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El Eternauta: no es tiempo de odiar, sino de politizar

Por Cynthia Ottaviano
20 mayo, 2025
El Eternauta: no es tiempo de odiar, sino de politizar

“¿Será posible?”, se pregunta el personaje del propio Héctor Oesterheld al final de la primera parte de El Eternauta original; “¿será posible evitar el horror”? “¿Será posible -se vuelve a preguntar-, evitar la invasión publicando todo lo que me contó?”.

El autor de El Eternauta reitera la duda existencial tres veces como cierre de la primera parte de su obra y esboza una salvación imaginaria en el hecho de narrar, de difundir la historia que Juan Salvo –el protagonista- le trae del futuro para evitar la masacre que los “Ellos” desplegarán sobre la tierra, empezando por Vicente López, a través de Cascarudos, Gurbos y Manos.

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Casi nada de todo esto nos entrega El Eternauta de Netflix. Ni dudas existenciales, ni alegorías sobre la relevancia de difundir nuestra historia como hecho emancipatorio, como probable salvación de cualquier intento de invasión o coloniaje.

Es que la versión siglo XXI de la plataforma estadounidense poco se vincula con aquella intención del escritor de dar su versión de Robinson Crusoe, de “soledad del hombre, rodeado, preso no ya por mar, sino por muerte. Tampoco el hombre solo de Robinson –según aclaró como prefacio de El Eternauta- sino el hombre con familia, amigos. Por eso la partida de truco, por eso la pequeña familia”, acotó.

Por el contrario, en la serie que protagoniza Ricardo Darín, Juan Salvo está separado de Elena, no vive con su hija Martita –ahora Clara-, maneja un auto con un argentino que vuelve a su tierra de visita porque está viviendo en Estados Unidos hace décadas (país atrapa elogios en los diálogos del personaje), con amigos timberos y bebedores de wiski de los que sabemos poco y nada. A pesar de que resultan clave para la obra original.

Porque Oesterheld propone El Eternauta en tiempos de dictadura de Aramburu, Rojas y el decreto 4161 para reflejar su “sentir íntimo”, resumido en la concepción de que “el héroe verdadero es un héroe colectivo, un grupo humano, nunca el héroe individual, el héroe solo”. Por eso, en la obra original, ese colectivo se integra con Favalli, profesor de física, estudioso y radioaficionado, Lucas Herbert, empleado bancario, “loco” de la electrónica, Polsky, un jubilado que “construía” violines, y el propio Juan Salvo, dueño de una pequeña fábrica de transformadores (vaya metáfora para un hombre que se llama con el primer nombre de Juan Domingo Perón, el presidente que “salvó” a la clase obrera, “transformando” sus vidas y realidades).

De hecho, Osterheld escribe la obra después de los bombardeos a la Casa Rosada y Plaza de Mayo, con Perón proscripto, el pueblo peronista dando origen a la Resistencia, en un 1957 en el que Rodolfo Walsh también despliega semanalmente Operación Masacre, pero en la revista Mayoría, obra que dialoga profundamente con El Eternauta y bien vale leer en conjunto –como recomendó Horacio González.

El mundo por entonces se debatía en la Guerra fría y los propios personajes de la obra dan cuenta de esa preocupación al saber por radio que “ocurre una explosión atómica en el mar”. “Las grandes potencias continúan haciendo ensayos atómicos”, dicen, y aclaran que produce “una incalculable cantidad de polvo radioactivo”, la famosa nieve (tal vez inspirada en los desprendimientos de los árboles de la zona de Martínez, “los palo borracho”, pero ése es otro tema).

Volviendo a la versión audiovisual, esa disputa geopolítica se resolvió de facto –excepto por el joven asiático que al final termina por bancar la posición argentina. Si “el medio es el mensaje”, como señaló Marshall McLuhan, conviene prestar atención a la plataforma que la contiene, una empresa estadounidense con ingresos anuales en 2023 por 33.720 millones de dólares, gracias a su presencia en 190 países, que no paga impuestos/gravámenes vinculados con la industria audiovisual en la Argentina (que deberían ser redistributivos, de afectación específica para promover una verdadera industria nacional).

