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Hay que enseñar a no creer

Por Alejo Álvarez Tolosa
31 agosto, 2025
Milei, la cara no es solo para la tele

Edme Mariotte, un físico francés, postuló y demostró de manera empírica, en 1668, una explicación válida al presente argentino: el punto ciego. Nuestros ojos tienen un punto ciego, un lugar en el disco óptico que carece de detectores de luz, y a través del cual no se ve nada. Si no lo notamos es por dos razones: en primer lugar porque vemos con los dos ojos, y los puntos ciegos de cada uno de ellos no coincide con el del otro; o sea que un ojo ve lo que el otro no, y viceversa. Y, en segundo lugar, porque el sistema visual rellena el vacío del punto ciego con la información disponible: el cerebro suple lo que el ojo no ve. El presente argentino se explica de manera similar: el punto ciego es el eje central del actual gobierno, que apela a que el cerebro ciudadano rellene todo aquello que no ve con argumentos que intentan echar luz ahí donde hay oscuridad, sean falsos o no. Y mientras el punto ciego no le permite a la sociedad ver con perspectiva las acciones actuales, apuran y aceleran sus políticas rimbombantes, antes de que el otro ojo anule el punto ciego, y lo vea todo. Porque hay algo ineludible: mientras la actual administración plantea una versión mejorada de políticos, casi alienígena, y una renovación traslúcida y sin corrupción de un Estado que pronto desaparecerá, casi al unísono y sin lugar a dudas, forja las bases de la nueva corrupción.

La sociedad (o, al menos, una sutil mayoría) parece estar dispuesta a soportar el horror y a omitirlo mirando para otro lado, con tal de que algún día llegue la utopía. El resultado de ese menjunje amoral e ingenuo es que se abre la puerta a justificar lo injustificable; a la necesidad de buscar un enemigo, aunque sea en el lugar equivocado; a decir que está bien beber del agua podrida, si los que estaban antes también la bebieron, sea cierto o no.

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“Los que decían que la libertad era algo por lo que darían hasta lo que no tenían, hoy buscan lo que les falta”.

Lo cierto es que el gobierno llegó, supuestamente, contra lo injustificable. Pero no para justificarlo, sino para cambiarlo, y al final implementa políticas amparadas en tal o cual desbarajuste del pasado, como si ese tenue argumento pudiera sustentar las más cruentas decisiones que tan lejos están de redimir a la clase trabajadora, a la amenazada clase media, y a los más desprotegidos. Buscan, además, y apelando a lo más bajo del ser humano, amparo en un relato de la historia y de las precuelas del presente, y con una convicción irreversible, que tiene el único propósito de hacer creer que la interpretación de los hechos que plantean es algo fervientemente ineluctable. Aunque no. Y ahora, e inevitablemente, hemos llegado a un punto aún más trágico que el desbordamiento social y económico del país, y es el de la falta de confianza; en donde aquellos que ayer gritaban que la libertad era una cosa fantástica por la cual estaban dispuestos a dar hasta lo que no tenían, hoy se encuentran buscando aquello que les falta. Y no les agrada. Es lógico: nada, absolutamente nada, ni siquiera la excéntrica posibilidad de traer el paraíso a la tierra, o de que el país se transforme en un santiamén en una potencia de orden mundial, justifica semejante horror. No, al menos, como una decisión tomada superado el discernimiento que toda acción política y social supone, o debería. Quizá sea tiempo de que cada ciudadano y ciudadana entienda que no valen lo que un voto, sino mucho más; que el voto es un momento y un lugar de la historia, pero qué hacer después de él dice, superlativamente, quiénes son y quiénes nunca querrán a ser. Al final, errar es humano, perdonar(se) es divino. 

