América Latina habita su futuro. Vivimos el tiempo por venir, nacido hace 200 años cuando la Independencia se deshizo de los hombres que la consiguieron, y solo quedaron en pie los que se aprovecharon de la sangre derramada.
Ellos fundaron lo venidero, día por día, como un mecanismo de relojería que fue engarzando las riquezas, las instituciones y la justicia, hasta darse la seguridad de una región definitiva, injusta, cruel y desigual.
Hablamos de una comarca desoladora, placentera solamente para esa elite que de norte a sur arrebato lo ulterior, todo lo que vendría como una mamushka que tiene la palabra futuro en cada capa, pero siempre se repite en lo mismo.
Hasta los apellidos son los mismos. En 1800 y en el 2000 también.
América Latina, muertos los espasmos revolucionarios, es un pasado que se vuelve mañana.
Los poderes reales, económicos, eclesiásticos y culturales fueron cooptados desde aquel inicio y solo repartieron el amor por los himnos y los escudos. Ofrecieron banderas porque algunas pertenencia debían conceder a quienes trabajarían para ellos. Envolvieron a todos en la tibieza del nombre del país y ese sería el único factor común que el pueblo tendría con los privilegiados.

Es verdad que América Latina puede, a contracorriente de esa certeza, recuperar el poder político. Es para eso que confrontamos con la versión edulcorada de la democracia funcional al poder real. De hecho, un repaso a la actualidad indica que la mayor parte del territorio y la población viven con gobiernos de izquierda.
El alivio ha sido un acicate a la esperanza en las primeras décadas del siglo. Pero nada de lo que es el auténtico poder fue recuperado. Ganar elecciones no implica desarmar el aparato del poder económico, judicial y mediático.
Actúa como un dique a la brutalidad de los excesos del neoliberalismo y eso es aliviador como una compresa sobre la frente con fiebre. En el tiempo que funciona la vida ha sido mejor. La distribución de la riqueza alcanzó metas inesperadas y varios nombres surgidos de la política honraron el ideal de los que dejaron su sangre en las colinas y los ríos de la Patria Grande.
Pero la batalla cultural es un campo donde los pertrechos y los heridos del amanecer son de los combatientes del futuro, siempre derrotados por el pasado que vuelve.
La política, único mecanismo posible para revertir la historia, ha sido estigmatizada y perseguida como un ciervo herido. Los mejores hombres surgidos en el período más prometedor a partir de 1998 han sido vituperados, encarcelados, sus reputaciones violadas y sus derechos conculcados.
Algunos vuelven para un nuevo combate. Y nos hacen mejores, porque con ellos, millones encuentran una razón para luchar.
Esa verdad se constata aún en una época en la cual las derechas y el neoliberalismo avanzan como ejércitos victoriosos que violan, roban y asesinan a su paso. Cabe decir que así como el poder logrado a través del juego insustituible de la democracia vuelve al pueblo, como ocurre hoy en varios países de la comarca, lo sustantivo permanece en las mismas manos de la historia, unas pocas.

Futuro es un sustantivo que siempre invita a los sueños. Lo vemos como la claridad de un estallido del sol sobre un cielo limpio. Somos pasajeros de una espera celeste que desafía la eternidad. Del brazo con el porvenir, una gran impostora, la esperanza, vendedora de galaxias de promesas, para abandonar a los crédulos en la inmensidad del silencio y la oscuridad del espacio. Palabras que han sido las herramientas fundamentales del engaño. Vamos hacia un futuro como el que nos merecemos. Convoquemos a la esperanza de una sociedad más justa, seamos capaces de construir un mundo como el que soñamos.
La literatura de la estafa es variada y eficaz. No hay buen poeta ni político que no agregue páginas, inflamado de orgullo académico o panfletario.
Con la exclusión social de América Latina no hay nada que permita imaginar el mundo próximo sin otra diferencia que el número del año en los almanaques de las paredes descascaradas de los pobres.
La criminalidad puede avizorarse, eso sí. Donde pongamos la mirada hay un laboratorio de violencia en gestación. Ahí tenemos una certeza. América Latina será aún más furiosa y feroz a ese destino que la empuja el espanto neoliberal. Países fallidos, somos el futuro que fracasó, si es que alguna vez pudo creerse en él.
El narcotráfico dominará el escenario de mundos de basura y barro, cartones que vuelan con el viento o solo sirven para tapar las chozas en el borde mismo de ríos ennegrecidos por las sobras de los opulentos.