Además de la plataforma yanki, la “obra creada” por Bruno Stagnaro está plagada de avisos publicitarios en su mayoría, de empresas del mismo origen estadounidenses: Marlboro, de Philips Morris; Blem, de Jonhson & Jonhson; Burguer King, Budweiser, la logística Maersk, Lisoform, KFC hasta el paroxismo de la búsqueda desesperada del Johnnie Walker etiqueta azul (no va a ser un Criadores, obvio).

Si hasta parece el sueño de los Manos, que en la obra original de Oesterheld le explican a Juan Salvo –en ese momento tomado de rehén- que “los hombres” sólo podrán ser “libres cuando hayan concluido con la ´manificación´, cuando vuestros cerebros piensen exactamente como nosotros, los Manos” y lo harán “para convencer a otros de cesar la resistencia” y “traicionarán a sus compañeros y se sentirán felices de hacerlo”.

Ante semejante plan, Juan Salvo no duda: “prefiero que me mate”, le dice al Mano y se las arregla con Franco –su compañero de combate- para escapar y organizar la resistencia. Pero ¿cuántas personas serían capaces hoy de decir no?

Ante una “invasión”, ¿quiénes sabrían reconocer al verdadero enemigo? ¿Sucumbirían ante los Cascarudos o se dejarían transformar en “hombres-robots”? ¿Confundirían a los Manos con los que mandan o buscarían al verdadero enemigo para luchar? ¿Lograrían reconocer que los Cascarudos, los Gurbos y los Manos son dominados, que replican lo que los Ellos les ordenan, después de que les aplicaran las “glándulas del terror”, “rayos paralizadores”, “teledirectores”, todos aparatos de control, miedo y estigmatización, ya casi sin metáfora posible y plena literalidad?

Aplicar la alegoría a la política contemporánea puede resultar desesperanzador. Mejor seguir con el análisis de la propuesta estadounidense de El Eternauta, ya no de Oesterheld, que dicho sea de paso, fue bautizado así según la obra original por “una especie de filósofo”, por su “condición de peregrino de los siglos”, en esa mirada de la historia como un continuum permanente.

Eje que tampoco se puede encontrar ni con lupa en los seis capítulos que hoy atraen la atención de parte del mundo. El protagonista interpretado por Darín no es un “peregrino de los siglos”, sino más bien un hombre con problemas de salud mental, producto del estrés postraumático tras haber combatido en Malvinas, escenario al que vuelve una y otra vez.

Por último, también en una dimensión oculta para los usuarios del streaming –hasta ahora-, están los Ellos que “son el odio y quieren para sí el universo”, en la escritura de Oesterheld. Los verdaderos artífices del mal, que “nos obligan a destruir y matar” detalla un Mano; el “ello”, como la parte más primitiva y elemental de la personalidad, por fuera del estado de conciencia, en la lectura psicologista, contra un Juan Salvo que asegura que “no es tiempo de odiar, sino de luchar”, aún ante esas circunstancias. Esa es la esperanza, la lucha, la resistencia colectiva, según trasparenta como mensaje elemental.

En momentos en que las máximas autoridades políticas del país sostienen que “no odiamos lo suficiente”, tal vez valga la pena recordar esa premisa de Juan Salvo: “no es tiempo de odiar, sino de luchar”, con ese héroe que no es solo, como insisten desde Hollywood, sino colectivo; que no necesita un súper poder individual, sino la fuerza del colectivo, conjugándose a medida que transcurre la necesidad, la urgencia por impedir la dominación. Luchar hoy es politizar.

Ante tan complejo desafío ¿cuánto espacio queda para la admiración sobre las locaciones vernáculas, la fascinación porque la cancha de River es el escenario de la invasión, la cantidad de views de la versión descremada en el mundo entero, el ascenso en los rankings, la indudable capacidad de haber dado trabajo, sobre todo en Argentina ante la sequía y el destrozo producido en la industria audiovisual por el gobierno de Javier Milei?

