Su nueva obsesión por pegarle a los jubilados se suma a una “foja de servicios” repleta de traiciones, papelones y burradas. De Galimberti a Nisman.
No sería descabellado afirmar que lo más atroz de la Argentina del presente es su estructura de chiste. Tanto es así que el régimen libertario ha convertido la realidad en una pesadilla distópica. Un castigo orwelliano que, por rebasar con creces los límites de lo estrictamente político, merecería ser estudiado desde el campo de la sociología psiquiátrica. Y es hasta posible que los historiadores del futuro consideren esta etapa como la del “Estado-manicomio”. Robustece esta hipótesis la existencia de seres como Javier y Karina Milei, Santiago Caputo, Lilia Lemoine y Patricia Bullrich, entre muchos otros.
Pues bien, reparemos en esta última.
Ella, desde el Ministerio de Seguridad, no demoró en convertirse en una de las funcionarias favoritas del presidente. Y hay sobrados motivos para que él la considere su motosierra de carne y hueso.
El más ruidoso fue haber conjurado a sangre y fuego el “complot” de las hinchadas futboleras y sus aliados tácticos, los jubilados, en la Plaza Congreso durante la tarde del pasado 12 de marzo. Su saldo: 115 detenidos y 50 heridos; entre ellos, el reportero gráfico Pablo Grillo, derribado por un cartucho de gas lacrimógeno que le disparó un gendarme en la cara, que aún continúa internado.
Pero, por las ideas de la libertad, “La Piba” – tal es el apodo de esa mujer casi septuagenaria – también es capaz de poner en riesgo su propio pellejo. Y lo demostró apenas unos días antes, al verse a punto de ser linchada por una horda de “inadaptados” en la ciudad de Bahía Blanca, a donde acudió a expresar la solidaridad del Poder Ejecutivo ante el temporal que la devastó.
¿Pero Milei es consciente de que sobre la verdadera esencia de su alma aún no está dicha la última palabra?

Nace una estrella
En este punto, bien vale viajar hacia el ya remoto 24 de agosto de 1984, durante el lanzamiento en el Luna Park de la Juventud Peronista Unificada (JP-U), una agrupación concebida por su cuñado, Rodolfo Galimberti.
Esa vez, de repente, escuchó que el presentador la nombraba. Era su primera cita con la gloria.
Recién al bramar “¡Compañeros!”, el bullicioso oleaje de la multitud la volvió a la normalidad y su voz comenzó a sonar sonó monocorde y sin matices. Galimberti la observaba.
Al concluir el acto, Patricia digería la dimensión de lo acontecido. Y Galimberti, que la escrutaba de reojo, quiso saber:
– ¿Y? ¿Qué sentiste al hablar?
–Fue emocionante, contestó.
Él se mostró benévolo al comentar su desempeño, incluso se permitió una lisonja:
–Mirá cuando te toque hablar desde el balcón de la Rosada…
A Patricia se le escapó una risita.
Por entonces, ella tenía 28 años. Y desde ese momento, supo cultivar una profusa carrera política, pero siempre como ladera del ganador de turno.

Ya diluido su pasado montonero (donde fue un cuadro irrelevante), desde la JP-U se acercó a la Renovación Peronista para pegarse a Antonio Cafiero, aunque se cruzó a la vereda de Carlos Menem cuando el sol calentaba de aquel lado. En 1993 fue diputada en la Capital en la lista encabezada por Érman González y Miguel Ángel Toma. Su siguiente paso fue ponerse al servicio de Eduardo Duhalde. Y después se arrimó a Chacho Álvarez para no quedar al margen de la Alianza. Ese último brinco le daría sus frutos: en 1999 el entonces presidente Fernando de la Rúa la designó secretaria de Asuntos Penitenciarios del Ministerio de Justicia y, luego, nada menos que ministra de Trabajo. En ese contexto se aseguró una butaca en la posteridad al firmar una reducción del 13% en los haberes de los jubilados. Y en 2007 pasó a ser la más conspicua espada de la no menos cambiante Elisa Carrió. Hasta que, cuatro años más tarde, inició la alineación con Mauricio Macri, siendo su ministra de Seguridad cuando él llegó al sillón de Rivadavia.
Pero recién en 2023 –a 39 años de aquel diálogo con Galimberti– decidió apostar por su ensoñación presidencialista, como candidata del PRO.
Su cruzada proselitista tuvo escenas sublimes.
Una de ellas fue un gran momento de la televisión argentina, y sucedió al ser entrevistada en TN, cuando, al exponer su propuesta, dijo:

