Hace dos días se cumplió un año de la muerte de mi papá.
Desde entonces vuelvo seguido a una conversación que tuvimos un tiempo antes de que se fuera. Mi mamá había muerto hacía poco. Ese mediodia estábamos con Sandra sentados en el comedor de su casa, preparandonos para comer, escuchando la polca paraguaya y hablando de cualquier cosa. De esas charlas que parecen no tener rumbo y, sin que uno se dé cuenta, terminan llevándote a lo importante.
No recuerdo cómo empezó.
Sí recuerdo cómo terminó.
Mi viejo empezó a contarnos su historia.
Esa que no conocía. La de antes de que yo existiera.
Había nacido en el monte de un pueblo de Paraguay. Apenas terminó el servicio militar decidió venir a la Argentina. Quería trabajar.
Llegó hasta la terminal de ómnibus de Salta sin un peso.
No conocía a nadie. No tenía trabajo. No tenía adónde ir.
Mientras escribo esto me doy cuenta de que nunca le pregunté cuánto tiempo estuvo sentado ahí. Tampoco qué llevaba en el bolso. Hay preguntas que uno siempre deja para después, convencido de que habrá tiempo.
Y un día descubre que ya no.
Lo que sí recuerdo es la cara que puso cuando llegó a esa parte del relato.
Unos hombres que trabajaban en una quinta lo vieron solo. Se acercaron. Le preguntaron si necesitaba trabajo.
Nada más.
Así empezó la vida que después nos terminó trayendo a nosotros.
No le preguntaron de qué país venía.
No le pidieron papeles.
No lo miraron con desconfianza.
Vieron a un pibe que necesitaba una oportunidad.
Mi viejo hizo un silencio. Miró hacia la ventana y dijo una frase que todavía hoy nos acompaña.
—Esa era una Argentina que abrazaba.
Nunca olvidamos esas palabras.
Tal vez porque no las dijo con nostalgia.
Las dijo con agradecimiento.
Mi papá trabajó toda su vida en las quintas. El trabajo le fue doblando la espalda hasta que cinco hernias de disco lo obligaron a dejar. Había aportado durante décadas. Nunca pidió nada que no hubiera ganado con su esfuerzo.
Era paraguayo.
Y era profundamente agradecido con la Argentina que le había permitido construir un presente mejor.
En estos días, después de la final del Mundial, desde distintos lugares del mundo empezaron a repetirse historias, videos y comentarios que presentan a los argentinos como si la discriminación fuera nuestra marca de nacimiento.
No me interesa discutir con las redes sociales. Las redes viven de exagerar.
Lo que sí me interesa es no olvidar.
Porque este país conoció la discriminación. La conoce todavía. Hay racismo, xenofobia y prejuicios. Negarlo sería una estupidez.
Pero también sería una ingenuidad no ver que esos discursos hoy encuentran un respaldo que hace unos años resultaba impensado. Cuando desde el poder se señala una y otra vez al inmigrante, al extranjero o al diferente como si fuera el origen de nuestros problemas, algo cambia. No cambia solamente la política. Cambia el clima de una sociedad. Hay palabras que, cuando las dice un presidente o una ministra, dejan de ser una opinión más. Empiezan a funcionar como una autorización.
Y eso es peligroso.
Porque el prejuicio nunca nace de un día para el otro.
Se aprende.
Se alimenta.
Se naturaliza.
Por eso me cuesta aceptar que la discusión sea elegir entre dos caricaturas.
No creo en una Argentina perfecta.
Pero tampoco acepto que la definan solamente por sus peores gestos.
Existe otra Argentina.
La que conoció mi viejo.
La de aquellos hombres que, en una terminal de Salta, se acercaron a un desconocido y le ofrecieron trabajo.
Ninguno de ellos imaginaba que, con ese gesto, estaban cambiando la historia de una familia.
Pienso en eso cada vez que escucho hablar de los inmigrantes como si fueran un problema.
Pienso en mi viejo, que llegó con una mano atrás y otra adelante y pasó el resto de su vida trabajando.
Pienso en los miles de paraguayos, bolivianos, chilenos, uruguayos, peruanos y tantos otros que hicieron exactamente lo mismo.
Pienso también en los españoles , los japoneses, los portugueses y los italianos que alguna vez bajaron de los barcos buscando lo que después buscó mi papá: una oportunidad.
Ninguno vino a regalarse la vida.
Vinieron a hacerla.
Y la hicieron trabajando.
Hace un año que mi viejo no está.
Extraño esas conversaciones en las que, sin darse cuenta, me enseñaba más que en cualquier libro. Esas conversaciones que conocí de «grande» cuando lloraba extrañando a mi mamá.
Esta frase es una de las cosas más importantes que me dejó y vuelve cada vez que escucho un discurso de odio o leo una condena apurada sobre este país.
«Esa era una Argentina que abrazaba.»
No sé si esa Argentina desapareció.
Quiero creer que no.
Quiero creer que todavía existe.
Fuente: Diario Infosur






