La imprenta produjo en el siglo XV una revolución, sobre todo en el modo de entender el mundo. Una transformación cultural, social y política hasta entonces inaudita. Lo mismo ocurrió tres centurias después con la máquina a vapor y la industrialización. En la actualidad, un impacto aún mayor, a escala y velocidades muchas veces inabarcables para la mente humana, están generando la Inteligencia Artificial, Internet, el 5G, las plataformas digitales y las llamadas “redes sociales”.
Un nuevo orden, para una nueva era donde la realidad y la ficción cada vez son menos distinguibles, donde conviven lo analógico y lo virtual, con fronteras cada vez asombrosamente más difusas.
Como contrapartida, los ganadores son bien concretos y definidos, materiales, con control sobre los satélites y los cables por donde circula el mayor flujo de información que la humanidad haya producido en toda su existencia y los servidores, los data centers que conforman la nube, que alojan las huellas digitales, los movimientos en el sistema de los millones y millones de usuarios.
Nube que, a su vez, no está en el cielo, sino en la tierra, no es etérea sino bien pesada y se parece más bien a un yacimiento de datos, proveedor de una flamante industria “extractivista” que sirve para monetizar todo lo imaginable, incluso emociones del inframundo social en el mercadeo de la política, como pudo observarse en el escándalo del Brexit y Cambridge Analytica, y la campaña electoral de 2015 en Argentina.
Este nuevo orden que superpone el poder sobre la fibra óptica y las constelaciones satelitales, con empresas billonarias de intereses diversificados en la economía y la comunicación, y extractivismos de recursos naturales e informativos sin precedentes, tiene en esencia dos grandes jugadores: Estados Unidos y China.
Ambos países, en disputa geopolítica por el manejo de la tecnología 5G, reúnen la mitad de los data centers del planeta, el 70% del talento global en inteligencia artificial y casi el 90% de la capitalización bursátil de las plataformas y redes más utilizadas.
Por citar un ejemplo, a pesar de estar prohibida en China, Google controla el 82% del mercado mundial de motores de búsqueda, a la vez que acapara junto con Facebook el 72% del gasto en publicidad.
Además de proteínas en cantidad que reproduzcan las neuronas de los programadores de elite creadores del software, este capitalismo de vigilancia y plataformas necesita “recursos naturales críticos” como el litio (baterías), el cobre (conductores para sus circuitos), el petróleo (para el hardware y las energías que los alimentan) y el agua dulce (para enfriar la Nube y sus servidores).

En virtud de esto, la generala Laura Richardson, Jefa del Comando Sur de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, graficó mejor que nadie el papel relevante que tienen los países de América Latina en este implacable marco de exigencias globales: “El 60% del litio del mundo se encuentra en ese triángulo (Argentina, Bolivia y Chile), así como el 31% del agua dulce del mundo (…). (Además) tienen las reservas de petróleo más grandes, Venezuela. (Y) cobre y oro, así como el Amazonas, el pulmón más grande del planeta”.
Bajo esta imponente óptica neocolonial, la reprimarización de nuestras economías sería una consecuencia de esta división internacional del capital y el trabajo en el siglo XXI. Ya no se trata de la filosofía política. Es una generala la que describe el conflicto medular de época y sus motivos.
Como los que manejan la economía del mundo, también manejan el sentido de las cosas que ocurren y, por ende, su comunicación, es imposible escindir las campañas de desinformación vía fake news, los discursos de odio y la estigmatización de ciertos referentes políticos y líderes sociales, muy especialmente aquellos que se oponen, real o potencialmente, a las prácticas de saqueo que conspiran contra el nuevo orden establecido.
La era digital divide el mundo entre países que generan conocimiento, tecnologías y empresas capaces de administrar el capital acumulado con el nuevo ecosistema, por sobre aquellos que no logran distribuir cuatro comidas diarias entre sus habitantes, sin importar si son productores de alimentos.
Los extremos del capitalismo algorítmico son los “unicornios”, capaces de generar empresas bimillonarias en muy poco tiempo, trabajadores superexplotados, empleados por plataformas con inteligencia artificial hacia una productividad de dimensiones descomunales, y los nuevos invisibles, quienes no tienen acceso a internet, los dispositivos y el conocimiento o son excluidos por ejércitos algorítmicos intachables en función de su baja utilidad para el sistema.
La nueva matriz colonial está en marcha, con anclaje en el siglo XIX, en la que algunos países que históricamente contaron con las materias primas alimentarias, ahora suman recursos naturales para sostener las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.
En el mundo hay más ocho mil centros de datos, en los que se procesa toda la información que vemos en Internet. Cada uno de ellos puede necesitar entre 4 y 20 millones de litros de agua por día para refrigerar las instalaciones, de acuerdo con un estudio de la Universidad Tecnológica de Virginia, publicado en 2021.

