despolitización/repolitización de Milei, hace falta un movimiento intenso y extenso de reconstrucción de la política emancipatoria. Hace falta una motosierra nacional y popular que intervenga el discurso libertario, lo desarticule y lo supere. No es con menos política: es generalizando y profundizando la política. Es reconstruyendo la autonomía de la política.
*Esta nota fue publicada en el número 56 de la revista Contraeditorial.






