El diecisiete de octubre del dos mil veinticuatro, mientras caminaba por la calle con mi hijo menor agarrado de la mano, un amigo, desde la vereda de enfrente, me gritó: Feliz día, compañero. Respondí con alegría: igualmente, compañero. El intercambio duró apenas dos o tres segundos, no más, pero indudablemente algo generó en mi hijo menor, porque unos metros más adelante me preguntó qué se festejaba aquel día, qué festividad. Le conté sin demasiados detalles ni palabras complejas, que era el día de los Peronistas, que era una agrupación política. Mi hijo menor, que no tiene edad para votar pero sí para reflexionar y, sobre todo, que goza de una curiosidad envidiable, me preguntó si nosotros éramos Peronistas. Mi primera reacción fue la de querer abrazarlo bien fuerte, por el plural de su pregunta, que casi la contestaba, pero en lugar de hacerlo decidí ser benevolente y democrático. Yo sí, le dije, pero vos podés ser lo que quieras. Mi respuesta pareció sorprenderlo: se abría ante él un abanico del cual debía, podía, elegir sin condicionamientos. ¿Y qué es ser Peronista?, preguntó, sin saber, que esa es la pregunta más difícil de responder de la historia Argentina, que no existe en verdad una respuesta, y que la mejor forma de contestarla es describiendo qué defendemos, con qué estamos de acuerdo, con qué en desacuerdo, y no buscándole palabras honrosas para intentar convencer (a nadie). Y eso hice. Bueno, empecé, en primer lugar los Peronistas creemos en la justicia social, o sea, en proteger a los que trabajan para que se respeten sus derechos y sus salarios. Ah, dijo él, casi saltando, pero yo también creo en eso. Bueno, y además, seguí, creemos que todos debemos tener las mismas oportunidades para progresar, para educarnos, para superarnos, porque no todos nacemos con las mismas posibilidades. Ah, dijo más serio y concentrado, pero yo también creo que eso está bien. Caminábamos por el barrio donde vivimos. La vereda estaba vacía. Nunca me había preparado para tener esa conversación, él tampoco, y naturalmente se estaba dando, de la misma manera que naturalmente uno siente algo, piensa algo, desea algo. ¿Y qué más?, preguntó entusiasmado. Los Peronistas tenemos una frase, dije, que es que la patria es el otro: eso significa que el que está a nuestro lado es tan importante como uno, que no es posible ser felices si los que están a nuestro alrededor están mal: que nadie es feliz en soledad. Yo también creo eso, dijo como quien dice algo bastante obvio; como quien dice que el cielo es celeste y las nubes blancas. Caminábamos y hablábamos, no nos mirábamos, no hacía falta. Somos humanistas, seguí, y eso significa que primero está la gente, el pueblo, y después todo lo demás, y que nada está por encima de las personas, absolutamente nada: ni siquiera el dinero, sobre todo el dinero. Pero eso es obvio, pa, dijo mi hijo menor. Sí, es obvio, dije yo. Seguimos caminando, hablando, poniendo blanco sobre negro sin hablar de otros, sin ser peyorativos, sin exagerar, sino siendo honestos los dos, cada cual con su verdad, que al final era la misma. Al final, llegando a una esquina, nos miramos. Pero papá, dijo, entonces yo soy re Peronista.
