Corría la primavera de 1976 cuando doña Flora Zorrilla de Girado –viuda del hacendado Francisco José Girado– y sus hijos Francisco José, Manuel Marcos, Fernando María, Pedro Esteban, Hernán Guillermo y Carlos María, iniciaron los trámites para concretar la venta de dos parcelas del campo que poseían en la localidad bonaerense de Chascomús. Obviamente, no imaginaban que, 47 años después, esa operación inmobiliaria se ventilaría en el Tribunal Oral de Mar del Plata, a raíz de una causa por “lavado de activos” y “encubrimiento”, en la cual subyace un delito de lesa humanidad perpetrado durante la última dictadura.
En este punto, es necesario poner en foco al “inversionista”, Leonardo Miguel Save, oriundo de Chascomús.
Casado con María Raquel Teilache, tenía tres hijos: Marcelo (nacido en 1972), María Natalia (nacida en 1974) y María Eugenia (nacida en 1975); en tanto, su esposa ya gestaba a Ana María (que nacería en abril de 1977).
¿Acaso él era, simplemente, el cateto mayor de una familia tipo? Claro que el hecho de que circulara en esa ciudad –donde todos se conocían– como un fantasma apenas disimulado no encajaba con tal clasificación, al igual que su movilidad económica en los últimos tiempos y la mala traza de los sujetos con los que, a veces, se dejaba ver. Lo cierto es que él era muy reservado, al punto de que nadie sabía a ciencia cierta cuál era su ocupación. Sin embargo, a sus espaldas fluían rumores en voz baja.
¿Acaso los Girado estaban al tanto de los mismos?
Pues bien, ese es el hombre que les compró las parcelas en cuestión.
Mañanas campestres
La primera escena de esta trama ocurrió a la mañana del 26 se septiembre de 1976 en una esquina porteña, cuando el ciudadano uruguayo Alberto Cecilio Mechoso Méndez fue secuestrado por una patota represiva después de reunirse con un compatriota.

Para sus captores, ese hombre fue un trofeo de caza mayor por ser uno de los líderes del Partido por la Victoria del Pueblo (PVP), una rama, fundada poco antes en Buenos Aires, de la Organización Popular y Revolucionaria 33 Orientales (OPR 33), que planteaba la resistencia armada en el país vecino. De modo que el asunto tenía el inconfundible sello del Plan Cóndor, además de una intencionalidad que rebasaba el marco específico de la denominada “lucha antisubversiva”: los servicios de inteligencia habían obtenido el dato de que la víctima tenía bajo su custodia el dinero que financiaba al PVP.
Tanto es así que, tras una inenarrable sesión de tortura, la patota fue con suma premura a su casa, en la calle Miralla 2864, del barrio de Villa Lugano. Allí no demoró en dar con dos cajas de madera llenas de dólares; entre tres y diez millones (según una imprecisa estimación judicial, en 2017).
Recién entonces, Mechoso Méndez fue asesinado.
Así culminó en el CCD “Automotores Orletti” esa operación conjunta de militares uruguayos y esbirros locales de la SIDE, a las órdenes de Aníbal Gordon. Entre ellos, nada menos que Leonardo Miguel Save.

Pero la “repartija” del dinero causó un entredicho entre ambos grupos, al saltar a la vista que el jefe de los represores orientales en Argentina, mayor José Gavazo, se embolsaba más billetes de los que le correspondían. Tuvo que mediar el mismísimo director de la SIDE, Otto Paladino –quien fungía como delegado argentino ante el Plan Cóndor–, para que aquel desliz no derivara en una masacre fractricida.
El siguiente capítulo de esta historia ya nos sitúa en Chascomús, a 125 kilómetros de la Capital Federal.
Fue en octubre de 1976 cuando doña Flora Zorrilla de Girado y sus seis vástagos negociaron la cesión de aquellas dos parcelas, lindantes a la laguna de Chascomús, en la localidad de Villa Parque Girado.
A tal efecto, tres apoderados del señor Save –identificados como Daniel Dall, Osvaldo Ferradas y Ricardo Romero–, quienes oficiaban como gestores del trato, aparecieron en la vivienda de la viuda con dos inmensos bolsos que contenían tres millones de dólares en billetes de 100, a cambio de un boleto de compraventa. Seguidamente, se inició el papeleo del traspaso.
En paralelo, otro apoderado de Save –un tal Carlos Federico Maura– le compró una tercera parcela –también lindante a la laguna– al lugareño Enrique Vanzato por un millón de dólares en efectivo, que –del mismo modo que en el caso de los Girado– fue llevado a su hogar en dos bolsos.
Luego se supo que los cuatro apoderados eran en realidad agentes de la SIDE con documentos falsos.
Pero vayamos por partes.

