jueves, mayo 14, 2026
Sin Resultados
Ver Todos los Resultados
Contraeditorial
  • Editorial
  • Opinión
  • Nacional
  • Economía
  • Mundo
  • Sociedad
  • Cultura
  • Editorial
  • Opinión
  • Nacional
  • Economía
  • Mundo
  • Sociedad
  • Cultura
Sin Resultados
Ver Todos los Resultados
Contraeditorial

¿Tú también, hijo mío?

Por Alejo Álvarez Tolosa
2 abril, 2025
Milei en baja y el peronismo en rodajas

Es que estamos mirándolo todo mal. El presidente no importa; no importó nunca. Ni su nombre, ni su hermana, ni sus perros, ni sus malas compañías, ni (lo mismo) sus ministros. Ni siquiera importan su estado mental, sus maquillajes, o su paupérrima capacidad de lectura, o la enana altura de sus debates e ideas. Tampoco importan, ahora, los que estaban antes, los que se fueron, los que se presentaron y no alcanzaron, las promesas, a cuánto estaba el dólar, la nafta o la soja. No importa nada. Es puro humo.

El escritor y periodista inglés Thomas de Quincey narra una escena: a un caballero, en una discusión teológica o literaria, le arrojan a la cara un vaso de vino. El agredido no se inmuta y replica al agresor: Esto, señor, es una digresión, ahora espero sus argumentos. Digresión es la definición del gobierno, y de la oposición, y quizá también, no mucho más tarde, la de la sociedad. Y es que estamos mirándolo todo mal. Haciendo foco en banalidades. Buscando, no sin desesperación, en el día a día, argumentos lo bastante toscos y loables como para explicar la actual barbarie a quienes miran el caos y deciden llamarlo libre albedrío, a quienes lo votaron, o a quienes se agazaparon tras un silencio que terminó diciendo demasiado. Estamos mirándolo mal, y perdiendo el tiempo. Sobre todo perdiendo el tiempo. Pero que estemos mirándolo todo mal no significa, necesariamente, que la sociedad argentina sea inculta o tenga rasgos sadomasoquistas, ni mucho menos. Los pueblos a menudo se equivocan, eso es cierto, tanto como que estamos ante la presencia de un terrible engaño. Porque lo es. Y no porque no dijeran lo que venían a hacer, sino, peor aún, porque eludieron las repercusiones de sus actos. Y nadie, o casi nadie, se detuvo a analizarlos. Digo, las trágicas consecuencias que no entraban en las ecuaciones en relación a aquellos estandartes supuestamente estables e imaginariamente impermeables que nadie pensaba que podían, o que acaso alguien dejaría, que se resquebrajaran súbitamente. Pero por qué. O mejor, amparados en qué es que estamos mirándolo todo mal. Y más aún, qué es lo que está en juego.

Articulos Relacionados

La centromanía vuelve peor

La centromanía vuelve peor

De Trump y Xi Jinping a la marcha universitaria argentina

De Trump y Xi Jinping a la marcha universitaria argentina

El error, o uno de ello, fue temerle más al personaje que a las ideas, o incluso alcanzar el siguiente peldaño del miedo, que viene a ser la risa, esa detrás de la que muchos se acomodaron sin reservas para jactarse de saber lo que nadie les había enseñado: prestidigitaciones políticas; erradas, por cierto. Es indiscutible que el personaje encandiló la realidad, como es indiscutible que en este país basta con que alguien ofrezca algo diferente para que la gente lo compre, así sean ideas viejas con nuevos nombres, deudas nuevas con otros argumentos, o grandilocuentes adjetivos para pésimos nombres. No importa. Porque también es indiscutible que las respuestas obvias resultan falsas, y las más complejas, verdaderas. Y que discutir por qué llegó, quién tuvo la culpa y la responsabilidad, es también una discusión mezquina que es conveniente eludir, no por quitar culpas, si es que verdaderamente las hay, sino porque hacerlo sería quitarle crédito a la realidad actual, que es, ahora y siempre en presente, lo único que importa. Y además, basta de ser condescendientes porque, dejando de lado el engaño, lo cierto es que casi nunca es la realidad lo que empuja a tal o cual a poner una u otra boleta en la urna, sino la imaginación. Y en eso, a pesar de lo que pueda parecer, el pueblo Argentino carece de cualidades, y compra ficciones bastante poco creíbles, aunque convincentes. Pero no importa. La intención es dejar de mirarlo todo mal, y encontrar lo importante, en medio de tantas urgencias fabricadas.

Alguien me dijo hace muchos años que es mejor perder las dos medias, que una sola. La analogía parece graciosa, hasta que entendemos que es eso: una analogía para casi todo en esta vida. A menudo la frase me vuelve, como un bumerán que no termina nunca de irse, y entonces discrepo conmigo mismo, con mi yo del pasado, que pensaba que quizá sí, mejor perderlo todo a quedarse con un recuerdo sin sentido, y después pensé que quizá mejor quedarse sin nada, total para qué, y ahora estoy convencido de que mejor no perder ninguna de las dos, conservar el par. Ahora bien, ¿qué cambió? La respuesta en este caso es sencilla: la posibilidad real de perderlo todo es lo que hace que uno intente no perder absolutamente nada, ni siquiera la mitad.