Sólo Google reconoció que consume casi 20.000 millones de litros de agua al año, un aumento del 20% respecto a 2021. En la misma lógica, Advanced Data Centers, no sólo consume agua, sino que ubicada en Sacramento, Estados Unidos, ocupa 22.000 m2, una Plaza de Mayo completa, en una antigua base aérea de reactores de combate del Ejército norteamericano, desde donde despegaban y aterrizaban aviones de combate durante la Segunda Guerra Mundial.
Un complejo entramado entre el mundo empresario, con el militar y los gobiernos que pueden saquear recursos naturales, con propalación de desinformación, apelación a las emociones y polarización para desestabilizar las democracias.
Ya no hace falta un sesudo análisis de discurso ni conseguir el mítico libro de los 70, Para leer al Pato Donald, de Dorfman y Mattelart. Con escuchar a la generala Richardson alcanza: “Tenemos que empezar nuestro juego”, concluyó en el video grabado en enero de este año para el Atlantic Council, el tanque de pensamiento vinculado con la OTAN, integrado por militares retirados de EEUU, ex funcionarios de la CIA, y presidido por Fred Kempe, ex periodista del Wall Street Journal, que premió a Mauricio Macri “por su dedicación incansable y desinteresada con su país y su gente”.
Richardson es la misma que visitó a Cristina el 26 de abril de 2022, y dijo haberse sorprendido “por el alto nivel de patriotismo” de la entonces vicepresidenta, cuatro meses antes del intento de magnicidio; día, a su vez, en el que Cristina llegaba a su casa después de una reunión con directivos de YPF y Petronas, la petrolera estatal de Malasia, que había anunciado una alianza para construir una planta de GNL en Argentina, como consecuencia del trabajo conjunto desde 2014 en Vaca Muerta, el yacimiento recuperado por el gobierno kirchnerista en 2012.
Ese 1 de septiembre, cuando la bala para asesinarla no salió, Cristina detallaba por Twitter la “gran noticia para el futuro de la Argentina, que modificará la matriz energética del país, y tendrá un impacto directo en la economía nacional, aumentando las exportaciones, generando divisas, puestos de trabajo y desarrollo de nuevas industrias”.
Esa reunión le siguió a otra con eurodiputados del Grupo Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas del Parlamento Europeo, que venían, a su vez, de un encuentro con Lula da Silva, en Brasil, y el presidente Gabriel Boric, en Chile, países centrales en las nuevas luchas por la defensa de los recursos naturales regionales.
¿Esto es lo que pretende el nuevo orden mundial, el capitalismo de vigilancia, plataformas y financiarización, con colonialidad para los países emergentes?
Un presidente de diseño de la política algorítmica
La lista de personas que sintetizan las alianzas políticas del gobierno de Javier Milei no parece demasiado extensa, aunque no por ello poco importante. A la cabeza figuran Elon Musk, Larry Fink y Donald Trump, devenido otra vez en candidato a presidente de los EUU.

Elon Musk es la persona más rica del mundo, según Bloomberg, con un patrimonio de 207 mil millones de dólares, declarado en junio de 2023. Es fabricante aeroespacial, dueño de Starlink, la red de satélites operando ahora sobre Argentina, dueño de Twitter, la mayor empresa de descrédito y circulación de discursos de odio del mundo, de Tesla Motors, productor de autos eléctricos, y de OpenAI, desarrolladora de inteligencia artificial, todas empresas que para su existencia requieren de la materia prima rica en suelo argentino, agua dulce, litio y petróleo.
Larry Fink es el CEO de Black Rock, mencionado en el documento de la ex vicepresidenta, por su interés en la deuda argentina, por ende en el endeudamiento continuo del país, pero también en los recursos naturales necesarios para los diversos sectores empresarios, desde alimenticio a tecnológico, desde construcción de autopistas y rutas, hasta cárceles, hospitales y escuelas, con manejo del 17% de las acciones del mundo, que representan, a su vez, el 7,7% del PBI mundial.
Para el 25 de mayo se esperaba la llegada al país de Larry Fink, con el objetivo de volver a reunirse con Javier Milei y “explorar posibles inversiones”. Día señalado, además, para la firma del pacto de Mayo, como continuidad del DNU 70, la Ley Bases y el RIGI, diseño magistral del reordenamiento jurídico, a medida de las apetencias económicas y comunicacionales del país del Norte y sus empresarios.
De hecho, para esa semana de la revolución de Mayo, también estaba programada la llegada del mayor portaaviones de los Estados Unidos y dos corbetas misilísticas, confirmadas luego de la compra de 24 aviones a Dinamarca por encargo de EEUU. Plata no hay para las jubilaciones. Hay para el nuevo orden mundial comandado por EEUU.
Milei encarna el momento algorítmico de la política, como candidato de diseño del capitalismo de vigilancia, plataformas y financiarización.
Por un lado, como promotor de la agudización de los malestares y la desazón vital, en tiempos de campaña, intérprete máximo de las emociones de la pandemia y la construcción digital de la “infectadura”.