El proyecto de Save –la cara visible de una sociedad, diríase, anónima, que incluía a Gordon, entre otros– era construir allí un barrio náutico, llamado “Boating Club”.
Las obras empezaron unas semanas después.
A partir de entonces, la presencia de Save en Chascomús comenzó a ser más frecuente. A veces, se exhibía con un tipo canoso y cincuentón (al que las fotografías difundidas por la prensa ya bajo la democracia identificarían como Gordon). En ocasiones, al flamante comprador también lo acompañaban otros supuestos socios: Luis Alberto Martínez (a) “El Japonés” –quien era conocido allí por ser de Chascomús, aunque se ignoraba su ocupación– y un individuo alto y macilento –al que, años después las fotos identificarían como Honorio Martínez Ruíz (a) “Pajarovich”–. Ambos integraban el personal de la SIDE en “Automotores Orletti”.
Aquel cuarteto solía visitar la zona del proyecto para interiorizarse del avance de las obras.
Los pobladores, en silencio, les dispensaban miradas de soslayo.
Cabe destacar que, en esa época, el señor Vanzato (ahora fallecido) le confió a su hermano, Víctor Manuel, que los compradores eran “extremistas” o “parapoliciales” (según su declaración testimonial, en 2017).
Es incomprobable, claro, que los Girado ignoraran semejante detalle al momento de contar aquellos dólares manchados de sangre.
Ya a fines de ese año, Save y sus distinguidos socios dejaron de hacerse ver en la ciudad de Chascomús.
Es que, por la fuga de dos cautivos, Orletti fue cerrado ante el temor de los represores por las probables repercusiones internacionales del hecho, que revelarían la existencia del “chupadero”. Lo cierto es que la banda de Gordon quedó pedaleando en el aire.

El efecto de esa caída en desgracia no tardó en sacudir a Chascomús, ya que, en enero de 1977, irrumpieron en las parcelas de Save alrededor de diez vehículos con balizas, sirenas y unos 40 sujetos armados hasta los dientes. Era la task force del jefe de La Bonaerense, general Ramón Camps, quien, según parece, tenía con Gordon alguna cuenta que saldar.
Los intrusos secuestraron a más de 30 albañiles y peones que construían los cimientos del Boating Club. Todos fueron conducidos a la comisaría 1ª de Chascomús, donde se los sometió a torturas, en el marco de un interrogatorio que tuvo por eje el paradero de Gordon y Save. Al tercer día se los liberó.
Es de imaginar el dramático desconcierto de Vanzato y los Girado ante el cariz que habían tomado sus negocios con Save. ¿Acaso la patota de Camps codiciaba los cuatro millones de dólares que éste les había pagado? Es posible que tal interrogante los pusiera muy nerviosos. Al final, los muchachos de La Bonaerense se replegaron de esa ciudad sin importunarlos.
La cuestión es que las obras del Boating Club quedaros inconclusas, y los trámites de su escrituración, en una suerte de limbo burocrático.
Pero esa no fue la culminación de esta historia.
Las sagradas escrituras
Con el paso del tiempo, esas parcelas abandonadas, ya cubiertas por pastizales que mordían las incipientes edificaciones, parecían ser el único vestigio de una antigua civilización. Para los pobladores, en cambio, esa zona –donde incluso habría sepulturas clandestinas– era el escenario de un hecho maldito, sobre el cuál era preferible no hablar.
La calaña de sus compradores ya no era allí un secreto; ni el destino que tuvieron. Ocurre que el breve secuestro del que –meses antes del retorno de la democracia– fue víctima el famoso Guillermo Patricio Kelly, los había puesto en la mira de la Justicia y en boca de la opinión pública.
Por aquel motivo, Gordon cayó tras las rejas –en enero de 1984– y, tres años después, murió en cautiverio por una larga y penosa enfermedad.
El bueno de Save se vio imposibilitado de concurrir a su entierro, puesto que se encontraba prófugo. Pero nunca fue atrapado.
En cambio, ya en el primer lustro de este siglo, el “Japonés” Martínez y “Pajarovich” Martínez Ruíz, entre otros, fueron condenados a perpetuidad por los crímenes cometidos en “Automotores Orletti”.
Si bien el nombre de Save está mencionado en el expediente de aquella causa, su buena estrella lo seguía iluminando, dado que ni siquiera hubo una orden de captura en su contra. Pero la prudencia que le imponía el rol que tuvo durante la dictadura hizo que su existencia fuese fantasmal; la clandestinidad era su segunda piel. Ello, entre otras limitaciones, lo alejó definitivamente de Chascomús, sin que pudiera regularizar su titularidad sobre las tres parcelas adquiridas con el dinero robado al PVP.
Ese hombre, siempre impune, exhaló su último suspiro a fines de 2006.
Al respecto, bien vale reflotar un detalle inmediatamente previo. En su lecho de agonía –de acuerdo a un escrito presentado por María Eugenia Save al Juzgado Federal de Dolores, a cargo del doctor Alejo Ramos Padilla, quien, en 2018, instruía el expediente en cuestión–, el viejo represor, rodeado por sus cuatro hijos, les habría expresado, con voz jadeante y entrecortada, su último deseo: que retomasen el trámite para escriturar a sus nombres las parcelas ante la Dirección Provincial del Registro de la Propiedad, indicándoles que, a tal fin, se contactaran con el escribano Carlos Patiño Aráoz. Conmovedor.
Los hermanos Save reiniciaron el papeleo unos meses después. Y tanto doña Flora de Girado (ya de 91 años) y sus seis hijos, como el señor Vanzato, exhibieron una buena predisposición al colaborar con ellos. ¿Acaso seguían ignorando el trasfondo criminal del asunto?