–Vamos a armar un sistema que ponga en foco al ser humano, y que todo aquello que tenga que ver con su vida, su educación, su bienestar y su seguridad, esté bajo una filosofía muy interesante…
Ante la expresión atónita del conductor, balbuceó:
–Ya lo vas a entender. Es que estamos rompiendo estructuras. Digamos… que no van a… ¿Viste cuando vos decís voy a un médico, y solo me mira un brazo? Y voy a otro y me mira el pie…
Su interlocutor entendía cada vez menos. En ese instante, ella se sumió en un incómodo silencio, antes de redondear:
–Vamos a hacer algo holístico… Algo integral.
Finalmente, una tanda comercial la sacó del apuro.
Es posible que, esa vez, su combate desigual con el lenguaje incidiera en el magro 23 por ciento de votos que obtuvo en la primera vuelta.
Pero su resiliencia fue loable. Tardó apenas unas horas en revertir dicho traspié al iniciar su coqueteo con Milei.
Ya se sabe que se transformaría en su disciplinadora de cabecera.

El déficit fiscal
Cabe resaltar que, con anterioridad a sus dos gestiones en el área de Seguridad, ella –con excepción de su ya mencionado paso por Asuntos Penitenciarios en la era delarruista– era una ignota en la materia. Aun así, tuvo el dudoso privilegio de ser protagonista de un thriller político que puso al país en vilo.
A mediados de 2014, siendo ya una audaz espada del bloque macrista en la Cámara de Diputados, había formado dupla con Laura Alonso, otra legisladora de PRO.
Ellas, por entonces, fatigaban los pasillos tribunalicios para desparramar querellas contra el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.
En tal peregrinaje se deslumbraron con el carisma del titular de la UFI-AMIA, doctor Alberto Nisman, a quien visitaban con innecesaria frecuencia. Él las recibía con sumo beneplácito. Patricia y Laura eran sus aliadas y confidentes.
¿Qué podía salir bien?
Desde algún impreciso instante de ese año, lo venían persuadiendo para motorizar un escrito que él preparó bajo reserva. Se trataba de la denuncia contra CFK y el canciller Héctor Timerman por el Memorándum de Entendimiento con Irán. Un instrumento –según su óptica– destinado a licuar la imputación a funcionarios de ese país en la causa AMIA.

La denuncia fue presentada por Nisman el 13 de enero de 2015, después de volver a las apuradas de sus vacaciones en Europa.
Pero no contento con eso, las dos legisladoras pretendían amplificar el asunto.
Y lo difundieron a través de la prensa. Además, convocaron al fiscal a exponer su pesquisa en la Comisión de Legislación Penal, que presidía Bullrich. Esa cita fue fijada para el lunes 19.
Antes de esa fecha todo se desmadró.
El tipo dudaba. Era consciente de que su presentación –alimentada con migajas informativas que le fue arrojando el director de Operaciones de la SI (Secretaría de Inteligencia), Antonio Stiuso– carecía de valor judicial.
Eso habría minado su ánimo. Y ya el viernes previo a su comparecencia parlamentaria hubo dos novedades que no mejoraron las cosas: la jueza María Servini y su colega, Rodolfo Canicoba Corral, desestimaron sus denuncias, en tanto que el jefe de Interpol, Ronald Noble, desmintió que el gobierno argentino haya solicitado bajar las alertas rojas contra los iraníes, en réplica a lo que sostenía el fiscal.
Dicho sea de paso, entre ese viernes y el domingo hubo nada menos que 20 llamadas desde el celular de Bullrich al de Nisman.
Ella le insistía con su compromiso del lunes en el Congreso.
Y él, primero con tono casi normal, objetó:
–Pero, Patricia, voy a decir lo mismo que en TN y no va a parecer serio.
Se refería a una entrevista que le habían hecho esa misma semana.
Bullrich no entendía razones.
– ¡Nosotras te vamos a cuidar! –aseguraba.
En otra llamada, el fiscal, ya más nervioso, el exclamó:
– ¡Me va a masacrar!
– ¡Calmate, Alberto!
Y explicó que ella, como presidenta de la Comisión, iba a ordenar todas las preguntas. Y que él estaría a resguardo.
– ¿Ustedes me van a cuidar? –dijo, ya con un leve gemido en la dicción.
Patricia se mostró realista:
– Y… alguna puteada te vas a comer.
Ese último diálogo tuvo lugar a las 18:30 del sábado.
Todo indicaría que él quedó sumido en una desesperación extrema.

