China ha logrado una modernización acelerada, mejorando la calidad de vida de más de 1.400 millones de personas gracias a una planificación estatal rigurosa. La autoridad centralizada del Partido Comunista permite decisiones eficientes con el bienestar colectivo como prioridad. En el gigante asiático, la idea de que “nadie se salva solo” es un principio fundamental.
Argentina parece avanzar en una dirección opuesta. Un ejemplo que ilustra esta diferencia con respecto al gigante asiático surge de una conversación con mis alumnos chinos sobre política latinoamericana. Recuerdo que les resultaba difícil de comprender o aceptar que un presidente pudiera tomar decisiones que no estuvieran orientadas al bienestar común. Ocurre que en China la estabilidad política y la planificación estatal garantizan que la población no sienta la necesidad de preocuparse por la gestión gubernamental. Esta visión se ha naturalizado y se basa en tradiciones filosóficas como el Confucianismo, que promueve la armonía social y la responsabilidad mutua, y en el pensamiento de Mozi, quien defendía un liderazgo basado en la virtud y la equidad. Estos principios, vigentes por más de dos mil años, siguen moldeando el desarrollo del país.
En contraste, Argentina atraviesa un proceso de desmantelamiento del Estado, la política ha sido desprestigiada y el gobierno de Javier Milei representa esta tendencia. Desde su campaña electoral, Milei hizo de la eliminación de la “casta política” su eje central y, ya en la presidencia, ha profundizado su ataque contra instituciones y sectores sociales clave. En una entrevista, se autodefinió como un “topo” que busca destruir el Estado desde adentro. Su ajuste fiscal extremo ha recortado gasto público, debilitando la capacidad estatal para garantizar derechos y fomentar el desarrollo.

Modelo chino de desarrollo para el Sur Global
China ofrece un modelo de desarrollo estructurado y planificado, en contraste con la improvisación que define la gestión de Milei en Argentina. Su estrategia se basa en una planificación centralizada con objetivos de largo plazo establecidos por el Partido Comunista y el Gobierno. En educación, ha potenciado el papel de las universidades con inversiones masivas en investigación y tecnología, consolidando su liderazgo global. Su política industrial combina innovación y apertura económica controlada, impulsando sectores estratégicos para un crecimiento sostenido. Como parte de sus objetivos para el centenario de la República Popular, China ha avanzado significativamente en la erradicación de la pobreza extrema y la consolidación de una sociedad modestamente acomodada. Su política ambiental también refleja una visión a largo plazo, con una transición progresiva hacia energías renovables y la reducción de emisiones, mientras que la inversión en infraestructura y urbanización desarrolla ciudades inteligentes y redes de transporte eficientes. En política exterior, se posiciona como referente del Sur Global frente a las potencias del Norte.
Milei llegó al poder con promesas basadas en la destrucción, entre ellas: eliminar a la “casta política” y reducir la inflación incluso si debía “volar por los aires el Banco Central”, entre otras. Sin embargo, su gestión ha beneficiado a las élites mientras la baja de la inflación, según datos oficiales cuestionables, se ha logrado a costa de un ajuste drástico que afecta a los sectores más vulnerables de la sociedad. Su política ha contraído la economía, aumentado la deuda en dólares y eliminado inversiones en infraestructura, asistencia social, ciencia y educación, profundizando la desigualdad y el estancamiento sin una política de desarrollo.

La profesionalización del quehacer político en China
China fue pionera en desarrollar una burocracia profesional basada en el mérito. Antes de la unificación de la dinastía Qin (221 a.C.), los reinos ya seleccionaban funcionarios por capacidad en lugar de herencia. Con la dinastía Tang (618-907 d.C.), el examen imperial consolidó un sistema unificado, clave para la estabilidad política y social. Los funcionarios no solo gobernaban, sino que también eran modelos morales y garantes de la cohesión cultural. Aún hoy, el sistema mantiene tres principios: formación ideológica unificada, designación por superiores y rotación de líderes locales, asegurando el equilibrio de poder entre el gobierno central y el local. Este modelo, lejos de ser una “casta política”, ha garantizado estabilidad y desarrollo de China.
La piedra angular de la gestión de gobierno es la provisión de bienes y servicios públicos a nivel nacional, provincial y local. La planificación es liderada por el Partido Comunista que establece las prioridades nacionales a través de planes quinquenales y directrices del Comité Central. En este contexto, adquieren especial relevancia las “Dos Sesiones”, actualmente en curso, donde se definen los objetivos de los planes quinquenales y se establecen las metas que regirán hasta marzo del próximo año.
Las autoridades chinas establecen objetivos de largo plazo en áreas clave con amplio consenso nacional: crecimiento económico, generación de empleo, erradicación de la pobreza, modernización de la infraestructura y la producción, acceso a salud y educación, y sostenibilidad ambiental. La formulación de políticas es liderada por el Consejo de Estado, con la participación de ministerios, think tanks y universidades, garantizando un enfoque tecnocrático basado en planificación y análisis. Su implementación sigue una estructura jerárquica que adapta las políticas a nivel local, con mecanismos de supervisión para asegurar su cumplimiento. Finalmente, las políticas son evaluadas mediante indicadores de desempeño, ajustadas cuando es necesario y, si demuestran eficacia, institucionalizadas para su aplicación a largo plazo.

Improvisación y destrucción en la política argentina
Argentina no necesita menos Estado, sino un Estado eficiente, capaz de impulsar el desarrollo, la redistribución y la inclusión. El modelo chino demuestra cómo la planificación estratégica y la modernización institucional pueden generar progreso. La gobernanza debe centrarse en políticas públicas con objetivos claros, inversión en educación, ciencia y tecnología, modernización económica para garantizar competitividad, infraestructura para mejorar la calidad de vida y desarrollo sostenible con cuidado ambiental. Todo esto requiere una política exterior alineada con los intereses nacionales y una visión de largo plazo.
Un gobierno no puede limitarse a reducir la inflación sin antes definir cómo mejorar la vida de la mayoría, planificar el desarrollo y fomentar la industrialización, se necesita un Estado activo que regule, distribuya y planifique. Su función no es solo redistribuir la riqueza, sino también amortiguar pérdidas para evitar que las crisis recaigan sobre los sectores más vulnerables. La desregulación y el ajuste sin un plan de crecimiento solo profundizan la desigualdad y condenan al país a la incertidumbre.
*Investigadora en la Facultad de Filosofía. Especialista en cooperación para el desarrollo China-América Latina y Letras, UBA.