La piedra angular de ese trámite tuvo lugar el 27 de junio de 2008 en la escribanía de Patiño Aráoz, cuando Marcelo y Natalia Save (en representación de doña Flora de Girado y sus hijos) concretaron la compraventa de las dos parcelas a favor de ellos mismos y sus hermanas María Eugenia y Ana María.
¿Se entendió que los compradores eran apoderados de los vendedores?
En relación con la parcela de Vanzato, se efectuó idéntica operatoria, pero con una triangulación a través de una prestanombres, en las escribanías de dos colegas del inefable Patiño Aráoz.
De manera que, en cumplimiento de la voluntad póstuma del papá, los hermanos Save incurrieron en el pecado del “encubrimiento” y del “lavado de activos”, al poner a circular en el mercado los bienes obtenidos mediante un delito de lesa humanidad, con los siguientes engaños accesorios: documentos públicos viciados, poderes de escrituración inverosímiles y actos simulados, con la participación de testaferros y personas con documentos falsos.
Aquellas tres parcelas fueron así “recuperadas” por los hermanos Save, quienes las conservaron por años. Pero no para siempre.
Una suerte que la pobre doña Flora –fallecida en 2010– se salvara del oprobio de resultar salpicada por el desplome de esta impostura, al igual que Vanzato, quien –como ya se sabe– también había pasado a mejor vida.
Fue recién en 2013 cuando Norberto Liwsky, titular del Comité para la Defensa de la Ética, la Salud y los Derechos Humanos (Codesedh), presentó una denuncia sobre los hechos ocurridos a partir de 1976 en el Parque Girado, ante la presunción de que allí existirían sepulturas secretas.

La causa, instruida por el juez federal Alejo Ramos Padilla, derivó en el juicio que, en estos días, desarrolla el Tribunal Oral Federal de Mar del Plata, presidido por el juez Roberto Falcone, con el impulso del fiscal federal Juan Pablo Curi y sus auxiliares, Eugenia Montero y Julio Darmandrail, ocupando los cuatro hermanos Save el banquillo de los acusados. La singularidad de este proceso radica en que por vez primera es puesto bajo la lupa un delito de tipo económico o financiero cometido por represores de la última dictadura.
Desde luego que, si la trazabilidad del dinero en danza se extiende hacia la totalidad de sus actores, aquello, objetivamente, también incluiría a la parte vendedora de las parcelas adquiridas por Leonardo Save en 1976. Por lo tanto, es lógico que los Girado se sintieran incomodados por tamaña vicisitud, pese a que –quizás– actuaran de buena fe.