Ya se sabe que el domingo Nisman fue hallado sin vida en el baño de su departamento, sin que desde entonces se haya podido probar la intervención de terceros.
Sin embargo, esa no fue la única tragedia que hubo en torno a su figura.
Porque 11 meses después, a solo días de integrarse al gabinete macrista, Bullrich envió a Jujuy a unos 150 gendarmes para desalojar un acampe de protesta. Y esa expedición, al desbarrancarse uno de los micros en una ruta montañosa, terminó con 42 efectivos muertos.
En tal contexto, pasó a la posteridad la frase que, durante el velatorio de los uniformados, le sopló a la oreja el jefe saliente de Gendarmería, Omar Ariel Kannemann, a su sucesor, Gerardo Otero:
–Cuídese de esa mujer, porque es yeta.
La sargento
Ese mes de diciembre no le dio respiro. La razón de su siguiente desvelo fue la fuga de Víctor Schillaci, junto a los hermanos Martín y Cristian Lanatta, quienes habían sido condenados por el denominado “Triple crimen de la efedrina”.

Fue un cómic con ribetes desopilantes. En su transcurso, la pobre Patricia dio por confirmada la gran logística que los asistía por ser, según ella, miembros de “un importante cártel mexicano” cuando, en realidad, el desamparo que les provocó el escape había convertido a esos prófugos en tres peligrosos linyeras.
También derivó en una comedia de enredos la aparatosa importación del ya célebre traficante de efedrina, Ivar Pérez Corradi, quien lejos de declarar en contra de figuras del kirchnerismo –tal como los emisarios de Bullrich habían pactado con él– sus dichos en sede judicial terminaron enlodando por una dádiva al principal aliado radical de Cambiemos, Ernesto Sanz.
No menos bochornoso resultó el presunto esclarecimiento del crimen de dos narcos colombianos en el playón de Unicenter. Tal victoria fue anunciada a los cuatro vientos por la ministra al dar por cierto que la pistola utilizada en el hecho pertenecía al barrabrava Marcelo Mallo, cuyo arresto fue transmitido por TV en cadena. Tal logro se evaneció al comprobarse que los peritajes del arma habían sido fraguados en los laboratorios de la Federal.
Ya en la era de Milei, la conducta de la ministra ha revertido eso de que “del ridículo no se regresa” (Perón dixit). Solo en lo que va del año caben destacar nuevas proezas fallidas (como el secuestro de talco que confundió con cocaína); su apego hacia las operaciones de prensa más inverosímiles (como el video que difundió de cuatro “narcoterroristas”, quienes posaban disfrazados de fumigadores) y los proyectos más disparatados (como la creación de una unidad especial de agentes encubiertos y soplones).
No obstante, más allá de esos fuegos de artificio –con pólvora mojada–, su eficacia, por cierto bestial, se reparte entre la represión política (siendo sus víctimas preferenciales los jubilados e, incluso, algunos niños) y el punitivismo social (mediante razzias en barrios carenciados para criminalizar a quienes no son criminales y, en todo caso, dar así con algún pillo de poca monta, pero sin incomodar a los hampones que trabajan en sociedad forzada con la policía).
Claro que en semejantes escenarios subyace un interrogante: ¿cómo es en realidad su verdadero vínculo con las fuerzas de seguridad?

En apariencia, el apoyo de la ministra hacia sus mastines antropomorfos es irrestricta, aún en sus más espantosos errores y excesos. Basta con evocar una frase suya: “Yo no voy a tirar un gendarme por la ventana para sacarme de encima una responsabilidad”, argumentó, tras el crimen de Santiago Maldonado, en defensa del comandante del Escuadrón 35 de El Bolsón, Fabián Méndez, involucrado en el asunto. De igual manera apañó luego al prefecto que asesinó al pibe mapuche Rafael Nahuel y ahora, al gendarme Guerrero, que acribilló con una escopeta lanzagases al fotógrafo Pablo Grillo, además de haber convertido, en 2018, al cabo Luis Chocobar en una santidad del “gatillo fácil”.
Tales ejemplos sugieren un lazo idílico entre ella y los uniformados. Pero, en rigor, no es tan así. Y por, al menos tres razones: las plegarias salariales de la tropa no atendidas por ella, su fama de “fúlmine” y la naturaleza misma de las corporaciones policiales en Argentina.
Porque se trata de falanges armadas que se autofinancian a través de un sinfín de cajas delictivas; en consecuencia, son fuerzas que se autogobiernan, más allá de sus autoridades políticas de turno.
De modo que la relación entre ellos y sus mandantes civiles está signada por el siguiente pacto: demostrar su presencia en las calles, no sin cometer las peores indignidades en caso de ser necesarias, a cambio de vista gorda con sus variados negocios. Y ese acuerdo Bullrich lo cumple a pies juntillas.
Pero, pese a todo su empeño, las ministras pasan y la policía queda.






