La sociedad argentina se encuentra en estado de shock. La clase política tradicional (peronista, radical Yrigoyenista, progresismos) igual. No parecen surgir liderazgos que puedan detener la emergencia de este personaje estrambótico (según la RAE: irregular) que ocupa –por voto popular- la presidencia de la Nación Argentina.
Un Decreto de Necesidad y Urgencia y una Ley Omnibus proponen una transformación tan profunda de la sociedad argentina que hace empalidecer el proyecto económico del menemismo y aún de la última dictadura cívico-militar.
El actual presidente es un sujeto difícil de clasificar: con una discursividad misógina, con cero tolerancia a la contradicción, cero capacidad de diálogo ; hizo su campaña apelando a gritos, insultos descalificadores y discriminatorios. Su símbolo era una motosierra. Y sin embargo ganó y gobierna apretando el acelerador.
Pero, como todo análisis personalista, si nos quedáramos en la figura de Javier Milei perderíamos de vista un cuadro mucho mas amplio que explica –quizá de mejor manera- que lo que lleva adelante Milei no es “su proyecto” sino el proyecto de alguien más: el proyecto del gran capital ; el de la universalización total del capital.
Un poco de historia: el capital, barro y lodo
Desde las ciudades hanseáticas y las ciudades-repúblicas italianas del siglo XIV-XV hasta la actualidad – seiscientos años – lo que llamamos el sistema capitalista ha recorrido un camino sostenido en dos o tres ejes claves: búsqueda del lucro individual-empresarial; acumulación y reproducción del capital y expansión planetaria a través de nuevos mercados de extracción de bienes y de colocación de productos.
En esa carrera desbocada en busca de la rentabilidad y la ganancia, el capital lo ha transformado todo: lenta pero inexorablemente derrumbó al feudalismo europeo –que había durado mil años – envío a sus mercaderes y empresas comerciales a la conquista de América, Africa y Asia creando un mundo colonial que se tragó sociedades originarias enteras, que capturó y esclavizó a millones de seres humanos trasladándolos desde Africa y Asia hacia América.
A partir del siglo XVIII el capital dio un nuevo salto y se transformó en industrial: millones de obreros/as europeas fueron la mano de obra súper explotada por las fábricas. Los niños/as, mujeres y varones ingleses, escoceses e irlandeses sufrieron la misma suerte que los esclavos africanos: trabajar hasta la desesperación o la muerte para que Inglaterra –luego Europa y los EEUU- se constituyeran en los “talleres” del mundo. Ese mundo industrial volvió a dividir el planeta en dos: el centro colonial-imperial y la periferia colonizada y construida para mejor proveer bienes destinados a la producción industrial central.
Dos guerras mundiales y una crisis de proporciones (la de 1930), demostraron que en esa búsqueda desaforada de la rentabilidad , de recursos y la expansión permanente había que intervenir desde otro lugar para que el capital no se destruyera a sí mismo: el keynesianismo postuló la intervención del Estado no sólo en la economía sino también en todas las áreas de la sociedad. Más aún cuando la otra referencia societal de la segunda posguerra era el socialismo soviético y chino que amenazaban destronar al capital occidental. Esta versión de un capitalismo estadocéntrico dominó –no sin luchas ni dificultades- la escena mundial –tanto en los denominados países “centrales” como en los denominados “periféricos”. En algunos países de América Latina – léase Brasil, México, Uruguay y Argentina – esta forma de capitalismo desarrolló toda una institucionalidad económica y social destinada a conducir al capital, intervenir en él y garantizar derechos mínimos de carácter laboral y social.