La pregunta resulta inevitable, ¿en función de qué historia ocurre, de qué intereses, de quién o para quiénes? ¿O acaso la conciencia del trabajador y la trabajadora no se vincula con el producto de su trabajo?

¿Habrán leído El Eternauta? ¿Cuál de todas las versiones? ¿Habrán debatido sobre la falta que nos hacen Héctor Oesterheld, sus hijas Estela, Beatriz, Diana y Marina, las últimas dos embarazadas, todas secuestradas y asesinadas, además de los tres yernos? ¿Dónde están? ¿Qué implicancias para adaptar o inspirarse en cualquier versión de la obra que el autor y casi toda su familia integren la lista de 30 mil detenidos desaparecidos por el terrorismo de Estado?

Y viajando en el tiempo, como un continuum, ¿cuál fue y pudo haber sido el rol del Estado? Porque incluso para hacer una serie de Netflix como esta hace falta el Estado (¿podrá volver a ser alguna vez el héroe colectivo que fue?), esta vez el Estado de Uruguay, con el programa Uruguay Audiovisual (ACAU); el canadiense, con la Canadian Film Video Production Services Tax Credit (creada para dar crédito fiscal al audiovisual), el porteño con BA Producciones Internacional, (busca incentivar la producción audiovisual con inversión internacional y políticas de reembolso sobre la inversión) y la National Film Development Corporation de India y la India Cine Hub, ámbitos estatales de otro continente para promover y facilitar rodajes, dadores de premios como “Estados favorables al cine” para lograr una verdadera industria nacional.

Como se ve, el propio modelo Netflix que el libertarismo expone como superador del fomento estatal, en realidad desfinancia a los Estados que no se atreven a regular las plataformas y evitan hasta cobrarle impuestos y determinar cuotas pantalla y producción local, acumula datos e información de los usuarios para hacer más y mejores negocios como espolio 24/7 y usa al Estado y su apoyo económico para producir lo que vende. En esto, como siempre, la única verdad es la realidad.

Eso sí, también es cierto que en 70 años lo hecho en la tierra de El Eternauta ha sido insuficiente, porque hoy por hoy, mal que nos pese, sólo podemos ver El Eternauta audiovisual, en versión USA.

Lejos quedaron la reedición histórica que hizo el diario Tiempo Argentino, al dar cada día una tira en la contratapa desde 2010 hasta completar la obra original de Oesterheld, y la apropiación extraordinaria de La Cámpora con el memorable Nestornauta, “el único héroe en este lío”.

¿Será que el extractivismo material y simbólico no se produce sólo por la fuerza de quien los realiza, sino también por la debilidad de quien no lo impide? ¿Será que aún podremos viajar en el tiempo e impedir la invasión “contando” nuestra propia Historia? ¿Será que podemos defenderla, fortaleciendo la autoestima nacional, a partir del reconocimiento de héroes, heroínas y mártires, de manera que las luchas no tengan que empezar de cero? ¿De manera de reconocer nuestro ADN identitario? ¿Será necesario un liderazgo como el de Juan Salvo que reorganice la resistencia y logre el retorno?

Si alguien recuerda el último grito de la segunda parte de la versión original, tal vez lo sienta como un cierre adecuado: “sabía que vendrías ¡te necesito!”, le dice Juan Salvo a Germán. Tal cual, ¡lo necesito!, ¡lo necesitamos!

*Doctora en Comunicación

PD1: Favalli se roba la serie, el ataque cascarudo por el barrio de Núñez es espectacular y la nieve quedó bárbara, como nueva marca registrada nacional.

PD2: Pero no nos quedemos con una peli de invasión extraterrestre en Vicente López, ¡politicémosla ya, por favor!

PD3: Sobre todo, en este tiempo de regreso al FMI, compra de armas a EEUU, bienvenidas de funcionarios yanquis múltiples, recursos naturales a la venta y ultraconcentración económica y simbólica en el capitalismo de plataformas, vigilancia y financiarización.

PD4: Ok, es para otra polémica.

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Tags: Bruno StagnaroEl EternautaHéctor Oesterheldhéroe colectivoNetflixRicardo Darín
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