La masacre de las bananeras fue el resultado de una huelga de trabajadores que reclamaban mejores condiciones laborales, en 1928, en Colombia. United Fruit Company era la empresa empleadora y multinacional estadounidense, y campesinos y obreros colombianos, quienes trabajaban en condiciones precarias y de explotación. El gobierno colombiano, influenciado por la compañía norteamericana, optó por reprimir la huelga sin miramientos, dejando un incalculable saldo de muertos: entre trece y dos mil, según fuentes oficiales de la época.
La masacre es tan solo un ejemplo más, de tantos, en lo que la injusticia social y la falta de derechos laborales son moneda corriente, aunque éste en particular dice más. En Cien años de soledad, Gabriel García Márquez le dedica una entrada: La versión oficial, mil veces repetida y machacada en todo el país por todos los medios de comunicación que el gobierno encontró a mano, fue finalmente aceptada: no hubo muertos. Seguro fue un sueño, no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Éste es un pueblo feliz.
Claro que García Márquez acomoda la realidad a la ficción ubicando los asesinatos en Macondo, y no en la estación de tren de la Ciénaga, donde verídicamente sucedió la masacre, pero también deja al menos dos cosas muy en claro: la vulnerable posición en la que se encuentra, casi siempre, la verdad; y la convincente retórica con la que el poder reescribe, o intenta al menos, la historia.
Al final, fue necesario el uso de la ficción para introducir en la realidad un evento de ella misma que había sido ficcionado por las autoridades para convertirlo en otra cosa, o sencillamente, para convertirlo en cenizas, en vacío. Y fue tan importante el uso de la ficción como instrumento para aclarar la realidad, que fue finalmente la cifra de asesinatos declarada por García Márquez, la que quedó impregnada en la memoria colectiva, como la verídica. Tres mil masacrados por reclamar condiciones laborales dignas.
Casi cien años después, las cosas no han cambiado demasiado. La estrategia de tergiversar la realidad para hacer de ella una ficción que se acomode sin esfuerzo a las necesidades que apremian, fue sin dudas la utilizada por el actual Presidente de la Nación. Y lo sigue siendo. Pero esa noticia es vieja. Toda noticia, hoy, posiblemente lo sea. Por eso, como propuso el Premio Nobel, lo que nos debe acaparar, y reconfortar, es el análisis. No para que no vuelva a suceder, que lo hará, sino para que, cuando menos, cada vez sea más fácil de descubrir.
Y ahora, la única mentira, es la verdad. Porque es una verdad tergiversada, falsa, cortada y pegada en distintos órdenes, con responsables inventados, con exagerados resultados, con endebles argumentos, pero con mucho grito, y con mucho más odio; con mucho de todo eso que exaspera y desencadena algo que, indudablemente, sería de necios no verlo, estaba sometido y esperando a ser liberado.

Y quien mejor representa todo eso es, otro término tomado de la literatura, el monje negro del gobierno: Santiago Caputo. Hace unos días llevó adelante otro evento vergonzoso, y van varios, intimidando al reportero gráfico Antonio Becerra, del diario Tiempo Argentino, después de que le tomara una serie de fotografías en la antesala del debate de legisladores porteños.
Y unas horas más tarde, llovido sobre mojado, e intentando ficcionar la realidad, el vocero Manuel Adorni intentó justificar la acción del monje negro diciendo que lo que Caputo quería era saber quién le sacaba la fotografía para después pedírsela para ver si había salido bien o mal. Está claro que Adorni no es García Márquez, sino más bien, un infantil y pedante vocero sin demasiada imaginación, ni vergüenza.
Hay algo innegable: la profunda y a la vez pasajera capacidad para interpretar casi a la perfección eso que buena parte de la sociedad estaba buscando, o que creía que estaba buscando, para hacer pie ahí, sin importar más que el fin, hasta alcanzar un lugar, ese lugar, lo suficientemente estable como para que, consumada la traición, o derrumbadas las caretas, ya sea demasiado tarde para tirar la primera piedra.
Hay un viejo refrán, humorada, que dice: si te debo un peso, el problema es mío, si te debo un millón, el problema es tuyo. Algo así fue la estrategia: fueron tan a fondo, y sin mirar, que ahora volver es más difícil incluso que seguir avanzando. O, en otras palabras, más vale oídos sordos y seguir tirando arena en los ojos del futuro, que criticar las políticas del tahúr que votaron para presidente.
Pero, y es un pero enorme, cuál es el gran meollo de admitir el error, si al final, la política no juzga de qué lados estuviste, sino en cuál quedaste, al final, parado. O tirado. El problema de la Argentina no es quién gobierne, sino quiénes lo sigan. Y hasta dónde. El que crea lo contrario, bueno, es parte de esa masa que sigue creyendo que el relato del gobierno es una epopeya cuando, en verdad, no es más que una simple tragedia. O también, en línea con el premio Nobel, es la crónica de una muerte anunciada. Y esto se debe a algo meramente lógico: ninguna mentira dura lo suficiente como para engañar dos veces a la misma persona. Ninguna.
Por eso: cuando las políticas empiezan a flaquear, cuando dejan de sustentarse y ya no alcanza ni con gritos ni amenazas, entonces empieza la intimidación, la represión, las balas de goma, los Pablo Grillo, los periodistas amedrentados.
Se radicalizan, no en el sentido político, sino en el moral, porque necesitan ahondar para intentar resurgir. Aunque eso, en vista de los últimos acontecimientos, está bastante lejos de suceder. Y es que, al final, era mucho más espanto que amor. Mucho más, según las encuestas que muestran un claro retroceso en la imagen positiva del presidente.
Y es que, después de casi un año y medio de gobierno, Milei posee una única autoridad fáctica: la que le da el fracaso. Quizá por eso los nervios, el silencio y las políticas que hacen mucho ruido pero que no solucionan los problemas de absolutamente nadie; porque, inminentemente están las elecciones de medio término. Que vienen a ser, para el gobierno de turno y de paso, una especie de batalla de Stalingrado. Una bisagra. Un antes y un después. Quizá sin después.
Y es que están asustados, escondidos como animales despavoridos que en su desesperación acentúan sin querer sus deficiencias, apresurando consecuentemente su declive.
Y ahora, y como dijo Víctor Hugo Morales en la Feria del Libro, en la presentación de esta mismísima revista Contraeditorial, hace unos pocos días: Hemos remado mucho, no nos entreguemos ahora.