En el caso de la Argentina, la primera década peronista (1945-1955) llevó a la construcción de esta institucionalidad a su expresión más profunda en América Latina: un capitalismo conducido por el Estado, con altos niveles de educación y salud, con altos niveles de consumo popular y redistribución de la renta. Ese edificio de intervenciones, regulaciones, controles y estímulos a la producción y el trabajo constituyeron una herencia perdurable en nuestro país: pese a los golpes de 1955, 1962 y 1966 que intentaron redefinir los alcances de ese capitalismo de Estado –en particular reducir la participación popular y obrera- la arquitectura general del orden estadocéntrico permaneció mayoritariamente inalterado durante varias décadas.
Pero, como ya hemos señalado, el capital no descansa ni detiene su marcha: en los años ´80 y 90 se inició un nuevo ciclo capitalista a escala mundial : una reconversión –que algunos llamaron globalización , y otros, prefieren llamar universalización – basada en la explosión de una tecnología basada en la informática, la financierización como principal eje rentable y la necesidad de reducir los alcances de la intervención estatal para que la circulación de bienes, servicios y capital pueda darse a escala global sin obstáculos. Esta nueva versión del capitalismo presupone también que grandes proporciones de la población –aún en los países centrales- quedarán sin empleo o con empleo por debajo de los niveles de pobreza y que el consumo –antes masivo y popular – estuviera cada vez mas orientado hacia objetos de alta tecnología y/o suntuarios.

Este proceso, como todos los anteriores del capitalismo , no repara en el costo social de la nueva etapa: a escala planetaria, mientras se producen maravillas tecnológicas antes inimaginadas , miles de millones de personas mueren de hambre por año. Mientras el lujo y el consumo se refugian cada vez mas en sectores ultra privilegiados , miles de millones de personas pierden sus empleos y pasan a engrosar el creciente mundo de la pobreza . Y mientras se privatiza hasta la exploración espacial , el modelo extractivista y de descarte de los bienes naturales comunes genera una crisis ambiental que pone en serio riesgo la vida del planeta como la conocemos.
En nuestro país la primera referencia sobre políticas públicas orientadas hacia la reestructuración económica en clave neoliberal deben buscarse en la última dictadura militar: Aún en forma incompleta – las empresas públicas no fueron privatizadas por ejemplo – la dictadura propuso cambios en la dirección neoliberal en términos financieros, en la apertura a las importaciones y las políticas monetaristas. El fracaso político social de la dictadura – por su política genocida, por la movilización popular creciente y por la derrota de Malvinas – interrumpió ese proceso.
Será el presidente Carlos Menem quien –en medio de una fenomenal crisis económico financiera y social – se decida a llevar a cabo una política neoliberal en toda la línea: la crisis hiperinflacionaria y de deuda externa de los años 1988-1990 convencieron a Menem en el sentido de desplegar el decálogo neoliberal. Sin olvidarnos de la coyuntura internacional –Consenso de Washington, fin de la URSS, colapso del socialismo – lo que luego se llamará el menemismo llevó cabo la más profunda transformación económica neoliberal después del caso chileno (1973-1990). Las Leyes de Emergencia económica y Reforma del Estado habilitaron un gran proceso de ajuste estructural, privatizaciones generalizadas y reducción de las plantas de trabajadores estatales nacionales junto a la apertura económica indiscriminada y un dólar “barato” (el famoso uno a uno con el peso).
El proceso menemista funcionó casi diez años, podríamos decir que mientras pudo endeudarse en el mercado internacional y sostener el ritmo de las privatizaciones el esquema monetarista –aún con altos niveles de desempleo y caída de la actividad económica- mantuvo baja la inflación y, por ende , cierta aceptación social del modelo.
Inclusive podríamos señalar que, aún con lo destructivo que fue el período menemista, había aún una concepción que aceptaba que –hasta tanto se produjera el famoso “derrame” que nunca llegó – el Estado debía hacerse cargo de desarrollar ciertas políticas de asistencia social para paliar la desocupación creciente y “mitigar” los efectos sociales de la pobreza.
Y llegamos al presente
Lo que estamos vivenciando con las propuestas del recientemente votado presidente Javier Milei es un proceso mucho más radicalizado que lo experimentado hasta ahora.