Como enviado, luego, de las Fuerzas del Cielo para conducir hacia la solución de crisis económica autoprofundizadas, con la libertad individual como herramienta mágica pospandémica; las Fake News como propaladoras del movimiento anti ciencia, el terraplanismo y las teorías de la inexistencia del Covid 19, y los discursos de odio a caballo de ejércitos de trolls, entrenados para la desacreditación de sus adversarios.
Desafíos ante los retos antiguos y emergentes
Junto con la complejidad epocal descripta, como territorio en disputa, Argentina tampoco pudo escapar de los retos propios del siglo XX, característicos de América Latina: la concentración comunicacional en los medios analógicos, ahora yuxtapuesta a los retos emergentes.
Con excepción de Cristina, todos los gobiernos locales desde la recuperación democrática hasta la fecha cumplieron los designios del grupo Clarín, el más concentrado de la historia del país, al firmar decretos y normativas que le permitieron sumar medios de comunicación y telecomunicaciones, con servicios de telefonía e internet, camino a la Internet de las Cosas, ampliando así su estructura económica, ya expandida a sectores educativos y del agro, pero sobre todo fortaleciendo su capacidad de presión judicial y gubernamental, dando paso al conocido Lawfare, que amenaza con puntería Hood Robin gobiernos redistribucionistas en la región.
De ser un diario influyente comandado por el desarrollismo, Clarín pasó a potenciar su negocio y difusión de contenidos en distintas etapas con los más diversos aliados políticos. Durante la dictadura genocida con su competencia natural, el diario La Nación, quedándose con la única fábrica de papel para diarios, Papel Prensa; con Raúl Alfonsín, Carlos Menem y Fernando De la Rúa sumando licencias de radio, televisión abierta y por cable en todo el país, con Eduardo Duhalde licuando las deudas en dólares, hasta la fusión de Multicanal y Cablevisión con Néstor Kirchner.
Según contó el propio ex presidente, sin otorgarle Telecom, hecho que se concretó finalmente con el gobierno de Mauricio Macri, luego de la primera campaña de Fake News en territorio nacional (Máximo Kirchner y la falsa fuga de capitales, y Cristina Kirchner y la muerte del fiscal Alberto Nisman).

El “periodismo de guerra” no se tomó descanso desde que asumió Cristina para intentar doblegar su carácter democratizador y su propia reconfiguración relacional de Argentina con el mundo.
Hacia el Bicentenario, además de horadar la autoestima nacional machacando con que a nadie le importaba el hecho histórico, Clarín publicó el 78% de sus tapas con enfoque negativo para la Presidenta, según un relevamiento realizado por el diario Tiempo Argentino, entre el 26 de mayo de 2010 y el 16 de agosto de 2011.
Se inauguró allí la temporada de mayor descrédito, desde los debates por la ley de medios y la 125, a la que se sumaron desde otros sectores económicos comunicacionales. El diario La Nación y sus negocios asociados, la revista Noticias, de la editorial Perfil de Jorge Fontevecchia, con multiplicación al infinito por Twitter y las redes sociales, campo de batalla de ejércitos de trolls, controlados por los buitres que siguen sobrevolando la Argentina.
El 3 de marzo del año pasado, una delegación de la OEA visitó la Argentina, se trató del Comité de Expertas del Mecanismo de Seguimiento de la Convención de Belém do Pará, y fueron extraordinariamente claras: “la delegación pudo evidenciar que el discurso de odio contra las mujeres políticas, especialmente la máxima figura como la Vicepresidenta genera un desorden informativo de características violentas que busca mermar su influencia pública”, “subyace un clima de hostigamiento, ataques e impunidad contras las mujeres que participan en la vida pública y política (…) una práctica ampliamente tolerada, con carácter disciplinador y ausencia de condena pública”.
La advertencia sobre la situación comunicacional y política se realizó al cumplirse un año del ataque organizado a piedrazos del despacho de la entonces Vicepresidenta en el Congreso de la Nación Argentina y a seis meses del intento de magnicidio. La impunidad signó los hechos, como las denuncias de hostigamiento mediático.
La bala que no salió y las piedras que destrozaron los vidrios se escribieron primero con palabras, cargadas de odio. A la violencia física, se sabe, la antecede la violencia verbal.
En 2025 se cumplirán 70 años de otro intento de magnicidio, aquélla vez a Juan Domingo Perón, con bombardeos en nombre de Cristo a compatriotas en la Plaza de Mayo.
Perón había sido el único presidente anterior que había impulsado y logrado la promulgación de una Ley de radiodifusión, la creación de la Agencia de Noticias Télam y la Televisión Pública.

