Once y media de la mañana. Calor abrasador bajo el sol de diciembre. La pantalla de la televisión muestra a la policía montada cargando sobre las Madres de Plaza de Mayo. Probablemente esta acción haya marcado la suerte del gobierno de Fernando De la Rúa.
El día anterior, miércoles 19 de diciembre de 2001, los negocios del centro habían bajado las persianas después del mediodía. Los rumores de saqueos, el ambiente irrespirable, el descontento a flor de piel daban credibilidad al rumor. Desde los suburbios llegaban noticias. Aquí y allá, puebladas buscando algo para pasar las fiestas, los canales de noticias destacaban los desbordes.
Todavía era tiempo de hegemonía de los canales de aire. Pasadas las 22 horas del 19 de diciembre, el presidente De la Rúa en cadena nacional anunció el estado de sitio. En cada casa, en cada familia, se sintió como una provocación. No bastaba con un gobierno insensible que conducía a una crisis económica y social sin precedentes, que había confiscado los depósitos de la clase media y que ahora amenazaba con restringir las garantías democráticas.
En la medianoche del canal América, al finalizar la cadena nacional, desde su programa “Después de hora”, Daniel Hadad anunció que había cacerolazos en varios puntos de Buenos Aires. La sola mención amplificó esta forma de protesta.

La gente en Capital Federal y alrededores se volcó masivamente a la calle como respuesta a los dichos del presidente. En un principio a la puerta de cada casa, después a la esquina, de ahí a la plaza del barrio, al cruce de dos avenidas y así, casi en pantuflas, desde las principales avenidas el gentío peregrinó hasta el Congreso donde, pasada la medianoche, se agolpó una multitud.
La renuncia de Cavallo, el ministro de economía y padre de la convertibilidad, cerca de la medianoche, no había logrado distender la tensión.
Ya de madrugada, la represión de la policía hacia los manifestantes en las escalinatas del Congreso desató el nudo de la violencia.

Como dijo años después la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner “La gente quería matar a cuanto político, empresario o banquero se le cruzara enfrente, porque se habían quedado con su plata“. Y agregó que la crisis fue provocada por “un endeudamiento feroz” y se quiso sostener “la convertibilidad a coste de la venta del patrimonio nacional”. “Vendieron todo: energía, comunicaciones, combustibles… ¡No quedó nada sin vender!“ afirmó; una aseveración que, desde el presente, parecería definir este 2024.
La confiscación de los ahorros de la clase media, medida conocida como “el corralito”, fue probablemente la que, así como demostró el fracaso de un plan económico, significó el fin del gobierno radical. Desató tal reacción que fue imposible de sostener. Rebalsó el vaso. De la Rúa había sucedido a Menem con un modelo económico agotado, la convertibilidad, que no supo sostener de otra manera que con un feroz recorte a docentes, jubilados y universidades. La salida de Carlos “Chacho” Álvarez, su vicepresidente, en octubre de 2000 tras la denuncia de sobornos en el Senado, había vaciado de apoyo político a la Alianza gobernante.

La noche del 19 de diciembre se cantó por primera vez “que se vayan todos, que no quede ni uno solo” que sucedió a otros estribillos de la música de la época: “se viene el estallido” o “tienen el poder y lo van a perder”. La multitud no enarbolaba banderas partidarias, sólo algunas argentinas. No había una identidad política que representara el descontento, el peronismo no tenía una versión renovadora después de menemismo. Por el contrario, la organización se volcaba hacia formas autónomas. Surgían asambleas barriales, en las universidades la representatividad la tenían movimientos independientes. El exdiputado trotskista Luis Zamora era una figura convocante. El Frente Nacional contra la Pobreza (FRENAPO) exigía un Seguro de Empleo y Formación para cada jefa o jefe de hogar desocupado y una Asignación Universal por cada hija o hijo de hasta 18 años.
El 20 de diciembre por la mañana en la mismísima Plaza de Mayo la policía montada cargó contra las Madres que desafiaban el estado de sitio impuesto la noche anterior. Desde ese momento, miles de personas volvieron a llenar las calles del centro de Buenos Aires dispuestas a terminar con el gobierno y sus políticas.

Los medios resaltaban la violencia, no queda claro si para enardecer a los televidentes o para desmovilizar a los posibles manifestantes.
Volaron piedras, gases y balas policiales, de goma y de plomo. Fueron 10 horas de lucha y represión para que el pueblo no tomara la Plaza de Mayo.
Hubo 39 muertos y 500 heridos. El saldo trágico que arrojó una jornada de represión en todo el país.

Pasaron casi 23 años para que al comisario Rubén Santos, jefe de la Policía Federal, y al radical Enrique Mathov, secretario de Seguridad de la Nación para que la Corte Suprema convalidase las condenadas en septiembre de 2024 por la represión en Plaza de Mayo. Habían sido sentenciados por 5 de las muertes de aquel día en el centro porteño. Las víctimas fueron baleadas en proximidades de avenida de Mayo y 9 de Julio entre las 16 y 17 horas.
Aquella tarde, el presidente hacía declaraciones convocando al Partido Justicialista a un gobierno de coalición. Ya nadie lo escuchaba. Su suerte estaba echada. Los gobernadores peronistas se reunirían en San Luis exponiendo aún más el aislamiento en el que había quedado el primer mandatario. Se apuntó contra Eduardo Duhalde y Raúl Alfonsín como artífices de una conspiración nunca probada. Lo seguro es que no le tendieron la mano a un De la Rúa, que terminaría dimitiendo.

Pasadas las 19.30 horas del 20 de diciembre de 2001 se conoció oficialmente la renuncia presidencial. Atardecía sobre una ciudad con sus calles ensangrentadas. A esa hora, decenas de motoqueros daban vueltas alrededor del Obelisco porteño, enarbolando una bandera argentina. Fue una de las imágenes icónicas de aquella jornada de furia. Pareció un festejo. En esos momentos, De la Rúa partía en helicóptero desde el techo de la Casa Rosada. Otra postal impresa a fuego en la memoria popular.
El derrumbe fue demasiado profundo. Catastrófico. La reconstrucción desde los escombros llevó años. Varios años. Y se hizo desde la política. Siempre desde la política. Las tragedias como los procesos oscuros e inhumanos tienen fecha de vencimiento. Y eso también está guardado en la memoria del pueblo.