La forma de excluir, deliberada y frenética que se imponen las derechas, les está saliendo bien. La fecha de vencimiento no está lejos, pero están preparados para asesinar a todos los que sea necesario. Baños de sangre para América Latina. Cada día esperamos el estallido, algo tiene que pasar, no se puede más nos decimos, pero no pasa nada. Empujar el descontento puede ser el trabajo atroz de prepararlos como a monstruos míticos. La ofrenda de muertos.
El ejército de ocupación que soporta cada nación cierra filas en defensa de un mundo extractivista de sus riquezas naturales. Extraer y venderlo afuera, con la naturalidad de raspar y comer.
Un pobre con una carretilla va juntando el oro, el diamante, el litio, el pasto soja, y lo arrastra hasta el puerto. Allí lo venden los patriotas neoliberales y el pobre se vuelve con su herramienta, rezándole al dios mercado, oraciones aprendidas en los diarios y la televisión del sistema.
La pobreza aumenta, pero no la que calculan los gobiernos, aún los bien intencionados. La cuestión de medir la miseria de acuerdo con las estadísticas que comparan ingresos con costo de vida es un fraude. La atrocidad de la indigencia no atañe, por lo menos no solamente a eso, a la relación de esos indicadores.
Si los gobiernos neoliberales, o el poder real de las derechas, destruyen la educación, si la salud se deteriora y escasean hospitales o profesionales decentemente pagos, la pobreza es muy superior a la anunciada. La pobreza es una totalidad de la que solo discutimos una parcialidad a la vista de los salarios. Es estructural, está referida al capitalismo pero en su versión más salvaje. El plan de las derechas no es combatirla en ninguna de las razones esenciales que la aumentan. Sino todo lo contrario. Es marginarla mejor, de una manera más eficaz.

Hay que observar a los ricos en lo que dicen y hacen para entender la dimensión del engaño. Solo hablan de sueldos más bajos, de menos subsidios y universidades. Y el discurso no se perturba ante ocasionales crecimientos que podrían conceder mejores calidades de vida a los asalariados. En algunos países, como la Argentina neoliberal de hoy, tomaron la decisión de impedir que florezca cualquier indicio de la dignidad.
En las caídas de las sociedades siempre nos amenazamos con la pregunta adónde iremos a parar. Pues, la Argentina se dio la respuesta. A esto fue a parar. Al colmo de la violencia social, del desprecio de clase, de la avaricia ostensible, persistente y obscena de los que, con la indiferencia de las aves rapaces, van a sus presas.
El entramado del poder real es como un tapiz de la edad media y las burguesías nacientes de entonces han desarrollado el arte de la dominación como no se conocía, ni concebía hasta hoy.
Los gobiernos populares, única alternativa de los pueblos, enfrentan ahora los misiles de las mentiras, la mancha de una tinta que pegotea las manos como la sangre de las dictaduras, acosados por las peores descalificaciones, diatribas feroces destinadas a un lector mediocre, de escasa formación, desinteresado o imposibilitado de acceder a la discusión política.
Ante la aparición de algún hombre o mujer fuerte que les enfrenta y sacude las modorras, el Poder Real tiene a la justicia. Un accionar conjunto de los medios, ya enfermos terminales, con el aparato judicial, doblega las reputaciones y las chances políticas de los que pueden defender al pueblo. Detrás, como los líberos de los equipos de futbol, la embajada de EEUU, repartiendo dineros en las ONG, cooptando a los políticos y jugando con la sacrosanta libertad de expresión, fenomenal argumento para que prime el discurso hegemónico, mientras los demás se hunden en números y repercusiones muy modestas.

