A Pablo Gullo
Miren esa melena, esos rulos que parecen inclinarse hacia el costado y caer sobre la mandíbula potente que se proyecta en palabras. Escuchen esa carcajada franca y carrasposa, como la de alguien que está siempre recién levantado.
¿Lo ven? Ese es nuestro Juan Forn.
¿Por qué lo mentamos tanto?
Yo creo que la magia de Juan estaba en haberse inventado un sistema literario personal (su obsesión con los rusos, con los países de Europa del Este), pero universal al mismo tiempo.
Forn hizo que compráramos libros que él sabía que no nos iban a gustar, pero a los que recorrimos como exploradores para intentar ver en qué lugar él, Juan, había visto la magia. Nos hizo pensar que algunas de sus contratapas eran ya parte de algunos libros singulares, nos propuso volver sobre autores a los que no habíamos leído bien, y no solamente autores, literaturas como la de la Revolución rusa (no alcanzaba con Nabokov, Mayakovski o Solzhenitsyn). Nos enseñó que había que leer a Anna Ajmátova (éntrenle a “La noche que empezó la Guerra Fría”), a Ossip Mandelstam, o mejor: nos dejó bien claro que no habíamos leído bien la historia de la literatura rusa, porque la literatura rusa le debía tanto a ciertas mujeres (lean “Tejer calceta”) y a Nadiezhda Mandelstam (lean Contra toda esperanza, sus memorias) que no habría literatura sin ellas.
Para abrirnos esas lecturas, Juan Forn se instaló en la nostalgia. Recordemos que nostalgia viene de nostos, regreso al hogar, y algia, añoranza: es la añoranza de un hogar que no ha existido nunca o que ha dejado de existir. Es un sentimiento de pérdida y de desplazamiento. Si el siglo XXI escamotea los grandes relatos en la literatura (después del fin, no tan fin, de la historia), Forn los restituyó. Si no me creen, lean, por favor, su contratapa sobre Anthony Burgess, “El Hombre Que Escribía Demasiado”, y lean “Retrato del artista como corresponsal de guerra”, su texto sobre Vida y destino, de Vasili Grossman, y van a ver.
Hizo que compráramos libros que él sabía que no nos iban a gustar.
Si bien Juan era generoso con nosotros, sus lectores, había algo difícil con él: que te dejara ver los hilos de su sistema (todo escritor tiene uno, igual que todo lector voraz para bucear entre publicaciones, y él era ambas cosas). En mi caso personal (y no quisiera hablar de mí), solamente una vez pude verlo trabajar en ese sentido. Creo que ese día fui feliz.
Por supuesto, era verano o receso escolar de invierno. En el primer caso, sol, mar, playa, lectura, tiempo libre, cuerpos al viento… En el segundo, viento, descanso, estufa, lectura y para mí, desde hacía algún tiempo y en cualquiera de los dos casos, una charla con Juan. Un par de mails de ida y de vuelta, encuentro para una caminata por la playa que terminaba en su departamento de la 115 en Gesell para tomar el té (Juan tomaba solamente té, yo solía regalarle uno granulado). Recordemos: a Juan no le gustaba salir de la madriguera, se resistía al WhatsApp (aunque al final tuvo que transar), hacía cuarentena desde antes de la cuarentena, desde que una pancreatitis (que se repetiría) lo tenía a mal traer.
Al entrar en una casa solemos mirar bibliotecas. En la de Juan me gustaba ver los cambios, porque él regalaba libros, donaba, prestaba y la biblioteca parecía mutar cada vez. Hablar con él era hablar en código, de libros, lecturas y autores, discutiendo, reconsiderando, peleando y reconciliándonos en los gustos comunes. Era escapar de las listas esperables. Acordábamos en el valor de la buena novela corta (ese día, por ejemplo, me regaló dos). En una oportunidad discutimos algo sobre un autor francés, era el segundo terreno de disputa, antes estaba Javier Marías (a él no le gustaba nada, lo dice en “Después de una visita al dentista”) y entonces se hizo el intersticio.
En la biblioteca de Juan me gustaba ver los cambios, porque él regalaba libros, donaba, prestaba y la biblioteca parecía mutar.
Eso es lo que él nos abría los viernes. Un intersticio. La academia se divorció del autor (autor y texto, cosas separadas), luego lo retomó para discutir cancelaciones y exaltaciones, pero Juan ya estaba ahí. Y en eso nos dejaba entrar un ratito en ese intersticio, que era como su sistema, para luego volver a ensombrecerlo todo, para dejarnos con un “lo hizo de nuevo” en la boca.
Pero, ya lo dije, hubo un día, el día del intersticio, en el que Forn me permitió mirar qué había del otro lado, porque también tenía esa generosidad (y la recordaron tantos). Para esto tienen que repasar una de sus pocas contratapas de “realidad política”, ¿recuerdan cuál? Se llama “Nosotros”, dice algo así como que no les critica a los Macri, Prat Gay y Biolcati su origen, pero que sí le produce pavor que no hayan querido ver qué hay del otro lado (de sus privilegios), algo que se le ve muy claramente al expresidente cada vez que habla.
Volvamos, mírenlo, se está acomodando los rulos, medio me manda al carajo en un momento, después volvemos al autor francés que hoy vuelve a estar lleno de lectores (“el francesito de moda”). Yo le decía que él, Juan, estaba equivocado (sí, un atrevido), que el mejor libro del tipo era tal otro y no uno al que Juan le había dedicado una contratapa. Forn se rió, con esa carcajada tan suya, y me respondió algo así como “pero la cosa es saber contar”. Después descubrí cuatro o cinco líneas de contratapas que habían salido del otro libro. Me dije “volvió a hacerlo”.
Afuera el frío envuelve la ciudad con una pátina de nostalgia, la de su ausencia, pero yo sigo pensando que la literatura, toda la literatura, empieza de vuelta cada vez que releamos uno de sus textos.