Volviendo a nuestro análisis inicial , la propuesta de Milei es la de una actualización radicalizada del capitalismo argentino con el objetivo de desestructurar y eliminar precisamente toda aquella institucionalidad –estatal o no estatal- construida durante décadas en el marco del capitalismo keynesiano (en nuestro caso, peronista o nacional popular). El proyecto de gobierno de Milei es el de una reingeniería social brutal y profunda con el objetivo declarado de establecer definitivamente el nuevo patrón de acumulación capitalista exclusivamente mercadocéntrico. Para alcanzar este objetivo –nunca logrado en ningún país, vale la pena aclararlo-, la herramienta es –vaya paradoja- el propio Estado Nacional que, conscientemente , se despoja una a una de todas sus atribuciones en las más diversas áreas económico-sociales , para que sea la lógica mercantil-capitalista-neoliberal el único ordenador de la vida social.
Esta es la razón por la cual el presidente Milei ha presentado un Decreto de Necesidad y Urgencia de más de 800 artículos y una Ley Omnibus para someter al Congreso Nacional: esos dos instrumentos son imprescindibles para lograr el objetivo arriba declarado – y declarado hasta el cansancio por el propio presidente en campaña y ahora a cargo del Poder Ejecutivo- de “liberalizarlo” todo.
El problema es que este esquema propuesto sólo puede ser “exitoso” si desarticula la totalidad de la institucionalidad –estatal y de la sociedad civil- construida durante décadas por el pueblo argentino: lo que el capital propone “liberalizar” es en cada caso una parte mayor o menor de la vida de nuestra sociedad.
Las desregulaciones, privatizaciones y aperturas económicas llevadas al extremo –como es la propuesta presentada en el DNU y el Proyecto de Ley Omnibus – beneficiarán a un segmento muy pequeño de la sociedad argentina y a aquellas empresas, fondos de inversión y compañías del capital transnacional que por su envergadura “juegan” en la toma de definiciones económicas a escala planetaria.
Dicho en otros términos: las propuestas incluidas en el DNU y La Ley Ómnibus serán terribles por sus efectos negativos en una sociedad con el 40% de la población en la pobreza; pero también afectarán al “capitalismo argentino”: las empresas y compañía que no jueguen en el gran mercado internacional, serán puestas a competir con compañías de escala global. Un arco de afectados que va desde los sectores que ya viven en la pobreza y la indigencia, pasando por pequeñas y medianas empresas y aún las grandes empresas de carácter estrictamente nacional. Ni hablemos del impacto sobre las áreas del empleo público estatal en todos sus niveles nacionales.
Resumiendo: puede que el presidente sea extravagante, puede que sus modos de comunicación sean cuestionables en su virulencia, pero – reiteramos – detrás de su figura individual, hay un proyecto con una lógica intrínseca de hierro: es la reformulación del sistema capitalista y su necesidad de maximizar el control sobre las economías a escala planetaria para sostener este nuevo salto de reproducción del capital. Nuestro país está enfrentándose a mucho más que un presidente, se está enfrentando a las tendencias de reconversión capitalista que vienen arrasando las sociedades latinoamericanas y mundiales.
Este proceso no es “automático”. No hay fuerzas sociales que “ciegamente” lo llevan a cabo como si fuera inevitable: para llevar adelante este proyecto de reconversión final es necesaria la POLÍTICA y su articulación con el poder económico real –nacional y transnacional – . ¿Es inevitable que este proceso se lleve a cabo? Definitivamente no. La profundidad y alcance de la destrucción del modelo estado céntrico depende precisamente del grado de éxito de la política que se lleve a cabo en ese sentido. Los propios instrumentos elegidos para imponer el proyecto neoconservador – el DNU y la Ley ómnibus- muestran que es necesaria la política para su implementación y que, por supuesto , es necesaria la política también para su interrupción y la recuperación de una institucionalidad nacional y popular.