La OEA, la ONU, el Banco Mundial, el BID y el Parlamento Europeo son solo algunas de las entidades que sirven de parapeto a las políticas locales de entrega de capitales y soberanía. Todo eso funciona sincronizadamente, sin necesidad de comunicarse entre los lideres de cada organización. Al final, si todo esto fallara, hay un ejército.
Todas esta estructura de poder ya no está en manos de los hombres. El monstruo se fue de las manos de las personas. América Latina lucha ante algo inaccesible, abstracto, cubista, impersonal, robótico y despojado de lo humano. El poder central lo atribuimos a presidentes y ministros, pero solo hay personas, sensibilidad y emoción en quienes lo enfrentan.
Hay sueños donde hay humanidad, y de eso el mundo es definitivamente careciente. Pero bueno, se trata de señalar que las reservas morales están en los americanos al sur del Río Grande.
El asalto perpetuo no transcurre, es un hecho solo reversible en la contienda política porque la ficción de democracia que sustenta la estafa lo permite aún. Y ese margen es la única perspectiva posible.
El capital traicionó al capitalismo. La especulación es el único nutriente de la discusión económica. Para tenerlo de riendas cortas, apela a los peores hombres y mujeres. No les temen a los dioses, porque el dios es el plan y el método. No necesitan de personas inteligentes y aborrecen la sensibilidad. El escándalo moral, la ausencia de mínimas posturas éticas, está instalado. Habita cada decisión económica cuando son el poder político o se solazan en forma brutal, oponiéndose a las políticas que pretendan impulsar el bienestar de las mayorías.

Suele apelarse a las riquezas intrínsecas de América Latina, y se hace bien. Aferrarnos a esa convicción ayuda, hasta que vemos cómo el poder global atrapa a los mercenarios locales, o quiebra el brazo de los líderes aun extraordinarios que surgen en varios países.
¿Hidrógeno verde? ¿Litio? Las venas siguen abiertas en América Latina.
La patria, la de la región o la Grande, son apenas un hilo del tapiz. El grosor del dibujo, la espesura, está tejida con los traidores del pago chico, y la especulación, y la avaricia de los tejedores del mundo.
Vivimos alentando todo lo que se podría hacer en el mundo de las manufacturas, pero se llevan el producto de los suelos con obscenidad indisimulada. El trabajo es barato o de lo contrario no hay. Las nuevas formas de esclavitud son los salarios, el techo indigno que les conceden.
No necesitan de la vieja esclavitud porque les resultaría más caro. Un sueldo de los trabajadores de América Latina está, en promedio, por debajo del costo de mantener la casa y la comida de un siervo.
La distribución ha fracasado porque los gobiernos que abrieron este siglo fueron derrotados por el poder global. Hubo períodos de tangible superación, los hay aún, pero al cabo siempre se vuelve al pasado.
Derrotan, o encarcelan, o inhiben con la propaganda a los gobernantes del pueblo. Los licúan en su victoria cultural y vuelven los neoliberales. Hacen un desastre y se les gana el poder político, pero lo que dejan es un aparato judicial y un entramado económico más fuerte que antes.
El péndulo no aflige, porque cuando queda un segundo de la historia del lado de las izquierdas, solo puede atisbarse una acción recomponedora y, al cabo, fallida porque los resortes los tienen ellos.
El crecimiento es posible, cada año hay una promesa en ese sentido, pero no aprendemos que el asunto no pasa por ahí, sino por la recomposición de la clase obrera, el salario, y la educación.
El conflicto es perpetuo. Pese a este amargo análisis, la amada América Latina es el reservorio moral del mundo, y con esa bandera, siempre será buena la batalla que podamos dar. Acostumbrados al vaivén de la historia, será imprescindible aprovechar cada ocasión.
Laten gobiernos del pueblo como no sucede en el resto del planeta.
La alternancia es un hecho mientras no aniquilen las opacadas democracias. La batalla es cultural. Y pese a este análisis, la profunda grandeza de los ideales más elevados vive en América Latina.
Advertencia del autor:
En 1996 escribí un libro llamado Un grito en el desierto. Tenía la impronta dolorida de lo que acaban de leer. Dos años después, en 1998 y en adelante, me alegré del fracaso de aquella postura de fin del mundo. Todo fue maravillosamente distinto.
Confío en un nuevo fracaso de mi visión del mundo. Esa es mi esperanza.






