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Todo lo demás está inmóvil

Por Antolín Magallanes
10 diciembre, 2025
Todo lo demás está inmóvil

Las calles de la ciudad se han convertido en un “Viaje al fin de la noche”, en lo más literario del diagnóstico. Una sociedad, con sus secuelas post pandémicas y económicas que se deslizan hacia la degradación social, la pobreza, la alienación y la tenue esperanza. Los mundos de la obra de Ferdinad Celine, pero sin guerra.

Vivimos tiempos de cambios producidos por vientos huracanados. Entre nosotros no solo habitan las sudestadas o nuestro Pampero. También miles de vientos que nos llegan, arrasan y se combinan en un gran ojo de huracán, que han puesto todo patas para arriba.

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Es imprescindible analizar todas las nuevas categorías que se nos presentan, sin repetir y sin soplar aquellas tan fáciles de adornar las discusiones, en la reunión social, las del consorcio, una asamblea estudiantil, reunión política o la sobremesa familiar. Hay que dejar de mirar y empezar a ver.

Los estudiosos del buen dormir sostienen que los hombres y las mujeres de la prehistoria, lo hacían apropiadamente; que sus días empezaban con el sol, y la oscuridad los guardaba de nuevo en su caverna.

La noche y el día rigen nuestros ánimos, ritmos, humores corporales y mentales. Extender la noche, gracias a los avances de la luminosidad, fue un logro que hizo perder miedos, y generó que las salidas se hicieran más seguras y extendidas. La oscuridad escondía un pozo, un animal al acecho, el vacío, la nada.

Podemos afirmar que prácticamente la hemos vencido; que la luz eléctrica y todos los dispositivos que la cortejan han hecho de las ciudades en este caso un lugar sin oscuridad. Sin cielo pleno en la noche, sin estrellas y solo con GPS para ir y venir. Adonde vayamos, habrá lucecitas que transforman en metáforas esperanzadoras las épocas agrias. Por ejemplo, la luz al final del túnel, que nos prometiera entusiastamente la ex vicepresidenta de Mauricio Macri, la olvidada, utilizada y desechada Gabriela Michetti.

Metáforas políticas para salir de la noche que nos encapotó en base a endeudamientos externos, internos y que no sólo llevó al empeño a nuestro país. También arrastró a una sociedad a deudas eternas. Hoy sabemos que el presidente no va a devaluar, lo dejaron trascender los pasillos del poder. Afirmó que no va a dejar de pisar el dólar, ni el congelamiento polar de nuestra economía. Quiere un dólar barato para que no haya inflación. No piensa comprar dólares, ni acumular reservas: su fantasía de crecimiento se mantiene con el congelamiento de ingresos y préstamos externos. Mientras hace el puente con deuda, supone que vendrán las famosas inversiones externas, que tardan más que la espera de Godot (quien jamás llegó). Un Banco Central que no acumula y que -en sus propias palabras- quede vacío para que cuando vuelvan. Los Kukas no tengan una parva de dólares para regalar y gastar.

Notable lo que ha pasado después de la elección: nuestro pueblo se asustó, temió que un lunes negro le multiplicara deudas y le agrandara las carencias, algo que, en campaña, el oficialismo supo manejar. Claro, con un respaldo del amigo americano, que sólo amagó con bancar y con eso alcanzó.

Un razonamiento interesante en el que habría que detenerse, ya que implica jugar un partido con altas chances de derrota para el gobierno. Según mi criterio, echaron el resto, no dan para más.

Avanzaron y si pueden seguirán haciéndolo, si no condicionarán: maniobra por la cual no romperán más el sistema democrático y ganará el que tenga más espaldas. La democracia que supimos conseguir corre riesgo de ser una escenografía en medio de la especulación que nos propone la geopolítica del capital. Un Estado argentino cada vez más dependiente y gobiernos cada vez menos políticos y representativos, suplantados por otro más tecnocrático y subordinado, sobre una sociedad destrozada. Una forma de seguir el ciclo iniciado en 1976.

