A veces no hay violencia, hay algo peor, escribió el poeta argentino Martín Rodríguez, y la frase es un triste aunque certero resumen de una actualidad signada por el engaño programado, y por la llamativa soltura con la que buena parte de la sociedad se acomodó en él, ignorando qué pretende y esconde.
Antes el mundo era más sencillo, los canales de difusión eran finitos, y por ende, acogotar el flujo de información era cuestión de coordinación, recursos y malas intenciones. Un ejemplo: el ritual purificador llevado adelante en 1980, en Sarandí, que, con más de un millón y medio de ejemplares considerados subversivos, consolidó la pira bibliográfica más brutal de la historia nacional. Aquella quema de libros fue tan solo un artilugio más en la larga cadena de acción represiva sobre la cultura y las sociedades, que la practicaron desde Goebbels hasta el franquismo; la censura también, quizá como antesala de las cenizas, fue utilizada por aquellos que suelen ver el diablo en cada sombra que los opaca, como método para intentar reducir la naturaleza a un macetero.
Pero el mundo cambió y aquellos que hoy hacen uso (y abuso) del poder afinaron la orquesta de la censura para transformarla en otra cosa, aunque con los mismos fines. Los agravios, la multiplicidad de voces alineadas, la desacreditación, la mentira y los mensajes de odio reemplazaron a la información, creando una majestuosa cortina de humo. Pero, al final, ¿cuánta desilusión hay en una alegría, si media verdad ya es toda una mentira?, ¿qué irónica algarabía capta a aquellos y aquellas que se sumergen sonrientes en una invención malintencionada? Y, más aún, ¿quiénes son las verdaderas víctimas del engaño programado? Hay cosas que, al igual que la necesaria correa para pasear al perro, hablan por sí solas y denotan que todo lo que debe atarse, no nos pertenece en verdad.

Escueto recuento de sucesos para comprender que lo que antes lograban a través de dictaduras militares a cara descubierta, con censura, asesinatos y desapariciones, más tarde lo lograron elucubrando desde las sombras de un poder económico que recurrió, incluso, al asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas, y que más tarde accionó (y lo sigue haciendo) a través de un poder judicial viciado a la merced de las necesidades políticas de turno. El dinero cambia de manos, pero no de dueño.
Es así: esconden la oscuridad en la claridad, y entonces hay que extraerla de los hechos cotidianos, igual que un malentendido. Pero es ardua la tarea en un país en donde la cantidad estimada de usuarios de X (ex Twitter) es de siete millones y medio. Las voces se multiplican, la verdad se tuerce, la realidad se escurre y sólo aquél que lance más sensacionalismo domina el imaginario colectivo al mejor estilo Orson Welles, donde la mentira es un arte, y la verdad, algo sin importancia.
El gobierno ha tallado su piedra Rosetta con miedo y engaños, especulando con el termómetro social respecto de cuándo pasarse de la raya, mentir, provocar y agredir. El miedo les resultó efectivo: profecías de una inflación descomunal, miseria, caos, y sobre todo, un enemigo obvio, el peronismo, han logrado que sea más sencillo ignorar que cuestionar, o lo mismo, creer la mentira y desconfiar de la verdad. El desengaño es necesario aunque no sencillo, en un país en el que parece hacer falta demasiado valor para decir lo que ya todos saben, y sólo será posible alcanzarlo leyendo, estudiando, dudando y buscando, en la cerámica rota, las flores frescas: cada cosa que aprendemos es una mentira menos que nos pueden contar. Al final, la realidad siempre supera a la ficción y la verdad prevalece. Es cuestión de tiempo. Y de lectura.
*Esta nota fue publicada en el número 56 de Contraeditorial.