A partir de aquella conversación empezamos a compartir ciertas cosas, ciertos dichos e intercambios. Y la cosa fue más allá. Mi hijo mayor, apenas tres años más grande que mi pequeño Peronista, quien tampoco tiene edad para votar pero sí para discernir qué está bien y qué está mal, se identificó también como tal, pero no con los mismos rasgos y lineamientos, y en casa empezaron a surgir hermosas conversaciones y discusiones respecto de cómo enfrentar tal o cual situación del país, de la sociedad, o del mundo, por qué no. Uno de ellos, podría decir, no importa cuán, es un Peronista de izquierda, y el otro más de derecha; uno es más combativo, el otro más conciliador; ambos son equitativos. Una tarde de enero discutieron durante más de una hora respecto del impuesto a las grandes fortunas, cada cual con sus opiniones y argumentos, y al final ambos coincidieron en que, instrumentándolo de una u otra manera, el impuesto tenía que existir porque era necesario, y justo. Sus disidencias eran y son las de cualquiera, pero con una clara diferencia: no esconden, detrás de sus opiniones, intereses personales. Y eso las magnifica, las hace ejemplares. Lentamente empezaron a identificar ciertas actitudes que ya tenían, como actitudes de un Peronista. A veces un poco en chiste, a veces no. Y además, fue divertido que empezaran a identificarse como Peronistas (aunque ya lo eran) en medio de un gobierno antagónico; divertido y paradigmático: después de todo, buena parte de la sociedad Argentina se dio cuenta tarde, y en tierras lejanas, que aquello que tanto odiaron era, al final, lo que los hacía felices.
Desde que mi hijo menor se descubrió Peronista, hace unos ocho meses, ha pasado demasiada agua bajo el puente. Y ahora, que la justicia argentina resolvió, o todo lo contrario, que la máxima líder del Peronismo, Cristina Fernández de Kirchner, es culpable de lo que se le acusó, y que deberá dedicar seis años de su vida a la cárcel y, que además, como si eso fuera poco, no podrá ocupar cargos públicos por el resto de su vida, una nueva conversación con mis hijos parecía inevitable. Fue inevitable. Mi hijo mayor regresó del colegio con la noticia de la condena, comentada en recreos, y me preguntó si sabía lo de Cristina. Sí, claro, dije yo, y él me miró sin comprender: ¿cómo era posible, decía su cara, que nuestra máxima líder, aquella que tanto representa, que nos representa, ahora resulta ser una condenada, una ladrona? Y yo, que junto a mi esposa educamos a nuestros hijos para que sepan respetar las normas y las reglas, pero no por eso no desconfiar de quien las imparte y por qué lo hace, me senté delante de él y le dije la verdad, le tuve que decir la verdad: que la justicia no siempre es justa, ni ciega, ni imparcial. Que la justicia es una ilusión. Me miró desconfiado, sin comprender. Era lógico: de repente el mundo ya no era un lugar tan seguro, ni tan transparente, ni tan lineal. Tenía trasfondo. Menudo trasfondo. Se quedó en silencio un buen rato. Yo también. Al final, todos necesitamos digerir lentamente el desengaño. ¿Pero nadie se da cuenta de que están mintiendo?, preguntó mi hijo mayor. Supongo que no, le dije, aunque quise decirle que a las personas es más fácil engañarlas, que convencerlos de que han sido engañadas. Y después pensé, mientras aún me miraba, ¿qué podemos esperar? ¿Qué puede esperar él, o cualquier argentino o argentina, si la justicia es una farsa? ¿Qué podemos esperar si la justicia argentina es un alevoso actor político que responde a intereses ocultos y no tanto? ¿Quién nos ampara? ¿Magneto? No hablamos más del tema hasta la noche. Ya acostados ambos, uno al lado del otro, mi hijo mayor le preguntó al menor si se había enterado de lo de Cristina. Sí, contestó el menor: pero mienten.
Los saludé, les di un beso, y me dispuse frente a la computadora a escribir esta columna. Son las once y media de la noche del once de junio del dos mil veinticinco. Escribo mientras suena una hermosa canción de Moris, titulada El oso. Cuando la escuché por primera vez, allá por la década del noventa, en mis años de estudiante escolar, tuve la misma sensación que ahora, casi treinta años después: que es necesario volver, cuanto antes, al bosque. De mi pecho surgen ahora unas brutales ganas de ir a ver a mis hijos nuevamente, aunque deben estar dormidos, para decirles que se queden tranquilos: que ya vamos a volver, como el oso, como la osa, a recuperar aquello que nos han quitado, amparados en el derecho, pero sin ningún derecho.