García Linera y su teoría de “las oleadas”, parece también haber sido leído, por las usinas de pensamiento libertario. Todo es un avance más en donde la sociedad, va acomodando sus cambios al compás del péndulo que se ciñe sobre ella.

“Todo lo demás está inmóvil” es una frase de “Nadie nada nunca”, una novela del santafecino Juan José Saer, que transmite la quietud del horario caliente de una siesta. La tensión de una múltiple mirada sobre los hechos en una atmosfera asfixiante,

Una sociedad limitada en su información, que sufre casi un blindaje noticioso de lo que pasa en el mundo. Hechos como las grandes movilizaciones que exclaman que no se quiere un Rey en Estados Unidos, o en Israel, cuando exigen el fin del genocidio en Gaza. Solo saber que ganó un musulmán en Nueva York y todo el folklore, pero no lo profundo de lo votado; un grano en el culo para el hombre que oficia de presidente en el norte. El cerco informativo me recuerda a las grandes manifestaciones por los derechos civiles de la comunidad LGTBQ, que encabezaba Harvey Milk, y acá ni noticias, en el mismo momento en que nos visitaba Village People, banda gay que hacía bailar a los milicos en las fiestas de 15 de sus hijas. Eso pasaba en dictadura. Estamos abrumados por el lawfare mediante el cual una expresidenta está proscripta y presa. Y ahora vienen los espectáculos circenses de la justicia y no el pan para la gente. Así se vive en está democracia de baja intensidad, a la que debemos potenciar y fortalecer. Mientras, un tímido funcionario hindú del FMI, en el encuentro con inversores en New York le recuerda a nuestro presidente que debe dejar flotar el dólar. Alguien señala y remarca que esto no funciona así.

De aquel populismo a este neoliberalismo, hemos visto tolerar las graduaciones para que la rueda siga girando marcha atrás. Romper ese ciclo requiere de cierta audacia que nos saque del estado de confort. Todo lo demás está inmóvil.

Por eso vuelvo a las calles, que siempre nos dan posibilidades de inspiración, observación y lucha.

Un lugar construido socialmente; es un fuera del lugar donde nos tendemos a dormir, comer, reproducirnos y conformar un núcleo social en el que vivir.

Es un espacio en el que construimos aprendiendo, mirando, andando y disfrutando las primeras experiencias de vida. Donde circulamos en geografías y noches recitadas por la poesía; de “las calles y lunas suburbanas”, que, a decir de Homero Manzi, eran las lunas de cada barrio, una luna por barrio, maravilloso.

Un lugar también diurno, por el que supimos transitar orgullosos, tensos, combativos y combatidos. Un lugar en el que peleamos por la dignidad, la libertad y la vida. Un lugar especial para dar la batalla diaria de la supervivencia y el festejo. Algo de todos y todas. Todo lo demás está inmóvil.

La calle es ese lugar común que cada vez goza de una jerarquía más infeliz. El desenfreno del desborde justiciero, que lleva a la curación, puede darse en el mínimo lugar de juego infantil o el de enfrentar a nuestros monstruos. Transformarla en un lugar de la cura, la recuperación y la imaginación, es un camino hacia su redención.

A algunos, los invita poco porque la viven como un lugar de tránsito ligero. Ir a algún lugar, con cierta velocidad, hace de nuestro tránsito, un vértigo que impide la atención valedera de ubicarse y hasta perderse en la calle, única manera de conocerla. Perderse en ella es recorrerla, porque de eso se trata el aprendizaje, de recorrer. Que no es ni más ni menos que la acción de examinar o explorar algo con detenimiento y atención, para descubrir.

Ya los viejos flaners, aquellos que la caminaban por el camino seguro del paseo sin rumbo en las acaracoladas calles parisinas de la Francia del Barón Haussman. Realizaban su paseo con la posibilidad de ver que lo público podía ser un lugar compartido, y que nunca dejaría de ser ni aún como vemos hasta nuestros días, uno de disputa.

Las mismas diferencias sociales de los que habitan hacen a ciertas prohibiciones. Así se torna complejo “dell andare faccile”, como rezaba una vieja publicidad de suelas cómodas e interminables, épocas de industrias prósperas.

Las calles de una ciudad vibran de día, nos convidan a un frenesí distinto que el de la nocturnidad; el poeta rioplatense Horacio Ferrer sostenía que Buenos Aires de día era una ciudad fenicia y de noche una griega; una de la transacción comercial y otra de la poesía y el pensamiento, cambiando al Mar Egeo, por las riberas del Río de La Plata.

Hay mil definiciones para las calles de Buenos Aires. Y a muchas y muchos porteños nos gusta, aún callejear, disfrutar del andar del ver de recorrer, de meternos en recortes desconocidos de nuestra querida Santa María de los Buenos Aires.

Pero cada vez más se la habita como en la prehistoria, en el día dando vueltas ocupándonos por ahí y a la noche guardados en la caverna. Para los que interpretan a pie juntillas el ritmo circadiano del vivir, vigilia y actividad durante el día y sueño y descanso durante la noche, podría ser algo bueno. Incluso los médicos estudiosos de los problemas del sueño lo aconsejan.

Insomnio y ansiedad son momentos distintivos del hoy. Todo lo demás está inmóvil.

Pero en esta ciudad siempre hubo necesidad de compartir la noche, de bucear su magia y su belleza, para lo cual no hace falta ser insomne. La noche larga tiene su encanto, nos gusta romper la regla, alargarla, ver un amanecer, pero para la mayoría nos está vedado ya fuera por disciplina citadina o por responsabilidades laborales.

Pero me quiero referir más a la posibilidad de la noche en las veredas en los jardines, a las placenteras noches de verano. Las que disfruté de pibe cuando estábamos en la calle: las viejas y los viejos en las reposeras, batón femenino y piyama con camiseta masculino, los pibes y pibas dando vueltas, reconociendo en la oscuridad las geografías del día, haciendo un acabado mapa del lugar que habitábamos y compartíamos: nuestra comunidad. Extraño esa nocturnidad perdida que ponía el televisor hacia las calles desde el zaguán e invertía el sentido de habitar la casa. El living afuera y los vecinos teñidos de azul por las luces de la tele: hermoso. Casas como la mía que durante el día se recalentaban. Y a pesar de alargar la noche fuera de ella, no se lograban enfriar. Los techos y las paredes eran infiernos antes del amanecer. Por estos motivos la calle en la noche era importante, además de segura, más allá de las travesuras que cometíamos.

También las noches de hacinamiento y calor venían con esperanza. Al día siguiente, sobre todo los fines de semana del verano, teníamos río. Crecidos en edad, lo hacíamos en éxtasis solos y con nuestras bicis para recorrer las calles hacia el río, los barrios.  Ser dueños de ese espacio que nos daba valor.

Hoy pareciera que aquellos pequeños gustos gratuitos no existen más. Hay muchas casas donde se hacinan muchos compatriotas sufriendo frio y calor. En invierno hay riesgo por peligros eléctricos y de gas, o incendios y escapes fatales. En verano, no hay río para chapucear. Por eso el sinfín de piletas tipo “Pelopincho” en las veredas de los barrios populares. Antes había un río que “solucionaba” todo.

Fíjense que las noches han adquirido una sensación de inseguridad que invade a la mayoría de la gente; las calles ya no se habitan nocturnamente para relajarse, juntarse o charlar, la prolongación del frío y los aires acondicionados nos pegan a Netflix como estampilla. En invierno es al revés.

De día, las calles sufren el paso pesado de quienes las trajinan con los malos humores de estos tiempos; de gente que ante el menor roce de hombros puede escalar una discusión sin fin. Gente metida para dentro, extranjera del del lugar que pisa y solo transitando su preocupación. No hay casi encuentro solo traslados apurados. La detención o el momento de la pausa, que da viajar en bondi o subte solo sirve para desenfundar el celu y ponerse a ver para no ver y para no escuchar el desfile de vendedores, cantores y mendicantes que caminan los vagones. Celu y auriculares; solo falta algún casco para simular un posible viaje intergaláctico en solitario.

Huston, tenemos un problema, mientras todo lo demás está inmóvil. Así se dan sobre todo en las calles céntricas, modelos de nueva convivencia que se trasladan a los barrios también, pues no he visto niños chicos que den la vuelta a la manzana con sus bicis. Ni jugando un “cabeza”, en la vereda o un elástico entreverado entre las piernas, que mostraba las destrezas de las niñas con sus saltos. Todo eso ya fue, la calle no es aconsejable. Pero ojo, nunca lo fue, aunque para muchos tenía un valor absoluto y era lo mejor que nos podía pasar. Salir a jugar en ella era la libertad. Mientras, todo lo demás estaba inmóvil.

Para mal de todos los males, hace un lustro sufrimos en el mundo una pandemia. Algo que nos devastó existencialmente, pues aún no tenemos claro hasta dónde llegó su daño. Esa vida limitada obligada al encierro, disciplinada y acotada. Nos metió en un barrio virtual, armado a partir de los intereses y necesidades de sus moradores. Por esa razón es un lugar sin límites reales, solo imaginarios que cambian continuamente ese ritmo.

La única ley que rige la conformación y el mantenimiento de un barrio virtual es la que establece que para que tenga sentido su existencia, debe estar habitado por más de una persona, preferiblemente más de dos. Pues un barrio, (físico o virtual) será reconocido por todos no solo por algunos; se crea a partir de la diversidad de miradas, discursos, prácticas y experiencias personales y colectivas. Como vemos aquí, la diferencia es la territorialidad y la presencialidad, ¿hemos pensado cuántos barrios se han anexado a la vida cotidiana de las personas? ¿Qué prácticas, qué discursos, y qué novedades nos ha traído el habitar barrios sin calles?

La nueva vida post pandemia nos devolvió más cautelosos, cuidadosos, también temerosos, generando quizá relaciones desconfiadas, con modalidades de autocontrol impuesto. Negociamos acercamientos, en muchos casos virtuales. Muchas prácticas se acrecentaron en pandemia, como el porno y el juego oficial o clandestino, las clases de masa madre, el sexo virtual y la utilización de armas. La salida es lenta y se da con la manada propia, la familia, la del club, la política, la sindical; fue la que te dio seguridad para una salida analizada y costosa que aún sigue trabajando con ansias la resistencia a juntarse. También hay otras manadas que siguen en los otros barrios -los virtuales- recorriendo sus laberintos. Un acercamiento al encuentro que simplemente quedó sospechado y a veces simplemente permite vivir cerca, sin hacer vida barrial donde se habita. Todo lo demás está inmóvil.

Miedo y ansiedad son otro par dialéctico post pandémico, que vemos a diario, en las personas, cuando transitamos las calles. ¿Se debe a una percepción de ser víctimas de un delito o solo a un acto de violencia? La calle nos quedó lejos y era lo que más ansiábamos en la pandemia.

Como siempre, el cine y el arte nos antecedieron, “en el infierno inflacionario y entre los líderes del mundo”, vimos cómo un corazón desolado buscaba abrir su pena a través de su perversión. Un hombre roto y abandonado por la sociedad. El Joker de Joaquin Phoenix, nos conmovió con su tremenda actuación, y su delgadez como la que nos sostiene en comunidad. Allí las noches se funden cómo solo las habíamos visto, muchos años antes en el “Yellow Cab” de Travis. Aquel De Niro joven de Taxi Driver. Otro roto homenajeado en esta película, cuyos taxis, tienen los mismos vidrios perlados de gotas de agua a través de los cuales vemos los asfaltos mojados y luces de neón que se alargan en la noche del dolor, como diría nuestro tango. Pero en el taxi del Joker se escucha Sunshine of Your Love, del power trío, Cream y ya no esos saxos extendidos y melancólicos que acompañaban a Travis. Una sociedad destrozada en la que los megáricos viven muy lejos de los mortales. El Joker se encuentra a través de otro gran homenaje cinematográfico (El Rey de la Comedia, también de Scorsese) con el foco de atención que necesitaba. La TV lo instala y entonces ocurre lo inevitable: un roto se convierte en referencia de una sociedad que se quebró y exhibe esa cruda realidad. Todas esas imágenes me invadieron cuando doble la esquina de Rivadavia hacia Misiones, en el corazón del Once. Una noche con mi parabrisa, también perlado, escuchaba a otro power trío, Manal, “Caminamos una calle sin hablar, avenida Rivadavia…”, cantaban. Mientras disfrutaba de mi propio video clip, ocurrió lo inesperado. Una escena que me resulto salida de mi cabeza intoxicada de cine. Cinco o seis policías de la Ciudad corrían a dos pibes de gorritas, bermudas y multi tatuajes en piernas y brazos. No lograban alcanzarlos, y yo avanzaba con el auto por la calle húmeda, cuando cruzaron delante de mí, al grito de ¡Viva Milei!

Era un grito de guerra para los policías, para mí, para los vecinos, para la sociedad, para quien quisiera escuchar. Una imagen se me fijó, la de una carita criolla desdentada que se ladeaba hacia atrás en cámara lenta y vociferaba con voz lenta, como saliendo de la garganta de Linda Blair en el Exorcista, grave, lenta, cavernosa y hasta gangosa. ¡Viiiiiiiiivaaaaaaaa, Miiiiiiileeeeeiiiiii!

Recordé gritos ya escuchados en ese acto de estar fuera de la ley o escapándole al susto y por supuesto recordé un ¡Viva Perón!, un ¡Aguante Boca! o un ¡vamo los Redoooo! Gritos de guerra que acompañaban una resistencia al poder instituido que no deja vivir sin oprimir. Al de Edvard Munch, que pareciera inspirar al de Michael Corleone, cuando matan a su hija, en El Padrino III, retratando el peor el dolor, gritos sordos y contundentes.

Ese grito cortó la lluvia y el silencio, sentí una especie de derrota interior y algo tan pesado como la angustia me comenzaba a tomar el cuerpo, cuando lo escuché.

A la alerta del grito en acción, de escape a la partida policial, sólo le faltaba que uno de los “canas” se diera vuelta y gritara: “¡El sargento Cuz no deja solo a un valiente!, y se plegara a los desgraciados corredores!”

Escuché un grito al revés de la corriente en la que creo navegar. Los vientos vienen en contra y hoy percibimos voces de muchos semejantes que no marchan en el mismo sentido que nosotros; agradezco haber escuchado eso en una noche cualquiera de Balvanera.

Algo me alertó como al ya mencionado Michael Corleone, que cuando se desplazaba en su carro, para cerrar un trato e instalar casinos en Cuba. En el trayecto al hotel donde lo esperan sus cofrades ve matar a un hombre, que resistía a la policía, al grito de ¡Viva Fidel! Señal suficiente para no invertir allí; sabe que las cosas van para otro lado que no es el suyo. Todo lo demás está inmóvil.

La salida de la pandemia y las desilusiones a las que nos fue acostumbrando la vida en estos años dejan sus restos de naufragio en las calles. Nos abruma pensar en estos momentos de disociación cuando nos bombardean con noticias y embustes virtuales de todo tipo, un reflejo más de esta sociedad rota. Nos quieren poner un fusil automático en las manos, tal vez como en Joker; que ésa sea la panacea y vayamos armados por las calles, todes contra todes.

Parece mentira, pero sobre estas realidades, el gobierno reglamentó un decreto que facilita el acceso a rifles y ametralladoras y reduce la edad para portar armamento. A partir de allí, no solo será la convocatoria al diablo para que cargue las armas y nos sumerja en desgracias que seguirán inflando estadísticas de accidentes domésticos seguidos de muerte. Por ahí anda, en el momento de escribir estas líneas, el Tirador del Delta, escondido entre el follaje isleño del Paraná haciendo puntería sobre humanos que pasan en lanchas.

La maximización del dolor en esta época no solo viene de lo que nos ha pasado, sino de lo que pensamos que vendrá. El culto a las armas y al escolazo son dos paradas implícitas en el juego entre la vida y la muerte que se potenciaron en los barrios virtuales que incubaron nuevos modos de vivir, de gobernar, de hacer el amor y de matar. Toda una nueva masa madre, en cadena nacional, por las rees virtuales.

La calle muestra ejemplos de resistencia, como también a aquellos que se derrumbaron por la pobreza y sin recuperación. Quedan tendidos en el medio de la vereda. Cada vez más cuerpos sin ningún tipo de remedo o actitud fallida que busque algo parecido a un descanso, pero nada se parece a una cama, sillón, silla o sofá. Son cuerpos tirados. A diferencia de los de la Gran Vía en Madrid, primer mundo, que también son muchos, pero aún conservan cierta postura devenida de los hábitos interiores de una casa. También los vi en San Pablo, en carpitas mínimas , de a miles y en Bruselas en los andenes del subte como fantasmas en las noches.

Cada vez son más cuerpos tirados por todos lados. Una mano asoma debajo de una frazada con un sol abrazador. Son cuerpos que habitaron la noche, en la que se sintieron más seguros para hacer ranchada en la plaza. La noche les dio seguridad como a mis viejos vecinos, pero no les permite volver a entrar a su casa; les exige seguir andando. Andar en un slalom interminable, donde la policía los corre de todos lados, la gente los esquiva, les moja los umbrales, les cancelen los bancos de las plazas o simplemente llaman a la policía, para sacarlos de las esquinas. Todo lo demás está inmóvil.

“Acá no explotó todo como en 2001”, me confiaba alguien en una reunión, “acá, todo implosionó dentro de las casas”, y allí se generaron violencias, consumos problemáticos, depresión y cierta distorsión de la realidad.

Se destruyeron lazos sociales, eslabones que nos sostienen y nos hacen comunidad.

Se sufre como el nuevo Frankenstein de Del Toro, obligándonos a reflexionar sobre el perdón, la aceptación, la familia y el dolor que se transmite de una generación a otra.

Entre el barrio virtual y nosotros, la vida. ¿Cómo hacer para revertir el “Yo voté a Milei y me va como el culo?” o el “Viva Milei, para resistir la represión”.

Situaciones de absoluta disociación entre realidad y fantasía creadas para sobrevivir. Es allí donde debería meterse la política e intervenir. Intervenir pensando en cómo se acerca a la sociedad para comprender juntos lo que realmente la hace sufrir. Buscar la cura. Tal vez no haya más que otro camino que empezar por lo sencillo: cuidar y pensar en quienes tenemos al lado. Trabajar para empezar a descubrir los lazos insustituibles que tiene una sociedad, redes que alguna vez construimos y nos permitieron entender cómo acercarnos a la fogata, cómo tender la mano, cómo abrazar, hablar y cómo poner reglas que nos contengan, sin convertirnos en depredadores, porque no somos lobos. Mientras tanto, esto ocurre cerca del río sin orillas, donde todo lo demás está inmóvil.

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Tags: callesJavier Mileimovilizaciónpandemiapobreza
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