Mientras Beijing regula la inteligencia artificial diseñada para generar vínculos emocionales, las empresas perfeccionan robots para que esas relaciones parezcan cada vez más humanas. La carrera tecnológica coincide con la preocupación oficial por la crisis demográfica.
Hay una escena en Her, la película que Spike Jonze estrenó en 2013, donde Theodore camina por una playa mientras conversa con Samantha. Ella conoce sus miedos, entiende sus silencios y siempre encuentra la palabra justa para reconfortarlo. Contada así, parecería una historia de amor más, pero el detalle clave es que el espectador nunca llega a ver el rostro de Samantha. Solo puede escucharla porque ella es una inteligencia artificial, una limitación tecnológica que pasa a segundo plano ante lo verdaderamente inquietante del film: la revelación de hasta qué punto un algoritmo podía ocupar, con desconcertante naturalidad, el espacio de una relación humana.
Trece años después, esa pregunta dejó de pertenecer exclusivamente a la ciencia ficción. Casi al mismo tiempo que la empresa china Ubtech presentara uno de los robots humanoides de compañía más ambiciosos del país, Beijing comenzó a aplicar una fuerte regulación sobre los vínculos emocionales de los usuarios con la IA.
La nueva normativa – elaborada por la Administración del Ciberespacio de China (CAC) junto con otros cuatro organismos – establece restricciones para plataformas capaces de imitar personalidades, emociones y estilos de conversación humanos; obliga a detectar señales de dependencia psicológica y exige advertencias cuando el tiempo de interacción se vuelve excesivo. En el caso de los menores de edad, pone límites para los sistemas que simulan roles como los de padres y madres, además de restringir contenidos que puedan inducir a autolesiones, conductas peligrosas o estados emocionales extremos.

Cuando la regulación entró en vigor, el 15 de julio pasado, los llamados “novios de IA” ya habían dejado de ser una extravagancia tecnológica. Aplicaciones capaces de recrear la voz de un familiar fallecido, interpretar un personaje ficticio o convertirse en un interlocutor disponible las veinticuatro horas del día habían encontrado millones de usuarios, especialmente entre los jóvenes. El fenómeno abrió un mercado que prometía compañía permanente, conversaciones personalizadas y una relación sin conflictos, un escenario que empezó a preocupar al gobierno chino.
Apenas unos días antes de la entrada en vigor de las nuevas reglas ocurrió un hecho que terminó de darle actualidad al debate. La empresa Ubtech presentó la serie Uworld U1, promocionada como el primer robot humanoide ultrabiónico de compañía producido en masa. Pero el anuncio no se limitó al robot. La compañía informó que desarrolla futuras versiones que incorporarían la posibilidad de recrear el rostro y la voz de personas concretas mediante reconstrucción facial 3D y clonación de sonidos. Según la firma, podrían utilizarse para acompañar a adultos mayores que viven solos o a familias separadas por largas distancias, un programa para el que incluso anunció la donación de un centenar de unidades.
“Creo que dentro de 10 o 20 años, la próxima generación podría enamorarse de los robots humanoides”, declaró Zhou Jian, fundador y director ejecutivo de UBTech, al medio empresarial chino LatePost. Sin embargo, aclaró que la empresa no quiere “simplemente crear un robot sexual”, sino más bien un compañero que “no te diga que eres molesto”, que “permanezca con los usuarios sin importar lo que estén haciendo” y que “juegue y vea series de televisión contigo”.

