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Adorni para siempre

Por Alejo Álvarez Tolosa
6 mayo, 2026
Adorni para siempre

Lo que se merece el jefe de gabinete es un ascenso. Uno rápido, como un rayo, que lo ubique en la parte más alta del campo político nacional. Adorni presidente incluso suena bien, tiene chispa; golpea duro y seco, igual que una patada de allanamiento. Es un sustantivo propio que tiene sus ventajas. Si no me creen, intenten imaginar a una multitud coreando Sturzenegger. Pero más allá de la lingüística, está claro, cae de maduro: el jefe de gabinete acumula méritos suficientes y es un ejemplo fiel, transparente, de lo que las ideas de la libertad pueden lograr en tan poco tiempo. Porque a pesar de que la suerte está de su lado, para qué negarlo, también hay algo de virtud en eso de estar en el lugar y el momento, y el partido, adecuado. Casualidad o genialidad, vaya uno a saber, no importa: que hay quien se achica con treinta y tres, y quien canta vale cuatro con un siete de bastos. Adorni es un campeón.

La intención no es ser un ente controlador, ni hacer un recuento más o menos fidedigno de la realidad económica y crediticia del flamante, por ahora, y solo por ahora, jefe de gabinete. Se vienen grandes cosas, claro está. Pero el mérito es, cuando menos, admirable. Me pregunto si su caso servirá de testigo, de ejemplo; si el apellido Adorni será recordado por los manuales escolares como el gran valor nacional que es. Pero no nos apresuremos, que no nos gane la ambición: el tiempo hará grandes cosas con él. Uno cierra los ojos y casi lo puede ver, los cánticos se suspenden y rompen el silencio: Adorni, Adorni, Adorni corazón, vos sos el futuro de nuestra nación. El tipo sabe moverse, maneja el clima político, y sale airoso de vericuetos imposibles, de laberintos sin aparente salida.

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Y además, maneja la economía como un campeón, y progresa; casi que demasiado, aunque nunca es demasiado. No por nada es contador público. Quizá ya sea momento de que este bendito país comprenda que no necesitamos abogados, politólogos, filósofos, escritores, sindicalistas, ingenieros, médicos, docentes, no; lo que necesitamos son contadores que sepan de números y que hagan la de Richard Lustig, el norteamericano que ganó la lotería siete veces. Eso es progreso: no saber demasiado bien cómo, pero llegar bien alto. El resto, son solo excusas para no cambiar la realidad cotidiana personal. Acá, el que no progresa, es porque no quiere. Claro está. El slogan de campaña ya debería estar definido, casi que cae por su propio peso, como las manzanas: si yo me hice solo, vos también podés. Directo y sin vueltas. Porque en este país hace falta eso: claridad, y qué mejor que un tipo con experiencia en casi todas las áreas excluyentes para el cargo. Nos vamos emocionando.

Porque además, y este punto no es menor, sino todo lo contrario: Adorni es la continuidad de las ideas de la libertad, de la escuela Austríaca, de los liberales libertarios, de los leones, che. Respeta de manera irrestricta el proyecto de vida del prójimo, respeta también el principio de no agresión, y claro, sin dudas, sin ninguna duda: respeta la propiedad privada. Adorni es el mejor alumno; ese que supera al maestro. Ya lo sabemos: es mejor vivir un día como un león, que cien años como una oveja. 

Pero basta. Ya fue demasiado.

El riesgo de la columna es claro: leer hasta este punto no es más que un ejercicio acrobático, no más que sadomasoquismo, no más que un intento por averiguar hasta qué punto somos capaces de soportar lo insoportable. Porque uno prende la tele y lo ve ahí parado, haciendo fuerza para no titubear ni olvidar el libreto y buscando, como un conductor a la vera de una ruta, el espacio y el momento para mechar sus comentarios practicados. Sus frases demoledoras. Sus mentiras torpes. Dando vueltas sobre sí mismo, mordiéndose su propia cola, como un perro. Adorni es como un árbol súper alto y fornido, y al mirarlo no hay que olvidar que, como todo árbol, lo que tiene de florecido, lo tiene también de hundido.

Ya está: la narrativa oficial, más allá de lo petulante y violenta, se tensó hasta el límite máximo, aplastando sus propias palabras contra una pared, como si fuera un paredón. La vulgaridad de las consecuencias, al final, siempre es previsible. Con los moralistas, y sobre todo, con aquellos que usan la moral como herramienta de superioridad y castigo, siempre sucede igual: para lo único que sirven es para ejemplificar que en la vida, y sobre todo en la política, uno no es lo que dice sino lo que hace. Ya lo sabemos: con la misma severidad que juzgas, serás juzgado. Pero no se trata, objetivamente, de un revanchismo de barrio, ni de un oportunismo barato (ya nada es barato), sino más bien de una exigencia (impuesta por el oficialismo), una coherencia (la que el oficialismo pavoneó) y, sobre todo, de una demanda (la de la Patria). En cualquier caso, es más simple que eso: es memoria. Y la memoria, a diferencia del relato, no necesita ensayo. Nada de fin: esto recién está empezando a terminar.

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Tags: corrupciónJavier MileiLa Libertad AvanzaManuel Adorni
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