Plan de acción política: la desobediencia organizada
El cuadro de situación se agrava cuando se contabilizan las medidas tomadas por Javier Milei en menos de seis meses de gobierno, a saber: intervención de los medios públicos, censura a programas de TV como el de las Madres de Plaza de Mayo, cancelación de cientos de contratos, cierre de la agencia estatal Télam, cancelación de puestos de dirección de las 49 radios nacionales del país y centralización de la programación en Buenos Aires, quita de publicidad oficial del poder Ejecutivo, agresiones organizadas contra periodistas, en ámbitos digitales y físicos, persecución ideológica y sindical, cierre del Inadi, del Incaa y de las oficinas del Enacom (autoridad de regulación de las telecomunicaciones), suspendidos los fondos de fomento por ley a la comunicación audiovisual democrática, presiones para el cierre y desmantelamiento de la Defensoría del Público, desfinanciamiento de las universidades públicas y la radio y televisión universitaria, y descomunal aumento de tarifas a los servicios públicos básicos para producir comunicación.
Como se señaló, la Argentina no sólo es saqueada y deseada por propios, sino una vez más por extraños, alojados en el Norte, hacia dónde pidió la propia Cristina que miráramos si algo le pasaba.
Sin la posibilidad de dominar internet y el desarrollo de la inteligencia artificial en pocas manos corporativas globalizadas; con alto grado de concentración mediática en los medios tradicionales, vaciamiento de los medios públicos y persecución de las voces críticas, la resistencia puede orientarse hacia diversos caminos, pero que deben recorrerse con urgencia y a la vez.
Por un lado, la socialización de la caracterización epocal, con reconocimiento de posibilidades y debilidades en un escenario creado por los dueños de todas las cosas, incluidos los algoritmos y la inteligencia artificial, que promueve unos discursos y limita otros, impulsa determinados contenidos y anula otros, promueve odios ajenos y amores propios, y borra las fronteras entre realidades y ficciones, volviéndolas cada vez más indescifrables.
Por otro, la recuperación de la calle como herramienta de conquista de derechos, de lo que en Brasil reconocen como Dereitos Da Rua, los derechos ganados a fuerza de organización, movilización e intervenciones urbanas.

Rearticular la cultura y la política para una nueva desobediencia, con creación de redes, promoción de encuentros culturales, muralismo, teatro callejero, publicaciones alternativas, talleres, cursos, charlas, debate, fanzines, propaladoras, murales, stencil, de manera constante y permanente, en cada barrio, en cada comedor, en cada esquina, en cada calle, en cada muro.
Multiplicar acciones comunicacionales, con agendas y contenidos poscoloniales, la acción política territorial, organizada, con escucha atenta, alfabetización tradicional e infocomunicacional, con revinculaciones políticas culturales, encuentros físicos que rompan las lógicas del aislamiento, la cultura de la monetización como salvación personal, ya sea con streamings o apuestas en línea, la cultura del odio y la estigmatización digitales.
En el plano institucional, promover proyectos de ley en oposición a cada saqueo de Milei e impulsar en el Congreso Nacional, en simultáneo con las legislaturas provinciales, debates para corregular los retos antiguos y emergentes: la inteligencia artificial y el entorno digital; la tecnología 5G, la alfabetización infocomunicacional; el derecho de rectificación y respuesta, como una de las contracaras de las Fake News; la regulación de la publicidad oficial; la sostenibilidad y fondos de fomento para una comunicación promotora de derechos humanos, medios educativos, públicos, comunitarios alternativos y populares.
En el plano regional, organizar la solidaridad internacional e impulsar debates y acuerdos con redes, asociaciones y organismos multilaterales creados o por crear, para lograr una gobernanza de las múltiples partes interesadas en las plataformas digitales y la inteligencia artificial, salvaguardar el derecho humano a la comunicación y los derechos humanos, comenzando por los países señalados como depositarios y custodios de los recursos naturales, necesarios para el nuevo orden mundial: Argentina, Brasil, Chile, Bolivia y Venezuela.
En definitiva, reimpulsar el Nuevo Orden Mundial para la Información y la Comunicación (NOMIC), interrumpido por los Estados Unidos en los 80 cuando se planteó la necesidad de circulación de la información no sólo Norte Sur, sino la desmercantilización, la desglobalización y la decolonialidad.
De aquellos polvos, estos lodos.