Los modelos actuales ya exhiben una piel sintética con poros, arrugas y cientos de microexpresiones faciales capaces de sostener conversaciones cara a cara con un nivel de realismo inédito. La empresa aseguró haber recibido 13.361 pedidos de preventa, con precios que oscilan entre 16.500 (modelo U1 Lite) y casi 145.000 dólares (versión U1 Ultra más equipada). La escena resulta difícil de pasar por alto: el mismo país que comenzó a regular los vínculos emocionales con la IA acaba de presentar una máquina diseñada para volver esas relaciones cada vez más humanas.
La frontera emocional
La situación plantea una pregunta que excede el caso chino: ¿hasta dónde una relación con una máquina puede considerarse una forma legítima de compañía y cuándo empieza a convertirse en una dependencia que requiere intervención? Especialistas en ética tecnológica advierten que el desafío consiste en proteger a los usuarios vulnerables, sin convertir todo vínculo con una IA en un problema.
La investigadora Kate Darling, experta en interacción humano-robot del MIT Media Lab, sostiene que la tendencia a establecer vínculos con los robots responde menos a la inteligencia de las máquinas que a una característica profundamente humana. “No nos vinculamos con los robots porque creamos que están vivos, sino porque estamos programados para proyectar vida y sentimientos en las cosas que se mueven en nuestro espacio físico”, explica.

La regulación también responde a una preocupación que excede la tecnología. Detrás de la norma aparece la crisis demográfica que China intenta revertir. En 2025, registró 7,92 millones de nacimientos y 11,31 millones de fallecimientos, sumando su cuarto año consecutivo de descenso poblacional.
Especialistas vinculan esta situación con el elevado costo de la vivienda, la incertidumbre laboral de los jóvenes, el retraso de los matrimonios y el acelerado envejecimiento de la población. Aunque ningún documento atribuye la crisis demográfica a las parejas virtuales, la nueva regulación refleja la preocupación oficial por el impacto que estos sistemas podrían tener sobre los vínculos personales, en un contexto de caída sostenida de los nacimientos.
Algunos casos recientes terminaron reforzando los argumentos del gobierno. La aplicación Glow, desarrollada por la empresa Minimax, fue retirada del mercado después de que la propia compañía reconociera que cerca del 80 % de las conversaciones mantenidas con la IA tenían contenido sexual. Al mismo tiempo, la plataforma Zhumengdao quedó bajo investigación en Shanghái por la difusión de materiales considerados inapropiados para menores.

La frontera tecnológica
En ese nuevo escenario regulatorio, las principales compañías tecnológicas comenzaron a modificar sus servicios. ByteDance anunció que desactivaría las funciones de acompañamiento emocional de Doubao y abrió un período de transición para que los usuarios conservaran sus datos. Alibaba hizo lo mismo con los agentes antropomórficos de Qianwen, mientras Tencent retiró herramientas equivalentes de Yuanbao. Aunque las compañías atribuyeron los cambios a ajustes de sus productos, las modificaciones coincidieron con la entrada en vigor del nuevo marco regulatorio y fueron interpretadas como una adecuación a sus exigencias.
Para Zhang Linghan, decana del Instituto de Derecho de Inteligencia Artificial de la Universidad China de Ciencias Políticas y Derecho, el principal riesgo consiste en que estos sistemas “favorezcan una dependencia psicológica incompatible con relaciones sociales saludables”, una postura que comulga con la nueva obligación que tienen las plataformas de identificar comportamientos compulsivos y alertar cuando detecten señales de apego excesivo.

La psicóloga estadounidense Sherry Turkle, autora del libro Alone Together, sostiene que cuanto más convincentes resultan las compañías artificiales, más pueden modificarse las expectativas sobre las relaciones humanas. Los algoritmos escuchan sin cansarse, recuerdan cada conversación y rara vez contradicen a quien tienen delante. Las personas, en cambio, cambian de opinión, discuten, se equivocan y decepcionan.
La protección de los menores ocupa un lugar central en la nueva normativa. Las autoridades consideran que niños y adolescentes son especialmente vulnerables frente a sistemas capaces de simular afecto permanente o ejercer una autoridad similar a la de un padre, una madre o un familiar. La intención declarada es impedir que un chatbot ocupe espacios que tradicionalmente pertenecieron a la familia, la escuela o el círculo social.
En Her, Theodore comprende demasiado tarde que Samantha nunca había estado enamorada de él. La voz que lo acompañó durante toda la película nunca dejó de ser un algoritmo. China parece haber decidido que ese descubrimiento no conviene dejarlo para la última escena.