Y entonces es probable y hasta necesario que reconozcamos que la sumisión a la que nos enfrentamos, y que lamentablemente parece perenne, no puede ni podrá jamás coincidir con una democracia. O al menos no con una democracia digna de ser defendida: las dos medias. Y si bien es cierto que esta democracia nacional supone ciertas decepciones, sino muchas, y decadencias, quizá demasiadas, también es cierto que es el mejor instrumento inventado hasta la fecha, y que al igual que sucede con ciertas personas, o episodios de la vida, cuando se va, no solo es tarde, sino también, lamentable. De más está decir que en un puñado de países del mundo hay quienes dan la vida, o la arriesgan, para conquistar lo que acá actualmente se desprecia. Y que acá, en este generoso país, también costó una monstruosa cantidad de vidas recuperar lo que ahora parece escurrirse sin que nadie se lamente. Y que si en cuarenta años eso se ha olvidado, no es por exclusiva culpa de la dirigencia política, sino también de buena parte de la sociedad, que a menudo piensa que lo eterno nunca tendrá un fin. Y eso, acá y en la China, es casi tan falso como suponer que ningún político de toda una nación, la que sea, jamás estuvo dispuesto a (supuestamente) reparar el país en un puñado de meses, costara lo que costara. Humo.

Estamos mirándolo todo mal. Probablemente porque nos comanda un fariseo, pero también, porque la pseudo doctrina que plantea el presidente, que muta y se transforma constantemente, es tomada, a menudo, como verdad. Y eso es ingenuo y hasta peligroso, sea el presidente que sea, con las mejores o las peores intenciones. Porque la discusión, mirando lo importante, excede con creces si de derecha o de izquierda, o del centro o de abajo, o de arriba. No. Lo importante, lo profundamente importante y significativo es eso que se va lentamente, casi sin hacer ruido, ni oponer resistencia: el estado democrático y la soberanía que supone. Eso no existe hoy en la Argentina; quien piense lo contrario, que le mande mis saludos a Papá Noel y después saque la espada de excalibur de la piedra, a ver si puede.

Es fácil de identificar, aunque parezca lo contrario, aunque la inmensa mayoría siga mirándolo mal, incluso muchos de quienes aborrecen este gobierno. Y es que la tiranía democrática posee bastas cualidades, casi ninguna envidiable, pero hay una de la que carece por completo. De la ironía. Porque la ironía supone que hayan dos cosas donde debería haber una sola, así como en el humor alguien tonto dice algo profundo y filosófico, o un héroe que es, a la vez, torpe e infantil. Acá no existe tal cosa: la realidad de la Argentina es unívoca. Se muestra tal como es, más allá de cuáles sean las intenciones. La ironía no aplica, porque no hay nada de gracioso en las analogías toscas y burdas, ni nada de inteligente en vender el auto para comprar cubiertas nuevas, que es más o menos lo que vino a hacer este gobierno. Y eso hace, por consiguiente e indefectiblemente, que sea más sencillo identificar las malas acciones, y también las buenas, aunque sigamos esperándolas con la misma desesperación y ansiedad con la que un niño espera el timbre de salida del colegio. Se muestran como son porque no saben hacer otra cosa, mal les pese, y el que no lo quiera ver, que se guarde en el bolsillo la piedra y que no tire nada. No hay mas: no existe detrás de ninguna de sus políticas, ni de sus palabras, ni agresiones, ni violencia, nada que nos acerque, sino todo lo contrario, a un país más justo, democrático y soberano.

¿Tu también, hijo mío?, es una frase inventada por William Shakespeare, en su célebre obra Julio César, para describir la consternación que sintió César ante la traición de su propio hijo, junto a otros políticos, justo antes de asesinarlo. Obviamente la frase es ficción, como casi todo en esta vida, pero el suceso en sí sucedió, es real, y es invariable; cualquier parecido con la realidad es pura sincronía. Sobrepasados la euforia y el enojo, para algunos, y la alegría y la ilusión, para otros, del primer año de gobierno, es necesario que empecemos a ser honestos. Que miremos lo importante. Que entendamos que ya no hay lugar para mofarse, ni para discutir cosas que carecen de sentido. Que no gozamos del espacio para reírnos de nada, porque carecemos de argumentos, y que eso, lamentablemente, nos aleja invariablemente de lo que somos, digo seres humanos, Argentinos, e inevitablemente nos acerca a los animales, que no poseen la capacidad natural de hacerlo, de reír. Al final, una sociedad que no se ríe es una que no tiene compasión. Y después de eso, francamente, siempre viene lo peor. Si es que acaso ya no ha llegado.

Compártelo:

  • Share on Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
  • Share on X (Se abre en una ventana nueva) X
  • Share on WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
  • Share on Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
Tags: ArgentinaJavier MileiLa Libertad AvanzasociedadThomas de QuinceyWilliam Shakespeare
Nota Anterior

Con el agua al cuello

Siguiente Nota

El acuerdo con el FMI es una “estafa multidimensional”

Dejá una respuestaCancelar respuesta

Recomendados

De qué hablamos cuando hablamos de la guerra en Irán

De qué hablamos cuando hablamos de la guerra en Irán

Por Contraeditorial

Industriales se cansaron de Milei y salieron a contestarle

Industriales se cansaron de Milei y salieron a contestarle

Por Valentina Castro

Justicia y adopción: la infancia no espera

Justicia y adopción: la infancia no espera

Por Evangelina Bucari

Lo imposible será inevitable

Lo imposible será inevitable

Por Máximo Kirchner

  • Quiénes somos
  • Contactanos

© Contraeditorial | Todos los derechos reservados. Registro de la Propiedad Intelectual en trámite. Director: Roberto Caballero. Edición 1722 - 14 de Mayo de 2026.

Sin Resultados
Ver Todos los Resultados
  • Editorial
  • Opinión
  • Nacional
  • Economía
  • Mundo
  • Sociedad
  • Cultura

© 2026 JNews - Premium WordPress news & magazine theme by Jegtheme.

Discover more from Contraeditorial

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading