Contraeditorial presenta un fragmento de Tanto remar para morir en la orilla (Caburé), novela debut del escritor y periodista Alejo Álvarez Tolosa. Una historia que “surge desde las cenizas del pasado, como causa y efecto a la vez del intento desesperado por poner orden donde prima el caos. Un accidente a inicios del 2001, un amor clandestino y una amistad en una Buenos Aires que es, por sobre todas las cosas, una ocasión. La peor crisis del país alcanza cada esquina de la ciudad, y en ellas se desdibujan la moral y el futuro. El amor, esa tierra fértil, funciona como puerta giratoria, como bifurcación sin señales ni advertencias”.

“Si tu mano derecha te hace pecar, córtatela. Más te vale entrar en la vida manco que ir con las dos manos al infierno, donde el fuego nunca se apaga. Y, si tu pie te hace pecar, córtatelo. Más te vale entrar en la vida cojo que ser arrojado con los dos pies al infierno. Y, si tu ojo te hace pecar, sácatelo. Más te vale entrar tuerto en el reino de Dios que ser arrojado con los dos ojos al infierno”. Nunca he sido creyente pero sí debo admitir que la Biblia posee pasajes que no dejan de llamarme la atención y que han quedado grabados en mi cerebro como si alguien los hubiera tallado en él. No por coincidencia, sino por todo lo contrario: porque es en las diferencias en donde se saldan las cosas, en donde nos distinguimos y, sobre todo, en donde encontramos el espejo que nunca querremos que nos refleje. A veces la vida es correr, únicamente correr, exactamente en la dirección contraria de las cosas que no queremos. Supongo que la religión intenta lo mismo que el amor: hacernos sentir que no hay espacio entre la posibilidad y el acto; quitar todo el polvo que separa nuestros ojos del paisaje, y hacernos creer que es cierto eso del alma limpia, el corazón radiante, la vida y el amor eternos, el amor después de la muerte, y tantas otras cosas más. Supongo. Lo cierto es que cuando todos se disputan a muerte la misma cosa, no es la cosa lo importante, sino todo aquello que estamos dispuestos a hacer por ella, y lo que no. Si tu mano derecha te hace pecar, Marcos, ¿cuál es el problema? Si tu ojo derecho, si tu pie izquierdo, tu fosa nasal derecha, tu lengua, o tu oreja izquierda te hacen pecar, entonces, ¿cuál es el problema? ¿No es acaso eso la base y el sustento de toda la parafernalia de la religión, del perdón, los rezos, los Ave María? Sin pecado no existe casi nada. Sin pecado casi nada vale la pena. Ni construir ni romper, ni crear o destrozar. Hace unos meses asistí a una muestra de arte en una pequeña galería ubicada cerca del Parque de Retiro, en Madrid. La muestra constaba de unas cincuenta fotografías que mostraban e inmortalizaban los sucesos de aquellos trágicos días de fines de diciembre del 2001, en Argentina. Encontrarme con esa muestra fue una sorpresa: no por el hecho de que alguien se hubiera obsesionado con el tema, a tal punto de realizar una exposición, sino porque las desgracias, cuando descubrimos que son compartidas, se alivianan, se diluyen. Mutan, y después pesan menos. Claro que los motivos discrepaban, que lo que a mí me atraía era todo lo que no constaba en las fotografías pero que eran ellas, a la vez y justamente, las que me lo recordaban. Como si las fotografías de la peor crisis social y económica de mi país fueran también un rompecabezas y yo notara, y nadie más, que al observarlas faltaba una pequeña pieza justo sobre el marco izquierdo, bien abajo, ahí. Eso que faltaba era mi historia. Esa ausencia, ese hueco, esa ficha extraviada, esa historia que no estaba siendo contada sobre el papel fotográfico se encendía en mi cerebro como una descarga gigantesca, como una ola que te atrapa y que ya es demasiado tarde para empezar a correr y dejarla atrás. Entré y recorrí las salas sorteando las columnas cuadradas de la galería, perdiéndome en cada una de las fotografías y recordando no sólo los ruidos y la tristeza de las personas que ya había visto en vivo y en directo años atrás, sino también las calles de Buenos Aires, la Plaza de Mayo, Diagonal Norte, los bancos cerrados, las cortinas metálicas, las Madres. Pude sentir el olor a Buenos Aires e irme allí; viajar en el tiempo y en el espacio, volar al pasado y volver a un pasado del cual, entendí en ese instante, jamás me había ido. Y entonces algo se apoderó de mí. Estaba de pié delante de una fotografía que mostraba centenares de personas eufóricas con sangre en el torso, las manos en alto, las bocas abiertas y los puños cerrados; era en blanco y negro y detrás de ellos se erguían el obelisco y los edificios, y había fuego y humo. Observé la fotografía y empecé a sudar. Mi cuerpo empezó a temblar y por primera vez, después de tantos años, volví a pronunciar su nombre. Fue un susurro apenas oíble que salió de mi boca sin que yo lo deseara. Amelia. Y entonces salté contra la fotografía y empecé a golpearla con mis manos cerrados, con rabia; la descolgué agarrándola con fuerza y la estampé contra el suelo y comencé a saltar sobre ella, a patearla, a pisotearla con todas mis fuerzas. Poco a poco se iba desfigurando y deshaciendo, como si la suma de todas las partes no fuera el todo. Me arrodillé sobre ella y arranqué pedazos de papel igual que un perro intentado excavar un hueso, con desesperación y urgencia. No quedó nada: apenas el marco de madera clara destrozado y la fotografía como serpentina de papel machado después de una fiesta. Estaba en el suelo, llorando y sudado, arrodillado sobre los escombros de la imagen y del pasado, cuando alguien me abrazó por la espalda. No tenía fuerzas siquiera para defenderme del abrazo, para correr o para intentar explicar por qué había hecho eso (algo que ni yo aún sabía). El hombre me levantó y me llevó a uno de esos pequeños sillones de madera que colocan en las galerías para que uno pueda sentarse a contemplar el arte sin cansar sus piernas. Cruzó su brazo izquierdo sobre mis hombros y en voz baja me dijo que él era el fotógrafo que estaba exponiendo, que era Argentino, que comprendía mi dolor, que no me preocupara, que no me hiciera problema por los destrozos, que cómo me llamaba. Mi intención no era explicarle nada; no porque no me interesara aquel empático artista al cual acababa de hacerle añicos una de sus creaciones, sino porque todo era demasiado confuso y porque mis razones no eran las que él pensaba, y eso, supuse, lo hubiera cambiado todo. ¿Qué cara hubiera puesto aquel artista al descubrir que me daban igual sus fotos, el pasado trágico, los carísimos marcos de madera que con tanto esmero y esfuerzo había comprado, el tiempo que habían dedicado él y el curador a preparar todo, los planos de las fotografías, la cámara con la que registró todo, el recuerdo y la memoria, la plaza y las balas, la crisis y la Argentina? Para mí la Argentina no era, ni es, ni más ni menos que algo sin demasiada importancia y, a la vez, un puente que irremediablemente me devuelve a ella, a su recuerdo. Me quedé en silencio y llorando con la cabeza gacha. En aquel preciso instante recordé la cita bíblica de la mano y el pecado y la mutilación, y me sonreí. Debería cortarme la mano con la que he pecado, le dije para quebrar mi silencio. Deberías pecar más y romperlas todas, contestó. Después me preguntó quién era Amelia y lo miré sorprendido. Me dijo que había gritado ese nombre mientras rompía la fotografía, y que no quería ser indiscreto pero que la curiosidad para él era un don, un llamado al que siempre debía responder. Tardé unos cuantos segundos en encontrar una respuesta a su pregunta. Quizá, incluso, minutos. Me puse de pié y emprendí mi retirada. El fotógrafo, ansioso y desesperado, volvió a preguntarme quién era ella, mientras yo salía de la galería. ¿Quién no es Amelia?, contesté sin mirarlo. La puerta se cerró detrás de mí.

Romper el futuro es, también, una forma de cambiar el pasado.
Todavía estábamos transpirados cuando noté que Amelia tenía colgado sobre su cama un reloj pulsera de un clavo chueco y solitario. Me reí y le hice una broma sobre el poco presupuesto que dedicaba a la decoración de su casa. Pero ella no se rió. Arremetió, en cambio, con un sin fin de argumentos. Amelia escondía, detrás de su juventud, cierto recelo por el presente y una estrepitosa critica del mundo y la sociedad. Me dijo que yo no lo entendía, que no lo podía ver, que antes los relojes eran a cuerda, como ése que colgaba de la pared, y que uno tenía que tomarse el tiempo para girar la perilla hacia arriba y sentir un suave cosquilleo en la yema de los dedos y que entonces uno sabía que le estaba cargando energía a esa máquina que iba a dar la hora exacta durante las próximas veinticuatro horas; era necesario, era una tarea implícita, imprescindible. Antes, me dijo, las cosas eran así: no gozábamos de aspiradoras automáticas que limpian de noche y en silencio la mugre que generamos de día, no, antes las cosas exigían algo y existía un trato tácito entre lo que uno quería y lo que debía hacer para lograrlo. Indignada me gritó que ya ni siquiera íbamos a tener que girar la llave de nuestro auto para darle arranque: le quieren poner un botón. ¡Un botón!, gritaba y movía sus brazos. Enajenada y transformada en un tren descarrilado que no encontraba algo contra lo que detenerse, me dijo que antes las cosas exigían una constancia, una conducta, un compromiso. Que el calor provenía de los leños que cortabas y ponías al fuego y que si te olvidabas, y se apagaba la llama, entonces te abrazaba un frío espantoso, un recordatorio de que no habías hecho lo necesario. Pero que en algún momento de la historia alguien pensó que facilitarnos la vida sería, acaso, algo positivo. En algún momento de los últimos cincuenta años un grupo de personas se dedicaron a pensar cómo podríamos vivir mejor partiendo de la equivocada premisa del menor esfuerzo, de prescindir del compromiso y de delegar en chips y motores nuestra responsabilidad. En algún momento, mi amor, me dijo, nos empezaron a joder la vida. Y que entonces la cuerda del reloj se reemplazó por una pila y la escoba por una máquina y la tranquera por un motor, y los leños por gas, y que compramos todos esos inventos pensando que nos iban a dar una vida mejor. Que lo hicimos. Pero que lo único que en verdad estábamos haciendo era cavar una trampa enorme en donde algún día caeríamos. Amelia estaba en lo cierto; su análisis tenía anclajes irrefutables en la realidad. ¿Quién quiere esforzarse si existe siempre una alternativa más cómoda?, me preguntó. ¡Nadie!, contestó. Y entonces, siguió, en cuestión de un puñado de años empezamos a descartar todas aquellas cosas que nos llevaban ciertos esfuerzos. No nos dábamos cuenta pero era un proceso lógico. Y lo hicimos: el mundo lo hizo. Y entonces, cuando algo no nos gusta, simplemente lo descartamos. Nos metieron adentro de la cabeza que no hacían falta ni la constancia ni el cuidado, que era mejor renovar y no cuidar, que las cosas deberían ser fáciles y descartables, finitas. Asquerosamente finitas. El apego y el compromiso empezaron entonces a ser dos palabras vacías. Nos convencieron. Y nos cagaron la vida. Amelia sonrió como quien sabe que está en lo cierto, pero que esa certeza no lo beneficia en absolutamente nada, y siguió hablándome y me dijo que en un mundo en donde todo es fácil y no exige esfuerzo ni compromiso, cuando de golpe se te aparece una piedra en el camino, bueno, sólo se te ocurre patearla para esquivar el meollo, el esfuerzo, la reconstrucción y el nuevo intento, y que ya ni siquiera reparamos los artefactos que nos vendieron para solucionarnos la vida; no, los tiramos y compramos uno nuevo. ¿Lo entendés?, me preguntó, es grave: nos jodieron la vida con nuestro propio consenso. Por eso el mundo está como está. Por eso cuelga ese reloj sobre mi cama: para recordarme que las cosas exigen un compromiso y que si no le das cuerda, el reloj, simplemente, como todo en esta vida, se detiene. Y a eso, mi amor, dijo, me dijo, no hay invento capaz de arreglarlo.
* Tanto remar para morir en la orilla se puede comprar en la librería y editorial Caburé (México 620, San Telmo, CABA) y también online.