Odio es la respuesta más sencilla a la compleja pregunta de por qué es que, todavía, buena parte de la sociedad defiende las políticas del gobierno de turno. ¿Las defienden o simplemente ignoran todo aquello que suponen que no los afecta? ¿Cuánto odio hay en ignorar? En fin: odio fue la palabra utilizada, con distintos matices y variantes, eufemismos y analogías, para intentar explicar y justificar la disidencia con políticas moralmente irrefutables: al final, lo cierto es que el camino que conduce hacia la vereda de enfrente del ascenso social, la educación pública y de calidad, los derechos, y la salud, por citar algunos ejemplos, se va angostando irremediablemente, hasta aplastar a los que, vacuos de argumentos, siguen estando en desacuerdo. Odio. Pero no basta, no como explicación, no como justificación. Porque llega el momento de mirarse en el espejo, de ser honestos en soledad, y claro está: a nadie le gusta sentirse estafado. El Peronismo supo ubicarse, históricamente, del lado correcto de la moral, de los derechos y de la sociedad, independientemente de desaciertos y errores que no fueron la norma, sino la excepción. Competir contra lo correcto no solo no es sencillo, claro está, sino que muchas veces es necesario fomentar una especie de cruzada, con todas sus incongruencias, para lograr, forzosamente, convencer de que lo que está bien, en verdad está mal. 

“Lo único que no es efímero es la política destructiva que avanza sin culpas, resquemor o titubeo”.

Existe una contradicción insuperable, que enfrenta al electorado libertario contra sus propios y circunstanciales principios morales, aquellos sobre los cuales postularon su voto. El ex panelista televisivo alcanzó el poder con un discurso difuso pero contundente, en el que premiaban convicciones más o menos cuestionables, pero convicciones en fin, que la mayoría de la población tomó como estandartes para lo que suponía una República digna y honesta. Planteó, sin peros ni vericuetos, que el Estado, que el banco central, que los impuestos, que los subsidios, que la educación pública, que la salud pública, que las ayudas, y que la intromisión estatal en lo privado, eran aberraciones comunistas que emergían desde un populismo amoral. Pues bien, es válido. Todo es válido, hasta que no lo es. Porque si el gobierno se planteó como una coartada para perpetuar y ahondar un país de gente de bien, con solvencia y confiabilidad, y fueron ellos mismos quienes conformaron ese discurso vacuo, y no los dueños del poder real, el gobierno debería entonces, y sin medias tintas, honrar aquello que los trajo, sin caer en discursos exculpatorios para justificar atrocidades que van en la dirección contraria a sus propias palabras. Un ejemplo: pisar las jubilaciones, en pos de no quebrar el equilibrio fiscal, no era una propuesta política libertaria, sino, apenas, un cruel desenlace. Una consecuencia de algo más. ¿De qué? Y sin embargo, hay quienes justifican la miseria, otra vez, amparados en tal o cual excusa sin sustento, del pasado. Es triste pero es así:  todavía hay quienes parecen dispuestos a soportar el horror y las mentiras, la recesión y el hambre, el desclasamiento, vaya uno a saber esperando qué. Lo cierto, al final de cada día, es que en este mundo actual, lo único que no es efímero, son las políticas destructivas que avanzan sin resquemor ni titubeos. 

Autoría por omisión impropia es una figura penal donde se imputa responsabilidad a quien, teniendo el deber jurídico de evitar un resultado lesivo, no actúa para impedirlo, y el resultado se produce, finalmente. Es decir, se equipara a la inacción con la acción. Es, también, la figura imputada a la ex presidenta Cristina Fernandez de Kirchner, para justificar lo injustificable, para condenarla. Ahora bien, en estos términos tan subjetivos e incongruentes, y utilizando los mismos precarios argumentos, ¿no es acaso la sociedad, en su totalidad, autora por omisión impropia  del vaciamiento, del declive evidente, y del endeudamiento atroz, que están llevando adelante sobre la patria que habitamos? ¿Alegará la sociedad que fue engañada, que faltan pruebas, que es inconsistente, que es inconstitucional? ¿Alguien le creerá? ¿O dirá, finalmente, una vez más, que de política no habla porque no le interesa? Al final, tenía razón Macedonio Fernandez cuando dijo: Hay que enseñar a creer, pero más aún a no creer.

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Tags: ajusteCristina Fernández de Kirchnerdiscursos de odioencuestasJavier Mileirecesión
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